En pleno corazón de Madrid, María Gálvez ha creado un remanso que parece vivir a otra velocidad. Subes a su piso y, de pronto, el bullicio queda abajo, disuelto entre vistas amplias que hacen olvidar que estás en el centro. La ciudad parece un lugar más amable. Aquí la luz lo invade todo, rebota en paredes y textiles claros, y crea un ambiente que mezcla armonía, calma y esa autenticidad que solo tienen las casas vividas. “Quiero que quien entre lo sienta acogedor, personal y familiar”, dice María. Y lo consigue. De hecho, cuesta poco olvidar que estás en el centro de la ciudad.
Texto
Cris Castany
Fotografía
Esi Seilern
Vídeo
Gemma Seguí
Diseño
Blanca Casanova
Desarrollo
Luis Rodríguez
Producción
Flair Studio
María es creadora de Goutdhestia, el proyecto gastronómico que nació como una cuenta de Instagram y hoy es una referencia en recetas y hospitalidad; autora de dos libros, el último 'A mesa puesta', dio un giro radical a su vida para estudiar el Cordon Bleu y convertirse en chef, desde donde reivindica la belleza de recibir en casa sin artificios; y apasionar con la cocina emocional, esa que mezcla tradición familiar, producto y estética.

A medida que uno avanza, la mirada se va deteniendo en detalles que cuentan una biografía: copas de vidrio —de una nieta de Gordiola— que parecen hechas para elevar el ritual de una comida sencilla; cojines y bandejas de Balakata que traen textura y serenidad; una escultura dorada de Mestizo que atrapa la luz del atardecer; un cenicero de la misma firma que María usa como objeto decorativo. Todo convive con la solvencia de los interiores naturales, esos que no necesitan esforzarse porque tienen alma.
Una apuesta personal
La casa es un proyecto vibrante de Clara Morabella, que un día dejó la banca para dedicarse al interiorismo. El salón, epicentro de la familia, resume bien la esencia del piso: personalidad sin estridencias, calidez medida y un equilibrio casi intuitivo entre tradición y modernidad. Frente a ella, una butaca Bingutti de María Santos se abre como invitación silenciosa a sentarse, observar y quedarse un rato. No es una casa pensada para impresionar, sino para vivirla.

El comedor, presidido por un mantel de IQ Home que María despliega con el mismo cuidado con el que prepara un plato, combina piezas heredadas con otras encontradas: las sillas del Rastro, una de esas compras que suceden por instinto; las velas de la G19, que ponen la nota olfativa; y las vajillas antiguas que ella considera su “tesoro emocional”. “El día que vaciaron la cocina de mi abuela lo cogí todo”, confiesa. “Mi hermana me decía: ‘¿pero te llevas hasta las cazuelas?’ Pues claro, eran buenas, tenían historia”. Ha alquilado un trastero a las afueras de la capital donde guarda, casi como si fueran reliquias, las vajillas completas de su suegra. “Las sigo moviendo de casa en casa”, dice entre risas.
La importancia del detalle
¿Vemos que en tus mesas los alimentos se convierten también un ingrediente decorativo en la mesa?
María: Me gusta improvisar. Si tengo amigos a cenar mañana, a las 7 pongo la mesa y llegan a las 9. No soy de comprar flores el día antes, me centro mucho más en la comida, en ir al mercado, en el producto. Así que improviso: si tengo una lombarda, uso una lombarda; si tengo flores de la semana pasada, las pongo. Si alguien me ha regalado algo, también. Busco un hilo conductor y monto desde ahí.

Hablas mucho de lo que te gusta ir al mercado... ¿Dónde compra una apasionada de la gastronomía?
María: Menaje en muchos sitios; comida, sobre todo, en el Mercado de Chamberí, en Doña Tomasa, en el Mercado de la Paz, en Formaje para los quesos… y en El Corte Inglés compro muchísimo: embutido, jamón, producto variado…

¿Cuál es el fondo de armario de una buena anfitriona?
María: Un buen mantel, con caída perfecta; un hule para proteger; una buena cubertería —la mía es de anticuario, de alpaca o plata—; una vajilla especial, no la del día a día; y candelabros. Con eso haces magia.
“Improviso la decoración el mismo día”

Danos tres trucos para una Navidad cálida, elegante y con personalidad...
María: Un árbol bien puesto, con carácter. Flores secas, que dan paz. Velas bonitas, en tonos rojos, verdes o tierra. Con eso y buena comida, la casa se llena sola.

No sorprende, dada su profesión, entonces que su espacio favorito sea la cocina. Allí se cruzan recetas, recuerdos y conversaciones. Allí enseña a su hija que la generosidad también se cocina. “Es mi ritual”, explica. “Donde me evado, donde empieza todo: una cena con amigos, un día especial o un simple martes”. En las estanterías conviven libros de cocina de Ottolenghi con cuadernos de recetas escritas a mano y notas de su abuela. Nada sobra, y nada parece demasiado nuevo: esa es la magia.

Cuando hablamos de música, sonríe. Para cocinar, recurre a una lista de clásicos españoles y a temas de la época de sus padres. “Julio Iglesias me pone de buen humor”, reconoce. Y mientras suenan, improvisa mesas que cambian según lo que tenga en casa: flores secas, una lombarda morada, un frutero lleno o aquel jarrón que le regalaron hace dos semanas, admite. “Improviso. Sigo un hilo conductor y monto la mesa alrededor de eso”.
Plan
familiar
La Navidad en casa de María comienza pronto. Baja del trastero las bolas que colecciona —algunas de viajes, otras hechas a mano— y espera paciente a que lleguen los estudiantes de ingeniería forestal para traer el abeto natural que van a seleccionar en familia "en plan americano", nos cuenta mientras ríe, que después reciclarán y replantarán. Monta el nacimiento que pintó con su madre; "lo hicimos nosotras, lo pintamos de color oro"; coloca figuras con mimo.Y añade riéndose: “Se me ha roto el cuerno de la mula, así que a empezar otra vez. Cuando mi hija sea mayor quiero ampliarlo y que me ayude”.

Entonces, mientras coloca velas, lazos y flores secas, la casa se convierte en lo que ella misma llama “una Navidad cálida, sin ruido, sin excesos”. Este año vemos que la decoración se sale de los tonos clásicos, dice, los tonos serán marrones, terracotas y verdes, en sintonía con las velas, como vemos en los detalles que cuelgan del árbol.
Sin muchas complicaciones
Cuando le pido tres palabras para definirse, responde sin pensarlo: “natural, sencilla, amiga de mis amigos”. Así también es su casa, el cuarto de su hija que inspira a muchas seguidoras cuando lo saca en Instagram. Y su nuevo libro, 'A mesa puesta', sigue esa misma línea: recetas accesibles, pero sofisticadas, mesas bonitas sin complicación y una guía de protocolo que hace fácil lo que parece difícil. Su objetivo —dice— es ayudar a otros a crear momentos especiales “sin tener que complicarse la vida”.

Sale al rellano y, aunque estamos nuevamente en Chamberí, el ruido parece distinto. Quizá es que, después de entrar en la casa de María Gálvez, una empieza a mirar la ciudad —y la vida— con un poco más de calma.
