La comparación no es casual. En el norte de Burgos, entre el Condado de Treviño y la comarca de Las Merindades, se esconde un paisaje que recuerda a la mítica Capadocia turca por su espiritualidad, su relación íntima con la naturaleza y su arquitectura excavada en la roca. Pero con una ventaja indiscutible: está mucho más cerca y lejos de las multitudes. Este territorio alberga uno de los conjuntos de cuevas rupestres más completos y fascinantes de la península ibérica, un legado milenario que permanece aún fuera de los grandes circuitos turísticos.
Aquí, la historia no se visita entre colas ni pasarelas artificiales. Las cuevas se encuentran a pocos metros de la carretera y se alcanzan con breves caminatas que atraviesan barrancos, arroyos y paisajes de un silencio casi monástico. Fue precisamente ese silencio el que atrajo a los primeros eremitas cristianos en el siglo VI, cuando estas formaciones de piedra caliza comenzaron a ser excavadas como lugares de retiro espiritual, oración y vida contemplativa.
La zona cuenta con senderos para llegar a las cuevas. (Turismo Burgos)
La llamada ‘Capadocia burgalesa’ reúne más de un centenar de cuevas talladas por el ser humano a lo largo de quince siglos. Durante décadas, muchas de ellas permanecieron ocultas o relegadas al olvido, pese a albergar algunas de las iglesias rupestres y cementerios cristianos más antiguos del norte peninsular. Hoy, forman una ruta única que combina patrimonio, naturaleza y una sensación constante de asombro. Uno de los enclaves más impresionantes es el conjunto de Las Gobas y Santorkaria, en el Condado de Treviño. Excavados en el siglo VI como una suerte de primeros monasterios, estos eremitorios evolucionaron entre los siglos VIII y IX hacia espacios habitables, con estancias destinadas a vivienda y almacenamiento. De ese proceso surgió la aldea de Laño, testimonio vivo de cómo la espiritualidad dio paso a una comunidad organizada en torno a la roca.
En Presillas de Bricia, en el Alto Ebro, se encuentra otra joya apenas conocida: el eremitorio de San Miguel. Se trata de una iglesia excavada en dos niveles, con tres naves separadas por arcos de medio punto y columnas talladas directamente en la piedra. Hornacinas, escaleras interiores y posibles pilas bautismales hablan de una comunidad estructurada. Desde la terraza superior, las vistas sobre los bosques de robles y encinas son, sencillamente, sobrecogedoras.
La zona cuenta con cuevas como esta. (Turismo Burgos)
La ruta continúa en Trespaderne, donde se esconden las cuevas de los Portugueses, un conjunto de catorce cavidades excavadas en un cañón frondoso. Aunque su nombre procede de los trabajadores portugueses que las habitaron durante la construcción del ferrocarril Santander-Mediterráneo a comienzos del siglo XX, su origen es mucho más antiguo. Antes fueron refugio de pastores seminómadas y lugar de oración para monjes. Hoy, el visitante puede recorrer gratuitamente sus salas abovedadas, cruzando un arroyo por una pasarela de madera que añade encanto al recorrido.
En Incinillas, a los pies del monte San Miguel, se abre la cueva de la Mosquita, un eremitorio de los siglos VIII y IX que reutiliza una cavidad natural. Los enterramientos excavados en su interior y las sepulturas exteriores apuntan a un uso funerario familiar, convirtiendo el lugar en un pequeño cementerio rupestre que impresiona por su sobriedad y carga simbólica.
La comparación no es casual. En el norte de Burgos, entre el Condado de Treviño y la comarca de Las Merindades, se esconde un paisaje que recuerda a la mítica Capadocia turca por su espiritualidad, su relación íntima con la naturaleza y su arquitectura excavada en la roca. Pero con una ventaja indiscutible: está mucho más cerca y lejos de las multitudes. Este territorio alberga uno de los conjuntos de cuevas rupestres más completos y fascinantes de la península ibérica, un legado milenario que permanece aún fuera de los grandes circuitos turísticos.