Esta ruta de senderismo de Cantabria pasa entre secuoyas gigantes por un bosque declarado Monumento Natural
Muy cerca de la costa y de algunos de los núcleos más conocidos de Cantabria, esta ruta ofrece una experiencia completamente distinta, inesperada y profundamente evocadora
Hay lugares que descolocan desde el primer momento. No porque no sean bellos, sino porque rompen por completo con la imagen mental que uno tiene del paisaje que pisa. Eso es exactamente lo que ocurre al llegar al Bosque de Secuoyas de Cabezón de la Sal, en Cantabria. El suelo es atlántico, el olor es húmedo y verde, pero los árboles parecen sacados de otro continente: demasiado altos, demasiado rectos, demasiado solemnes para encajar en el imaginario del norte de España. Bastan unos pocos pasos para dejar de buscar explicaciones y aceptar que se está caminando por uno de los enclaves naturales más sorprendentes del país.
Este bosque no nació como espacio protegido ni como proyecto ecológico. Su origen se remonta a la década de 1940, cuando se introdujeron secuoyas rojas con fines madereros. Se buscaba una especie de rápido crecimiento para la explotación industrial en una España que atravesaba un momento complicado. El plan económico no prosperó, pero la naturaleza hizo el resto. Las secuoyas se adaptaron a la perfección al clima cántabro, con lluvias frecuentes, temperaturas suaves y suelos profundos, dando lugar a un resultado que hoy se percibe casi como un milagro botánico.
Ocho décadas después, el bosque se ha consolidado como un espacio único en Europa. Las secuoyas rojas son la especie arbórea más alta del planeta y, aunque en Cantabria no alcanzan los más de 100 metros que pueden medir en California, muchas rondan los 35 o 40 metros de altura. Caminar entre ellas no es simplemente dar un paseo por un bosque bonito: es hacerlo entre ejemplares extraordinarios que imponen respeto y silencio, creando una atmósfera que recuerda a una catedral natural.
La ruta de senderismo que recorre el bosque es tan accesible como hipnótica. Se trata de un sendero circular de unos 2,5 kilómetros, prácticamente llano y perfectamente acondicionado. No hay cuestas exigentes, pasos técnicos ni necesidad de equipamiento especial, lo que la convierte en una caminata apta para todos los públicos. Familias, senderistas ocasionales o viajeros curiosos pueden disfrutarla sin dificultad, dejándose llevar por un entorno que invita a caminar despacio y mirar hacia arriba.
El trazado discurre entre hileras de secuoyas que filtran la luz y envuelven el camino en una penumbra suave y constante. La sensación es la de estar dentro de un espacio ajeno al tiempo, donde el sonido se amortigua y el ritmo se desacelera de forma natural. Es una ruta corta, pero intensa en sensaciones, de esas que se recuerdan más por lo que hacen sentir que por los kilómetros recorridos.
Desde 2003, el Bosque de Secuoyas de Cabezón de la Sal está protegido como Monumento Natural, una figura legal reservada a espacios de especial valor científico, paisajístico y ecológico. Esta protección limita el tránsito fuera de los senderos, prohíbe cualquier aprovechamiento forestal y garantiza un mantenimiento centrado en la conservación. Por eso no hay pasarelas espectaculares ni elementos artificiales que interfieran: el bosque no se ha convertido en un decorado, se ha preservado tal y como es.
Hay lugares que descolocan desde el primer momento. No porque no sean bellos, sino porque rompen por completo con la imagen mental que uno tiene del paisaje que pisa. Eso es exactamente lo que ocurre al llegar al Bosque de Secuoyas de Cabezón de la Sal, en Cantabria. El suelo es atlántico, el olor es húmedo y verde, pero los árboles parecen sacados de otro continente: demasiado altos, demasiado rectos, demasiado solemnes para encajar en el imaginario del norte de España. Bastan unos pocos pasos para dejar de buscar explicaciones y aceptar que se está caminando por uno de los enclaves naturales más sorprendentes del país.