Ignacio Goitia o cómo elevar el interiorismo a la categoría de arte con ironía, pertenencia y globalización
Con más de tres décadas de trayectoria, este bilbaíno sin fronteras fusiona en su obra ironía contemporánea, onirismo, sentido de pertenencia y globalización. Su última intervención, un restaurante vasco en Madrid, lo resume todo
Ignacio Goitia, de Bilbao para el mundo pasando por Madrid. (Fotografía: J. J. Lezamiz)
Entrar en el universo expandido de Ignacio Goitia (Bilbao, 1968) es aceptar una invitación a un viaje donde las coordenadas espacio-tiempo se evaporan. Con más de tres décadas de trayectoria, este artista vizcaíno ha logrado algo poco común: ser profundamente local y, a la vez, radicalmente internacional. Formado en la facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco y con un doctorado en Historia del Arte, los cuadros de Goitia son pura escenografía. La majestuosidad de la arquitectura clásica y el canon de belleza conviven con la ironía contemporánea, el onirismo, el sentido de pertenencia y las delicias de la globalización.
Su producción, que ha pasado por galerías de Miami, Nueva York y París, es un collage de épocas. En sus lienzos, dantzaris vascos bailan en salones versallescos y personajes contemporáneos habitan edificios centenarios, recordándonos que “el presente no es más que la suma de todas nuestras memorias”.
El universo de Ignacio Goitia es sugerente y habitable. (J. J. Lezamiz)
Pero su inquietud creativa no se detiene en el caballete. Desde sus tiendas en Bilbao (Doctor Achúcarro, 1) y Madrid (Plaza de las Salesas, 3), Goitia traslada su estética a la vida cotidiana —vajillas, pañuelos, cojines, papeles pintados, corbatas— reivindicando que el arte debe ser vivido y no solo contemplado.
Charlamos con él sobre su última intervención —un restaurante en la madrileña calle Génova— y su visión de un mundo que, bajo su pincel, se vuelve absolutamente sugerente y habitable.
Ignacio Goitia Artstore. Plaza de las Salesas, 3, Madrid. (J. J. Lezamiz)
PREGUNTA. Te licenciaste en Bellas Artes y te doctoraste en Historia del Arte. En este ecosistema hiperdigital donde basta con abrir Instagram, TikTok o X para encontrar a cualquiera autodefiniéndose como 'artista' con total impunidad, ¿crees que la formación académica sigue siendo el único muro de contención contra la estulticia y la falta de criterio?
RESPUESTA. Para mí fue fundamental. Dedicar cinco años a aprender técnica, teoría y conceptos es lo que me permitió saber cómo se construye una imagen: la composición, el equilibrio, la armonía o su ausencia; hacerse con esos valores que luego aplicas a todo es básico. La historia del arte es esencial para entender lo que hacemos hoy. Mi obra se basa precisamente en eso: en revisar momentos históricos bajo mi propio prisma.
“Mi obra reflexiona sobre qué habría sido de la historia si los comportamientos sociales hubiesen sido más abiertos”
P. Tu obra es una sucesión de preciosos collages atemporales. Edificios clásicos con mensajes muy actuales. ¿Eres un gran nostálgico?
R. No soy una persona anclada en el pasado. Considero que el tiempo es uno solo; un continuo donde se juntan pasado, presente y futuro. En mis cuadros reflexiono sobre qué habría sido de la historia si los comportamientos sociales hubiesen sido más abiertos o diferentes. Por eso introduzco personajes que no corresponden a la época; es una forma de reinventar la historia de manera personal y respetuosa.
Ignacio Goitia. (J. J. Lezamiz)
P. Acabas de intervenir el restaurante de cocina vasca Goicolea —en el 7 de la calle Génova de Madrid— dotándole de un despliegue simbólico que a nadie deja indiferente. ¿Cómo has hilado ese relato que aúna la raíz, la esencia de tu cultura, con el espíritu emprendedor y global del pueblo vasco?
R. Ha sido un recorrido simbólico por etapas. Empieza en la entrada, donde los muros están cubiertos con un estampado de arrantzales (pescadores) y atlantes con boina roja. Allí destaco el vínculo entre Luis XIV y los dantzaris (bailarines tradicionales) vascos, que llevaron sus pasos a París, influyendo en el desarrollo del ballet clásico. Es una metáfora de nuestra fuerza.
El restaurante Goicolea (Génova, 7) es la última intervención de Goitia.
Luego, el visitante avanza hacia la idea del viaje y la emigración vasca, con referencias al Zoo de Berlín o incluso a Miami, donde reflexiono sobre la globalización: cómo América, que una vez fue conquistada por Europa, hoy nos conquista a nosotros.
El recorrido termina en una orangerie (pabellón diseñado para proteger árboles de cítricos y otras plantas exóticas) llena de luz, mi particular “mar y montaña” donde conviven peces, el baile de la kaxarranka (original de Lekeitio) y robles. Es un diálogo entre la tradición escrita del clasicismo y nuestra tradición oral.
“Viajar te ayuda a evolucionar y a no perder nunca el eje”
P. Tras formarte en Bilbao, seguiste estudiando en Florencia, La Habana y París. ¿Sigue siendo viajar la mejor escuela para un artista?
R. Es la mejor enseñanza. Viajar te ayuda a entender el mundo, a ser más crítico y, si lo aprovechas bien, incluso a ser mejor persona. Aprendes de las virtudes de unos y de los errores de otros. Te ayuda a evolucionar y a no perder nunca el eje.
Ignacio Goitia. (J. J. Lezamiz)
P. Eres un tipo elegante. ¿Qué es para ti la elegancia?
R. Es algo más del alma que de la estética. Es saber hacer las cosas, ser empático, tener una buena educación y respetar a los demás. Luego eso se refleja en la ropa. Yo ahora estoy diseñando corbatas, y aunque mucha gente las asocia al trabajo, a la oficina, para mí son una forma de respeto hacia uno mismo y hacia los demás. Es intentar hacer la vida un poco más bonita.
P. Si pudieras coger un ascensor temporal, ¿a qué época viajarías para pasar una temporada?
R. Me quedaría en el presente por la facilidad con la que ahora nos desplazamos gracias a coches, aviones y trenes; hoy puedes dar la vuelta al mundo en menos de 48 horas, ¡una maravilla! Pero, si me diera un capricho histórico, me iría al Renacimiento italiano en Florencia o al Barroco romano. Me encantaría tomarme un café con Bernini y Borromini… ¡Aunque se odiaban a muerte! Sería fascinante ver de cerca cómo su rivalidad transformaba Roma.
Entrar en el universo expandido de Ignacio Goitia (Bilbao, 1968) es aceptar una invitación a un viaje donde las coordenadas espacio-tiempo se evaporan. Con más de tres décadas de trayectoria, este artista vizcaíno ha logrado algo poco común: ser profundamente local y, a la vez, radicalmente internacional. Formado en la facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco y con un doctorado en Historia del Arte, los cuadros de Goitia son pura escenografía. La majestuosidad de la arquitectura clásica y el canon de belleza conviven con la ironía contemporánea, el onirismo, el sentido de pertenencia y las delicias de la globalización.