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Elio Berhanyer: el contador de historias que tejió su propia leyenda

Sus aventuras estrambóticas incluyen la idea que tuvo de comprarse un Rolls-Royce y conducir (sin carnet) por la Gran Vía con un guepardo como compañero de viaje

Foto:  Elio Berhanyer. (Ilustración: Jate)
Elio Berhanyer. (Ilustración: Jate)

Elio Berhanyer decía que le gustaba más crear para el cuerpo de una mujer elegante que el lucimiento de sus vestidos en una guapa oficial. Y la razón que daba era que en la bella de catálogo daba igual lo que se pusiera encima porque el interés que despertaba se centraba en la percha, y definía esa elegancia como la que tenían su madre y algunas de sus tías. Mujeres recias, sin recursos y con una capacidad para lucir el mandil, la ropa de luto o el abrigo mil veces dado la vuelta como si llevaran alta costura.

"Mi madre fue siempre impecable igual que nosotros, sus hijos. Decía que se podía ser pobre pero había que ir siempre limpio. Quizá por eso a mí siempre me ha gustado el color blanco como símbolo de limpieza y no de pureza. Son recuerdos que tengo de mi infancia con las sábanas colgadas al aire y al sol". Quizá por eso en su última etapa de vida iba vestido con túnicas impolutas blancas y una especie de solideo adornando su cabeza.

Un uniforme que pocas veces trastocaba por el esmoquin salvo cuando había que cumplir con el protocolo. Se enfadaba muchísimo cuando veía a invitados en recepciones institucionales sin guardar lo que el denominaba "educación y compostura. Si no quieren lavarse o aceptar la norma de la invitación, que no acudan". Y de nuevo el recuerdo para esa madre trabajadora y sufridora que era capaz de llevar a los miembros de su familia de punta en blanco aunque fuera con remiendos.

En la Mercedes-Benz Fashion Week de 2017. (EFE)
En la Mercedes-Benz Fashion Week de 2017. (EFE)

Fue niño de posguerra, huérfano de padre al que en la guerra fusilaron "por rojo, liberal y sindicalista", contaba en esas charlas nocturnas con la condesa Montarco siempre presente en los muchos viajes que compartían con la prensa. Noches de confidencias en Ibiza, Mallorca o en cruceros que organizaba Mari Cruz Soriano con Charo Palacios, que corroboraba anécdotas que habían compartido a lo largo de los años. La desolación del modista cuando murió su amiga del alma y su musa fue uno de los momentos mas tristes de los últimos años.

Le gustaba que le llamaran costurero, creador o modista

Elio Berenguer (que así se llamaba) era un gran contador de historias y tejió su propia leyenda con apuntes ciertos o recreados, como los sucedidos que narraba en las cenas de verano de Sonia Galimberti en su jardín repleto de jazmines. Un olor que le trasladaba a los patios de Cordoba y Granada, donde también vivió parte de su vida. Recordaba a los invitados y amigos que el rabo de toro (su especialidad culinaria) era un plato de pobres. Y razonaba que le salía tan bien por lo mucho que lo vio hacer en la cocina familiar: "Y ahora es un plato de lujo".

Elio Berhanyer, siempre de blanco. (EFE)
Elio Berhanyer, siempre de blanco. (EFE)


Le gustaba que le llamaran costurero, creador o modista (como también reivindica Lorenzo Caprile) y odiaba la palabra diseñador. Se reinventó muchas veces y por eso cuando la alta costura fue desapareciendo también se amoldó a las circunstancias. "He vivido como nadie y también he gastado como un marajá y no me arrepiento". Y en esas charlas intempestivas contaba, para el que no lo supiera, sus aventuras y hazañas estrambóticas, como la idea que tuvo de comprarse un Rolls-Royce y conducir (sin carnet) por la Gran Vía o el paseo de Castellana con un guepardo como compañero de viaje.

Eran los años sesenta y vivía en un hotelito, que así se denominaba lo que hoy sería un chalet, de los que aún quedan en los barrios madrileños de El Viso o Arturo Soria. El suyo estaba en Ciudad Lineal y lo llenó de plantas exóticas, palmeras, jazmines, maceteros con gitanillas y buganvillas, que a su pesar nunca llegaban a desarrollarse como en los patios cordobeses.

La casa de puertas abiertas se vendió y Elio Berhanyer contaba en esas tertulias eternas que quizá fue el punto de inflexión cuando decidió que apegarse a las cosas materiales era un error. Y cambió lo tangible por intangible en forma de amores y afectos eternos.

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