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ICONO DE LA CULTURA

Chicho Ibáñez Serrador, el hombre que sorteó la censura y se enamoró de Tánger

Decía, sin falsa modestia, que si su carrera la hubiera desarrollado en Estados Unidos tendría una estrella en Hollywood y un estudio de rodaje a su nombre.

Foto: Chicho Ibáñez Serrador, premio Goya de Honor 2019. (Getty)
Chicho Ibáñez Serrador, premio Goya de Honor 2019. (Getty)

Chicho Ibáñez Serrador ha sido uno de los profesionales con más capacidad de trabajo y con ese punto de genialidad capaz de enamorar con sus proyectos a aquellos que tenían que financiarlos.

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Decía, sin falsa modestia, que si su carrera la hubiera desarrollado en Estados Unidos tendría una estrella en Hollywood y un estudio de rodaje a su nombre como las grandes estrellas.

Nunca fue ambicioso y vivió toda su vida en un chalet cerca de Prado del Rey, donde seguía recibiendo a sus amigos y a los periodistas que le pedían entrevistas, sin explicarles de antemano que su estado físico era regular.

Narciso Ibáñez Serrador en una imagen de 'Mis terrores favoritos'. (RTVE)
Narciso Ibáñez Serrador en una imagen de 'Mis terrores favoritos'. (RTVE)

Les recibía y con su humor negro explicaba que lo único que le preocupaba era que su silla de ruedas no chirriara como sucedía en las películas de miedo cuando la protagonista quiere escapar del asesino. Después aclaraba que, en contra de lo que la gente pensaba, esa ironía la había heredado de su madre, la actriz Pepita Serrador, y no de su padre, Narciso Ibáñez Menta, actor y director teatral.

Se reconocía como un gran feminista por el ejemplo de su madre, una mujer con un carácter fuerte a la que quería y admiraba por encima de todo. Ella tuvo compañía propia y el niño Narciso, con una mala salud de hierro desde pequeño, estuvo rodeado de ese mundo de cómicos donde aprendió lo importante que era el aprendizaje y la cultura.

Narciso Ibáñez Serrador en una imagen de archivo. (EFE)
Narciso Ibáñez Serrador en una imagen de archivo. (EFE)

Como homenaje a su madre escribió una obra para los dos bajo el seudónimo de Luis Peñafiel. Él interpretaba al hijo y Pepita era la madre en “Aprobado en inocencia”. En realidad el título original era “Aprobado en castidad”, pero al no pasar la censura lo cambió. Hace unos años volvió a interpretar el rol pero con los papeles invertidos. Chicho representaba el papel que escribió para su madre y Sandra Barneda el suyo. Con “historia de Frivolidad” también supo ingeniárselas para que no se la prohibieran.

Una de sus últimas apariciones fue para recoger el Goya de Honor que le otorgó la Academia. Fue una noche mágica con todo el auditorio en pie y aplaudiendo durante quince minutos.

Narciso Ibáñez Serrador durante un homenaje recibido en la gala de inauguración del la V edición de Nocturna Madrid, festival de cine fantástico. (EFE)
Narciso Ibáñez Serrador durante un homenaje recibido en la gala de inauguración del la V edición de Nocturna Madrid, festival de cine fantástico. (EFE)

Toda su carrera la desarrolló en TVE y llegó a ser director de programas que pronto abandonó porque le aburrían los despachos y los que se sentaban en ellos. Además de dirigir ejercía una labor didáctica con todos los que le rodeaban, ya fueran periodistas, regidores, actores o cualquiera que estuviese bajo su mando.

Era muy supersticioso y no permitía que en un rodaje nadie estuviera con algo amarillo. Si en los exteriores pasaba un gato negro se paraba. En una ocasión en que se rodaba “Un, dos, tres”, le quisieron gasta una broma y los cámaras y resto del equipo se vistieron de amarillo. Cuando llegó y los vio, obligó a todos a cambiarse. “El que no tenga ropa que se vaya a su casa”, dijo. Nunca más hubo bromas de este tipo.

Chicho Ibáñez Serrador, Goya de Honor 2019. (Getty)
Chicho Ibáñez Serrador, Goya de Honor 2019. (Getty)

Sus ciudades preferidas eran El Cairo y Tánger, donde pasó varios años cuando era joven ejerciendo de corresponsal. Le fascinaban por el embrujo y lo cinematográficas que eran. Después, ya como profesional consagrado, solía viajar al menos una vez al año y rememoraba a Humphrey Bogart o al comisario Louis Renault en Casablanca, su película de culto.

Decía que el drama de muchos de los directores actuales era que se comparaban con Michael Curtiz, “y nunca se podrá repetir Casablanca”.

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