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FLORES-CARRASCO CONFIDENCIAL: CAPÍTULO 4

El día en que un informe judicial aseguró que Antonio David Flores condicionaba a su hija

La tensión en el chalé familiar en aquel mes de julio de 2012 hizo que se produjeran escenas dantescas. Primero un corte accidental, después una agresión

Foto: Imagen: EC Diseño.
Imagen: EC Diseño.

Algo más de un mes antes del día que estalló la furia de Rocío Flores (27 de julio de 2012), su padre, Antonio David Flores, había abierto en el Juzgado de Primera Instancia número 5 de Alcobendas un proceso de modificación de medidas con relación a la custodia de la hija que tiene en común con Rocío Carrasco. El padre aseguraba en dicho documento que la menor no quería vivir con la madre, que se sentía maltratada y que, incluso, el 15 de marzo de ese año “se fugó” motu proprio a casa de una amiga.

[ Vea todo el especial: Rocío Carrasco o su hija, ¿quién es la verdadera superviviente? ]

Para intentar demostrar que todo esto era cierto y que, por ende, debía otorgársele la custodia íntegra de su hija, Antonio David adjuntó un informe psicológico de la menor, realizado a instancia de parte, es decir, por una doctora requerida por el ex guardia civil, en el que Rocío Flores aseguraba cosas tan variopintas como que “su madre no la quiere”, “no tiene confianza en ella”, “que la obliga a estudiar con la puerta abierta”, o que “la golpea agarrándola a veces por el cuello”, tal y como recogería la jueza en la sentencia que condenaría a la menor por maltrato. Dicho informe no pudo ser ratificado posteriormente en ese proceso judicial porque la psiquiatra que lo firmó, que responde a las iniciales O.T.L., no se personó en el proceso tras presentar un justificante.

Rocío Carrasco tuvo que acompañar a su hija a los juzgados de Alcobendas para que la pequeña le dijera al juez que se sentía maltratada por ella

No obstante, y a pesar de que el referenciado documento no tuvo relevancia judicial alguna, sirvió para dar pie a un hecho insólito, como muchos de los que acontecieron en aquellos días en el clan Jurado. El día 11 de julio de 2012, apenas 15 días antes de la agresión, Rocío Carrasco se vio obligada a llevar a su hija a los juzgados de Alcobendas para que la pequeña le dijera al juez que se sentía maltratada por ella y que quería irse a vivir con el padre. El cuadro de aquella mañana tenía un grado de abstracción que ni Kandinsky hubiera sido capaz de plasmar.

Quizá no han quedado demasiado explícitas las cotas que alcanzó el delirio en aquellos momentos. Analicemos lo sucedido. El día 5 de julio de 2012, apenas una semana antes de la vista, Rocío Carrasco recibe en el chalé familiar una providencia del juzgado en la que se la informa por sorpresa de que su hija va a declarar y se la insta a “traer a la menor para su exploración por el juez”. Durante una semana completa, ambas tuvieron que convivir en el chalé de Valdelagua con las tripas fuera y los tanques escondidos bajo la alfombra persa de la sala de estar. Y, claro, aquel globo de rencor acumulado se iba a acabar pinchando.

Rocío Carrasco.
Rocío Carrasco.


La Fiscalía acorrala a Rocío Flores

Cinco días después de la recepción de aquella providencia escasamente divina, la tensión familiar era tan evidente que se iba a producir un malentendido con un cuchillo. Aunque el episodio no tuvo finalmente consecuencias judiciales para Rocío Flores, aquel corte que se haría en la mano Rocío Carrasco sería estudiado por la Fiscalía de Menores posteriormente como un posible delito de malos tratos de la hija hacia la madre. De hecho, la Fiscalía solicitaba a la jueza que Rocío Flores también fuese condenada por este incidente, como demuestra el siguiente fragmento de su escrito de alegaciones:

Escrito de alegaciones de la Fiscalía de Menores

“En hora no determinada del día 10 de julio de 2012, encontrándose la menor junto a su madre y hermano en la cocina del domicilio familiar, y como quiera que aquella le recriminó que estaba gesticulando con las manos mientras asía un cuchillo con el que cortaba una pieza de fruta, se inició una disputa entre ambas, en el transcurso de la cual Rocío Carrasco exigió a su hija que le entregara el citado cuchillo, y como quiera que la menor se negó a ello, aquella lo sujetó, momento en que la menor, actuando con ánimo de ocasionar a su madre un perjuicio en su integridad física, propinó un fuerte tirón del mismo, provocando así que aquella se cortase en uno de sus dedos”.

Expediente de Reforma 261/2012, con fecha 18 de diciembre de 2012

Sin embargo, Rocío Carrasco le quitó hierro al asunto del cuchillo en sede judicial una vez llegado el momento: “Corroboró lo expuesto por Rocío Flores, en orden a que su hija en ningún momento la amenazó, cortándose ella en un dedo de forma fortuita cuando intentaba que la menor no sufriera daño alguno, al gesticular a la vez que intentaba cortar una manzana”. El hecho de que Carrasco le restara importancia a este incidente provocó la absolución de su hija frente al criterio de la Fiscalía, por lo que la jueza llegaría a afirmar al respecto que la madre “no arremete de forma indiscriminada contra la menor, pues pone de manifiesto tanto aquello que puede perjudicar a Rocío Flores como lo que le beneficia”, lo que a su entender daba credibilidad al testimonio global de la madre, frente al de la hija, poblado de multitud de “francas contradicciones”, como veremos, y siempre enfocado a perjudicar a su progenitora.

Un día después de aquel duelo menor de espadas, el día 11 de julio, a las 10:45 horas, madre e hija estaban frente a frente en una sala de vistas. Lo sorprendente de este asunto es que el magistrado ni se inmutó ante el relato de la entonces menor cuando testificó en el plenario. Al terminar Rocío Flores su exposición, y a pesar de que venía aparentemente refutada por un informe psicológico, el titular del juzgado la mandó a casa de nuevo con su madre y firmó un auto seis días después, el 17 de julio, en el que solicitaba un informe al equipo técnico psicosocial adscrito al Tribunal Superior de Justicia de Madrid para conocer la realidad de ese entorno familiar y la verdad subyacente en el conflicto.

Ese documento se cerraría definitivamente unos meses después, en concreto el 27 de noviembre de ese año. El resultado era similar al de todos los demás informes elaborados durante el proceso de lucha por la custodia: los dos hijos del matrimonio, tanto Rocío como David, se encontraban en una situación de indefensión en un proceso de divorcio mal tramitado por parte de sus padres. Sin embargo, alguno de esos informes deja caer que Rocío Flores estaba condicionada conductualmente solo por la figura paterna, en opinión de los profesionales.

Ese mismo mes de noviembre, y confirmando esta línea de sentido, la Agencia de la Comunidad de Madrid para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor redactó un dosier paralelo, con entrevistas a los menores, los padres, sus parejas e incluso los profesores de los niños, en el que se dejaba claro este aspecto, pues se aseguraba que el padre condicionaba, de manera más o menos intencionada, la opinión que tenía la hija de la madre. Y que la menor, incluso, llegaba a utilizar la mentira en perjuicio de su progenitora para contentar a Antonio David Flores.

Hablamos con una psicóloga especializada en familia para preguntarle, de manera general, si los niños suelen ser aleccionados por sus progenitores en los procesos de divorcio. "Últimamente se está produciendo un fenómeno muy positivo. Casi todos los matrimonios terminan mal, y en ese contexto es fácil que los padres y también sus familias hablen mal de la otra parte delante de los más pequeños. Pero muchos están aprendiendo a dejar ese dolor a un lado y que no afecte a los niños. Los hijos son el patrimonio de esa relación, un activo muy valioso, y hay que cuidar a ese activo para que no muera". Le mencionamos aquellos casos en los que aparece la conocida como alienación parental. "Los niños tienen una mirada del mundo muy condicionada por sus padres, así que los padres pueden condicionar la opinión que tienen los hijos del otro progenitor con facilidad", concluye.

Antonio David Flores. (Cordon Press)
Antonio David Flores. (Cordon Press)

La temperatura del infierno

Recopilemos por un momento los hechos. En junio de 2012, Antonio David pide la custodia completa de su hija presentando la correspondiente demanda, acompañada de un informe psicológico de la menor en el que esta ataca frontalmente a su madre. El día 5 de julio, el cartero judicial llama mil veces a la puerta del chalé familiar y Rocío Carrasco se entera de que su hija va a declarar (lo haría contra ella). El 10, la madre acaba cortándose con un cuchillo de cocina que portaba la hija en medio de una disputa familiar. Un día después, la niña declaró contra la madre en una sala de vistas… Pero ¿qué pasó a partir de ese momento?

A partir del 11 de julio de 2012, la tensión entre madre e hija creció, lo que acabaría traduciéndose en la agresión del día 27

Pues iba a ser peor el remedio que la enfermedad. O la enfermedad que el remedio, tanto monta. A partir del 11 de julio de 2012, cuando el magistrado decidió que volvieran juntas a casa, y sobre todo revueltas, la tensión entre madre e hija creció (aún más si cabe) como la espuma de una cerveza recién servida, lo que acabaría traduciéndose en la agresión del día 27 narrada en capítulos anteriores.

La decisión del tribunal descolocó a la familia al completo, porque la mayoría de sus miembros, si no todos, estaban seguros de que, tras esa vista a cara de perro, la joven se iría definitivamente a vivir con el padre por orden de un juez. Pero el juez en cuestión no se creyó del todo aquel speech de la pequeña.

Hacía calor aquel verano en Madrid. Sobre todo en el hogar familiar de Rocío Carrasco. Eso sí, no nos llevemos a engaño, las hogueras del infierno llevaban encendidas en esa casa alrededor de tres años.

Mañana en Vanitatis:

Capítulo 5.

Anteriormente:

Capítulo 1. El día que Rocío Flores tiró al suelo y “propinó varios golpes” y “patadas” a su madre, Rocío Carrasco

Capítulo 2. El día que un juez condenó a Rocío Flores por “maltrato habitual, amenazas e injurias” contra Rocío Carrasco

Capítulo 3. El día que Rocío Carrasco debía bajar de un coche de la Guardia Civil (y había un fotógrafo a la puerta del cuartel)

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