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HA FALLECIDO ESTE LUNES

Alfonso, el Cortina discreto: su matrimonio estable, su finca y su gran pasión

Desde que se convirtió en caballero jubilado de Repsol y de otras empresas donde ostentó varios cargos, Alfonso y su mujer, Miriam Lapique, pasaban más tiempo en el campo

Foto: Alfonso Cortina, en una imagen de archivo. (EFE)
Alfonso Cortina, en una imagen de archivo. (EFE)

Alfonso Cortina, expresidente de Repsol, ingresó hace una semanas en el hospital de Toledo. La evolución fue estable los primeros días, como así lo confirmaban desde el entorno del empresario a Vanitatis. La familia pasaba la cuarentena en la finca de Retuerta del Bullaque, en Ciudad Real, donde se había instalado el fin de semana anterior al decreto del Gobierno.

Desde que se jubiló, este campo era su ilusión. Pasó de ser una finca de recreo a montar una explotación agraria y plantar viñas de las que, con el tiempo, obtuvo un vino que se exportaba a todo el mundo. “Cuando empecé con el viñedo, lo hice como hobby, y ahora fabricamos 200.000 botellas de Pago de Vallegarcía y exportamos a Europa, China y Japón. Yo empecé poquito a poco: primero tuve las uvas y después edifiqué la bodega”, contaba orgulloso tras haber cumplido su sueño.

Cortina y su mujer, Miriam Lapique, en la capilla ardiente de la infanta Pilar. (EFE)
Cortina y su mujer, Miriam Lapique, en la capilla ardiente de la infanta Pilar. (EFE)

Pasión por el vino

Su trayectoria en este sector era nueva y su amigo de toda la vida, el marqués de Griñón, fue quien le asesoró. En esta zona, igual que sucedía en Malpica del Tajo, no había tradición de vino de calidad. “Lo que había era el llamado peleón, el de mesa que se vendía a granel o embotellado casi manualmente. Siempre le estaré agradecido a Carlos porque desde el primer momento me asesoró, me aconsejó para que no metiera la pata en un sector que, para mí, era totalmente desconocido. Carlos era ingeniero agrónomo y, por lo tanto, tenía unos conocimientos espléndidos”.

Desde que se convirtió en caballero jubilado de Repsol y de otras empresas donde ostentó varios cargos hasta llegar a la presidencia, Alfonso Cortina y su mujer, Miriam Lapique, pasaban más tiempo en el campo. Recibían a sus amistades los fines de semana, a los hijos y a los amigos de sus hijos. El empresario podía presumir de ser uno de los grandes coleccionistas de vinos. Según contaba, en su bodega había cerca de 18.000 botellas. “Tengo amigos que las guardan. En casa las abrimos cuando tenemos invitados. Algún día venderé parte de la colección, y el resto para consumir en casa. Mi hermano Alberto también tiene una espléndida colección. Durante muchos años comprábamos en Hospices de Beaunes, una subasta que hay en Francia”.

Una pareja consolidada

Alfonso Cortina y Miriam Lapique formaban un buen equipo que no solía tener el perfil público y social de la hermana y cuñada Cari. Los dos hijos también prefirieron no ser conocidos. Uno de ellos vive en Nueva York y es posible que pueda viajar a España para apoyar a su madre. Miriam explicaba a Vanitatis que sus hijos tuvieron una educación muy estricta: “Podían haber sido niños de papá y mamá, pero nunca se lo permitimos. Iban al Liceo francés y tardaban una hora y media en llegar. Claro que podían haber ido en coche, pero Alfonso lo tuvo muy claro. Que se vayan en autobús como el resto de sus compañeros. Lo que tengan en el futuro será porque se lo han ganado. Les dimos una preparación académica y después ellos se han buscado la vida”.

Alfonso Cortina y Miriam Lapique. (EFE)
Alfonso Cortina y Miriam Lapique. (EFE)

El expresidente de Repsol vivió ajeno al extenso currículum amoroso de su hermano Alberto. Su matrimonio era estable y sin grietas más allá de las que supone la convivencia. Miriam Lapique contaba a este medio cuál era el éxito de su relación: “Mi matrimonio ha funcionado porque decidí que antes que dedicarme a ama de casa era esposa. Viajaba continuamente y prefería acompañarlo. Hemos tenido suerte con nuestros hijos”.

Alfonso supo alejarse de los escándalos financieros de su hermano Alberto y su primo Alcocer. Tuvo una vida discreta y su relación con la prensa fue excelente. Invitaba a periodistas de revistas especializadas, nacionales y extranjeros, a participar en la vendimia y disfrutaba cortando los racimos de uva con una tijeras personalizadas que nadie podía tocar.

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