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ANIVERSARIO

Confidencias de Antonio Flores: el desnudo de su madre y un rapado militar

Un cuarto de siglo después de que el artista muriera, repasamos algunas de las frases y las anécdotas que contó sobre la música, el dinero o las ganas de vivir

Foto: Lola y Antonio Flores. (Cordon Press)
Lola y Antonio Flores. (Cordon Press)

Este 30 de mayo se cumple un cuarto de siglo desde que Antonio Flores murió en la casita de madera que su madre le había instalado en el jardín de El Lerele, la casa familiar de La Moraleja. Lo quería tener cerca. Nunca se cortó el cordón umbilical y la ausencia de la madre Lola le cerró también su porvenir. Un futuro llenó de éxitos profesionales, afecto y cariño por todos lados, y la niña Alba, con la que mantuvo y mantiene una conexión intensa.

El destino, que es implacable, no le dejó administrar la ausencia materna y dos semanas después se fue con ella. Tenía 34 años y se definía como “una persona vitalista” Y añadía en las entrevistas: “A mí me mueve en la vida el corazón y tengo energías y ganas de vivir. Cuando era pequeño tenía miedo a la muerte, ahora ya no”. Este sería el resumen emocional del que habría sido uno de los compositores y cantantes de referencia. Algunos de sus temas como 'No dudaría', 'Siete vidas', 'Alba' o la versión rockera del tema de Sabina 'Pongamos que hablo de Madrid' le han sobrevivido y forman parte de ese legado de letras de cantautor repletas de poesía urbana.

Antonio Flores, en una imagen de archivo. (Getty)
Antonio Flores, en una imagen de archivo. (Getty)

Desde que nació, tuvo focos en su cuna. Igual que sucedió con sus hermanas, Lolita y Rosario, aunque en su caso era además el varón, el amor indestructible de la Faraona. Ser hijo de Lola Flores y de Antonio González, el creador de la rumba catalana, le otorgaba un pedigrí de artista en su ADN. De pequeño era Antoñito y obligó a toda su familia a que dejaran de utilizar el diminutivo mucho antes de comenzar su vida musical. Tenía carácter, como el resto de los Flores. En su caso se acompañaba de cierta ironía que se convertía en mosqueo cuando algún directivo de su casa de discos pretendía imponer determinadas coordenadas.

Mi casa es tu casa

No le gustaba demasiado la promoción impuesta cuando tenía trabajo que ofrecer. Pero una vez que se sentía a gusto, la entrevista podía derivar en compartir en su piso de Avenida de América, en Madrid, almuerzo, merienda y cena. Esa casa era de puertas abiertas, como antes lo había sido el domicilio familiar de María de Molina, donde los periodistas sabían la hora de entrada pero nunca la de salida. Igual pasaba en Los Gitanillos, el chalé de Marbella donde Lola Flores consintió el 'robado' de su topless para 'Interviú'. Años después era el hijo el que admiraba la manera de funcionar de su madre a la hora de rentabilizar la parte más comercial de su vida: “Era genial verla gritar y acordarse de las madres de los de 'Interviú' públicamente y al rato decirnos: 'Ya tenemos perritas frescas”.

Lola Flores, en la década de los 80.(Getty)
Lola Flores, en la década de los 80.(Getty)

En sus inicios musicales era fácil encontrarse con el padre tocando la guitarra y el hijo con un cajón marcando el compás. En aquellos días de acompañamiento fraternal aún no tenía claro que se quisiera dedica a la música. Cuando se le preguntaba cuándo se dio cuenta de que quería ser artista, contestaba sin adornos: “Me metí en este rollo por el dinero. No quería seguir tirando de mis viejos, quería ganar yo mi propia pasta”. Y poder fue querer. Al principio de su carrera grabó dos primeros discos con los que no estaba muy contento: “Lo que hago no me gusta. Antonio el de las baladitas románticas ha muerto. Eso le va mucho más a mi hermana Loli (así llamaba a Lolita). Mi música no se puede encuadrar en nada de nada. Es rock, es comercial, y si le tengo que meter coros y violines, se los meto en plan duro. Lo que a mí me gusta es el rock”.

Urbanita por naturaleza

Nació en Madrid y nunca se dejó llevar por sus raíces más flamencas: “Soy del Foro, y aunque esta ciudad es un agobio, me siento muy a gusto. Aquí está mi gente, mi rollo, mi basca, y cuando no lo tengo, lo echo mucho de menos”. El campo le gustaba lo justo: “Es un latazo que llegue la noche y quieras tomar una copa y no encuentres más que árboles y árboles”, decía.

Uno de sus momentos críticos fue cuando tuvo que irse a la mili. Le tocó León y tuvo que cambiar de aspecto. Se dejó el pelo largo y cuando le empezó a crecer contaba: “Me encontraba guapísimo. Fue un shock cuando me lo raparon y me vi en el espejo como un melón. A la única que le parezco que estoy guapo es a mi madre”, explicaba en aquellas entrevistas en la terraza de la casa de Marbella, en el piso compartido de Avenida de América, y ya después, en su casita de muñecas de El Lerele.

Han pasado veinticinco años y el recuerdo de la figura de Antonio Flores es un homenaje a un hombre que quiso vivir como la canción de Sinatra, a su manera....

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