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se publica 'ava en la noche'

Ava Gardner, Madrid y una dictadura: hablamos con Manuel Vicent de su nuevo libro

El autor nos cuenta cómo se sirve de la protagonista de 'Mogambo' para recrear cómo vivió la capital el glamour que llegaba de fuera en contraste con la falta de libertades

Foto: Ava Gardner, en los años 50. (CP)
Ava Gardner, en los años 50. (CP)

Hablar con Manuel Vicent es dialogar, de tú a tú, con la gran literatura. A sus 84 años, y con premios como el Nadal o el Alfaguara a sus espaldas, ya es una leyenda de nuestras letras. A través de una columna periodística que ha sobrevivido a más de 40 años, España ha ido evolucionando de su mano. Su último libro, 'Ava en la noche', es un relato ficticio que mezcla en la misma coctelera la realidad de un país gris por el que se pasearon desde la propia Ava Gardner a John Wayne, Sophia Loren o Cary Grant. Las vivencias de un Madrid en el que el olor a castañas y a sacristía se mezclaba con el fulgor de las estrellas de Hollywood.

De eso trata 'Ava en la noche'. David, el ficticio protagonista, es parte sueño, parte vivencias reales del propio Vicent, que también desembarcó en aquel Madrid dispuesto a comerse el mundo. Al contrario que el chico de su novela, él no estudió cine pero sí se encontró con muchas de las situaciones y personajes que retrata el libro. Una historia en la que la protagonista de 'La condesa descalza' o 'Mogambo' sirve como metáfora perfecta de un país que descubría lo que era la libertad en el visitante, se llamase Orson Welles, Ernest Hemingway o Ava Gardner.

Portada de 'Ava en la noche'. (Alfaguara)
Portada de 'Ava en la noche'. (Alfaguara)

Pregunta: ¿Cómo surge la idea de 'Ava en la noche'?

Respuesta: A raíz de la experiencia de mi llegada a Madrid en los años 60. Yo me encontré algo evidente: había un Madrid de día y un Madrid de noche; un Madrid con las miserias de aquel tiempo, con la gente subalterna y tributable que arrastraba la dictadura, y un Madrid nocturno con fiestas de esmoquin blanco, de juergas flamencas y piscinas mentoladas con una libertad solo ejercida por gente como aquella de Hollywood, que había venido a España a rodar películas. Ellos ejercían una libertad que la gente tributable contemplaba como algo lleno de glamour y fascinación. El mito de la noche, en ese momento, era Ava Gardner y aquella era una libertad protegida por el régimen porque les servía de propaganda.

P: Ava Gardner sirve como metáfora de todo aquello...

R: Funciona como una metáfora de una belleza y una libertad que se escapa, que huye a medida que te acercas a ella, como un horizonte imposible de alcanzar. El protagonista es un niño que jugaba en un balneario derruido y veía a una mujer desnuda debajo de los escombros que busca y no encuentra. Aquella diosa que nunca encontró era Ava Gardner porque traslada eso que tiene en el subconsciente a Madrid.

La actriz Ava Gardner llega al aeropuerto de Barajas procedente de Londres. (Movistar / EFE)
La actriz Ava Gardner llega al aeropuerto de Barajas procedente de Londres. (Movistar / EFE)

P: ¿Era un seguidor de Ava Gardner más allá de que sea un vehículo para expresar lo que quería contar en este libro?

R: Por supuesto que he seguido a Ava Gardner en 'Mogambo', en 'Las nieves del Kilimanjaro'... Lo que pasa es que en el libro su sombra, que era galáctica, se cruza con otra diabólica, la del asesino Jarabo, nada menos que un pilarista que fue agarrotado. Que ejecutasen a un pilarista era algo muy notable en aquel tiempo. En aquel Madrid al que llega el protagonista esas dos sombras se entrecruzan. La realidad física de lo que le pasaba a Ava Gardner literariamente no me interesaba para nada. Hubo una moda de sacar cosas sobre ella que tal vez no ha favorecido mi libro pero, bueno, yo he escrito lo que he escrito y punto.

P: Hay anécdotas divertidísimas en el libro sacadas de la realidad, como aquella en la que Bette Davis come gatos sin saberlo...

R: Eso está dramatizado pero es real. Yo lo viví directamente. Ella rodaba 'El capitán Jones' en Denia y amenazaba con largarse del rodaje si no le daban buena carne y buena carne no había. Casi como despecho o gamberrismo, los responsables del avituallamiento probaron a cocinarle gato y resulta que le gustó muchísimo y a partir de ahí quería comer gato sin saberlo. En plena posguerra no te creas que comer gato era una cosa tan disparatada. De hecho, el término 'pelagatos' viene de aquellos que pelaban gatos y se los zampaban.

Davis, en una imagen de archivo. (Getty)
Davis, en una imagen de archivo. (Getty)

P: También se sugiere que la idea de Berlanga para 'El verdugo' surgió de un hecho real, del ajusticiamiento de la envenenadora de Valencia.

R: Cuando conocí a Berlanga se lo pregunté. En Valencia corría el rumor de que el verdugo que agarrotó a la envenenadora era pusilánime o no tuvo valor. No fue así. Al director de la cárcel, en ese momento de la ejecución, le dio un ataque de epilepsia y la envenenadora saltó desde el collarín de su verdugo para proteger a aquel hombre poniéndole un pañuelo en la boca que evitó que se cortase la lengua. Después, al director se lo llevaron en camilla y a ella la agarrotaron sin problema. Eso saltó las tapias de la cárcel de Valencia y en aquellos años se convirtió en un rumor; en la historia de un verdugo que no quería matar a la envenenadora. Yo lo oí muchas veces. 'El verdugo' se rodó en el 63 y se estrenó en el 64. Yo trabé amistad con Berlanga y Azcona dos o tres años más tarde. Un día, en una cena, le pregunté si aquel rumor de Valencia les había servido de inspiración. Berlanga no me dijo ni sí ni no, hizo algún gesto pero tampoco lo negó...Muy típico de Berlanga.

P: ¿Y qué hay de aquella anécdota, que también aparece en la novela, de Tyrone Power muriendo en el rodaje de 'Salomón y la reina de Saba'?

R: Murió abrazado a Gina Lollobrigida, vestido de rey con la coraza y todo. Le dio un infarto en pleno rodaje y lo llevaron al hospital, que creo que era el Ruber (no el Internacional, sino uno de la calle Juan Bravo), y murió de camino. Lo más curioso es que le hicieron unas exequias vestido de rey Salomón.

P: Con tantos tintes autobiográficos, ¿era usted más de ir al Chicote o al café Gijón?

R: Mi sitio era el café Gijón, el Whisky Jazz en la calle Villamagna, que luego se llamó Bourbon y se ubicó en la calle Diego de León. No era para nada de juergas flamencas. Alguna vez fui al Chicote pero poco.

P: Pero sí llegó a ver a Ava Gardner.

R: La vi en el Oliver una vez cuando estaba a punto de largarse de Madrid e irse a Londres. Si ibas al Bar Cock te decían: "Ayer estuvo aquí Ava Gardner". Si ibas al Whisky Jazz te soltaban: "Mañana vendrá Ava Gardner". Era una presencia continua pero inalcanzable, como en la novela...

Vicent, durante un homenaje a Rafael Azcona en 2018. (EFE)
Vicent, durante un homenaje a Rafael Azcona en 2018. (EFE)

P: ¿No pensó usted mismo en estudiar cine, como el protagonista de su novela?

R: Como era muy tímido en ese momento (luego me lo he corregido un poco), no imaginaba que pudiese mandar sobre una actriz o sobre un actor… No me veía con la autoridad, el desparpajo o la superioridad mental que hay que tener para poder mandar a un equipo. No me veía con carácter para eso.

P: ¿Y en qué cree que han cambiado lugares tan glamurosos o emblemáticos como la Gran Vía madrileña de entonces?

R: Aquella Gran Vía era la de los cines, como Broadway, que es lo que significa Gran Vía en inglés, aplicado a España. Era sinónimo de los grandes cartelones y espectáculos. Esos grandes cartelones también formaban una dicotomía con la realidad. Veías a las estrellas en actitud amorosa, a los gangsters con las pistolas, a los vaqueros cabalgando… Era un mundo irreal y contrastaba con la parte baja de los edificios, donde estaba la cerillera que vendía tabaco rubio, el lotero, la castañera, el lotero de los 'iguales'… Un mundo aún en una posguerra terrible. Una realidad pobre y miserable.

P: ¿A qué olía aquel Madrid?

R: Entonces no había tanto tráfico. Era un olor de las acacias en primavera. La primera sensación que tuve al llegar es que el aire era mucho más sutil y afilado que el de Valencia porque no había humedad del mar. Era un cielo finísimo, como cortado por una navaja, con el frío de la Sierra, sobre todo cuando había nevado. Lo que olía mal era el franquismo, la pobreza y la represión.

La Gran Vía madrileña, a mediados de los 60. (Cordon Press)
La Gran Vía madrileña, a mediados de los 60. (Cordon Press)

P: ¿Es fácil quedar cegado por la nostalgia de aquellos días pese a la que estaba cayendo?

R: La nostalgia es una idiotez. Se puede mirar con melancolía. La nostalgia es pensar que ahora estás muy mal y entonces estabas muy bien, pero eso es mentira. Si nos trasladásemos a aquel mundo, no podríamos soportar la asfixia. Cuando uno se acostumbra a la libertad, ya no hay vuelta atrás. La melancolía es una nostalgia hacia adelante, la que habla del tiempo que se acaba y de su importancia. Es una nostalgia hacia el futuro. La nostalgia hacia el pasado son batallitas. Si como autor no sabes emulsionarlo con la literatura de verdad, solo son batallitas que no llegan a nada.

P: ¿Ha notado mucho cambio en la promoción de este libro en mitad de esta pandemia?

R: Pues mira, ahora mismo estamos tú y yo hablando por teléfono, y si no existiese el virus, estaríamos sentados en cualquier sitio tomándonos una cerveza. Esa es la diferencia. Siempre se dice que saldremos mejores o peores de esto… Yo creo que saldremos igual pero el mundo digital, el mundo online, habrá dado un salto cualitativo.

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