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Fernando Simón: Yo, robot
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TRIBUNA

Fernando Simón: Yo, robot

¿Y si el director del Centro de Coordinación de Emergencias de Sanidad es en realidad un engendro mecánico o electrónico?

Foto: Fernando Simón. (EFE)
Fernando Simón. (EFE)

Me preguntaba cada día si Fernando Simón existe. Como persona me refiero. Si esa imagen que a diario asaltaba mi salón con cifras y explicaciones correspondía con un ente biológico, racional e independiente. Si tenía las mismas inquietudes espirituales y los mismos mecanismos fisiológicos que sufro yo desde que me recuerdo y que suelen acreditar con tozudez también diaria la insignificancia de mi naturaleza humana. Me preguntaba si esa voz susurrante y ajada que parecía denunciar falta de aire en cada palabra pronunciada era fruto de la vibración de unas sofisticadas pero desgastadas cuerdas vocales desarrolladas por el cruce natural y milagroso de cromosomas o era la capacidad de transformación electromecánica de un no menos sofisticado sintetizador de voz creado por un hombre, apostaba que chino. Me pregunté muchas veces si ese pelo rebelde de forma y color cambiante reflejaba estados de ánimo, niveles de estrés o, en los días de comparecencia matutina, pegada monumental de sábanas, o por el contrario resultaba simplemente consecuencia del desfase y descontrol presupuestario de un proceso de construcción frenético de un ente artificial en el que acabaron sufriendo las partidas finales, las de los remates estéticos, los dispendios ilusionados de los primeros ensambles industriales y robóticos.

Veía el vestuario del, para mí, por entonces aún presunto avatar y no descartaba que los fabricantes, a pesar del intento de ahorro en los elementos iniciales, con una estructura corporal de tamaño XS, un número limitado de músculos de expresión facial, una movilidad de brazos reducida a 45 grados y un software con claras limitaciones en la velocidad de procesamiento de preguntas inesperadas, llegaron sin un solo euro que gastar a los remates finales del sofisticado muñeco. Nunca vi andar a Fernando Simón, nunca supe cómo llegaba al atril pero, según avanzaba en mi alistamiento a la teoría del teleñeco y la mala gestión del presupuesto, no podía dejar de pensar en el origen de las ruedas sobre las que le estarían moviendo por el ministerio.

placeholder Fernando Simón comparece en rueda de prensa. (EFE)
Fernando Simón comparece en rueda de prensa. (EFE)

Currículum impecable

Repasaba su biografía para convencerme de que era persona. Siempre quise creerme la completa formación que contaban del portavoz en Zaragoza. Quise pensar que su paso por el colegio del Opus quedó de verdad ideológicamente compensado por su periodo de especialización en Londres. Quería convencerme de que su brillante carrera profesional a pie de virus en Mozambique, Ecuador o Guatemala y la guinda del innegable toque humanitario con un desinteresado y valiente voluntariado, del que no le apearon la amenaza de machetazos, no eran el resumen de un perfil falso que yo mismo me hubiera inventado para Tinder. Aunque me dio mucho que pensar lo de los seis idiomas, me sonó exagerado. Ni yo mismo me hubiera atrevido a incluirlo en ningún caso en mi perfil por contener en algo las expectativas de las incautas y escasas candidatas que lo leyeran tras no horrorizarse con mis fotos. Me escamaba mucho tan buen currículum en estos tiempos en los que las agencias de colocación temporal, también llamadas partidos, nos tienen acostumbrados a descuadrar formación y desempeño con facilidad y desparpajo. Creo que su jefe es filósofo.

En cualquier caso, a pesar de mi personalidad borreguil, demasiadas preguntas me asaltaban como para no acabar desconfiando un poco de su verdadera naturaleza. ¿Y si el doctor Simón era en realidad un engendro mecánico o electrónico? ¿Y si se trataba de un poco agraciado pero sofisticado robot teledirigido desde una sala llena de aparatos ultramodernos, también chinos, de casi licenciados en marketing de masas, de sociólogos radicales hasta hace poco en paro, de guionistas de cine apocalíptico de serie B, de antiguos redactores de 'El Caso', de los auténticos Epi y Blas y de comisarios políticos de Burundi que hicieron un mes de prácticas en Corea del Norte? ¿Y si el señor Simón, en el mejor de los casos, era un espécimen biónico con electrodos insertados en su cerebro que le hacían decir lo que decía y comportarse como se comportaba por reacción a los inputs compulsivos generados por las máquinas y los especialistas que habitaban y abarrotaban ese camarote de los hermanos Marx que no dejaba de pedirnos cada semana otros dos huevos duros?

Naturalidad automatizada

Al final llegué al convencimiento irrefutable de que el doctor era un robot. Lo deduje porque dudo que una persona normal, de las sometidas a la limitada eficiencia de la evolución de las especies, aguantara de forma tan estoica y fría no solo las inacabables jornadas de trabajo que se intuían dada la magnitud del problema, sino también la facilidad en la asimilación de flagrantes errores numéricos como si nada, la naturalidad con la que exponía sin solución de continuidad análisis y decisiones contradictorias, la espartana capacidad de mantener la misma imperturbable expresión defendiendo una idea y su contraria, no con el paso de los días, sino en una misma rueda de prensa.

Me convencí de la existencia del engendro Simón y sentí cierta empatía por ese interior de cables de colores. Sentí admiración por ese procesador oculto bajo la peluca, también de chino -entiéndase denominación de comercio y no gentilicio con tintes racistas, con ningún tinte de hecho-. Sentí hasta cierta compasión por lo que ya sin duda me parecía una funda de suave látex embutida, dado su coste original, en ropas adquiridas a última hora con fondos reservados en cualquier mercadillo de martes. En esos puestos no admiten tarjeta.

placeholder Fernando Simón. (EFE)
Fernando Simón. (EFE)

Asumí del todo su condición inequívocamente robótica en la rueda de prensa 225 y me quedé más tranquilo. Me quedé más tranquilo por lo que eso significaba. Porque una máquina no siente. Ni padece. Una máquina aguanta sobre sus hombros lo que le eches sin resentirse de sus cervicales. Un robot no pierde peso, no vuelve a una casa donde mujer o hijos adolescentes puedan pedirle las mismas explicaciones que les piden a ellos por la calle o en los colegios. Un robot no lee los memes. Un autómata no muere, tampoco llora, por eso puede contar muertos sin derramar una lágrima. Un androide no miente de forma consciente, si acaso repite los mensajes que no son verdad en los que se convierten las directrices variadas, inconexas e incompatibles que lanzan los distintos expertos desde sus distintas experiencias sobre pandemias. Experiencias, me temo, la mayoría de ellas, limitadas al revisionado de alguna película de Netflix.

¡Dios mío, pobre señor Simón! ¡Lo que ha debido pasar! Sufro sinceramente por él

Interioricé su condición robótica y entonces dejé de sufrir por el supuesto señor Simón. Hasta hoy. Cincuenta ruedas de prensa después se me ha puesto un tremendo nudo en el estómago al darme cuenta de que definitivamente es una persona. Que nada de cables, mandos o software. Nada de androides sofisticados. Hoy he leído que Fernando Simón se ha ausentado unos días porque está grabando una entrevista con Jesús Calleja en Mallorca. Eso ningún robot lo haría, ni uno del CSI siquiera. Una cosa es descansar y otra alimentarse el ego. Y Asimov, con buen criterio, en su cuarta ley de la robótica, menos conocida, prohibió la implantación del ego por disfuncional y peligroso. El ego es cosa de personas.

Y aquí ando yo, compungido y preocupado. ¡Dios mío, pobre señor Simón! ¡Lo que ha debido pasar! Lo que, todavía hoy, debe llevar encima si no ha conseguido, al menos, robotizar sus sentimientos. Sufro sinceramente por él. Me gustaría saber cómo lo supera, porque salir en prime time dando una vuelta en globo no creo que le ayude en nada a sobrellevar la enorme carga que le han echado encima. Aun así, estoy deseando ver la entrevista de Calleja. Y la siguiente con Bertín. Ahí le dejo una idea.

Me preguntaba cada día si Fernando Simón existe. Como persona me refiero. Si esa imagen que a diario asaltaba mi salón con cifras y explicaciones correspondía con un ente biológico, racional e independiente. Si tenía las mismas inquietudes espirituales y los mismos mecanismos fisiológicos que sufro yo desde que me recuerdo y que suelen acreditar con tozudez también diaria la insignificancia de mi naturaleza humana. Me preguntaba si esa voz susurrante y ajada que parecía denunciar falta de aire en cada palabra pronunciada era fruto de la vibración de unas sofisticadas pero desgastadas cuerdas vocales desarrolladas por el cruce natural y milagroso de cromosomas o era la capacidad de transformación electromecánica de un no menos sofisticado sintetizador de voz creado por un hombre, apostaba que chino. Me pregunté muchas veces si ese pelo rebelde de forma y color cambiante reflejaba estados de ánimo, niveles de estrés o, en los días de comparecencia matutina, pegada monumental de sábanas, o por el contrario resultaba simplemente consecuencia del desfase y descontrol presupuestario de un proceso de construcción frenético de un ente artificial en el que acabaron sufriendo las partidas finales, las de los remates estéticos, los dispendios ilusionados de los primeros ensambles industriales y robóticos.