Enrique San Francisco, bohemian rhapsody
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BUEN VIAJE

Enrique San Francisco, bohemian rhapsody

Murió después de seis décadas como puta por rastrojo. Murió de vivirse tanto. Murió también de maltratarse

Foto: Ilustración de Quique San Francisco. (Jate)
Ilustración de Quique San Francisco. (Jate)

“¿Es esto real o es solo fantasía?” Se pregunta Mercury para empezar la famosa rapsodia del hombre que plantea su inmediata huida después de asesinar a otro sin motivo aparente. “Solo soy un pobre chico, no necesito compasión. Tan fácil como vengo me voy”, continua la canción. Sonaba el vozarrón de Freddie cuando leí la noticia de la muerte de Quique San Francisco y sentí esos mismos “escalofríos por la espalda” que tan bien describen la sensación de angustia del protagonista de la historia que por fin encumbró a Queen. En mi caso fueron sobre todo escalofríos de tristeza pero también por la sorpresa de entender de pronto la vida de un casi amigo.

Foto: Quique San Francisco, en la presentación del docu-reality 'Follow San Francisco'. (Gtres)

Vi en la canción y en la extraña coincidencia la mejor descripción de la historia del perfecto bohemio que ha resultado ser Quique. Empeñado toda su vida en ponerle la pistola en la sien al bueno, casi santo, San Francisco. Hasta matarle. Una pistola que parecía amenazar con disparar si la persona se alejaba un ápice del personaje. Si abandonaba por lo más mínimo la línea recta de la libertad vital o traicionaba, aunque fuera por milímetros, la coherencia con sus principios de sinceridad y transparencia. No podía engañar a nadie como no podía transar con nadie, porque la cesión de sus propias exigencias internas eran implanteables se tratase el tema que se tratase. Como tampoco contaba para él dónde se tratara el asunto. Igual de recto y de implacable en una barra de bar, nunca importaba la hora, que en horas de máxima audiencia en las barras y barros de cualquier cadena.

placeholder Quique San Francisco en una imagen de archivo. (EFE)
Quique San Francisco en una imagen de archivo. (EFE)

Murió San Francisco sin que Quique finalmente le disparase, pero murió por su culpa. Murió del agotamiento en la obediencia debida a ese espíritu rebelde que le llevó a los extremos. Murió culminando el deterioro de ir arrastrando su cuerpo por las piedras del camino, esas con las que tanto parecía disfrutar al tropezarse. Y que buscaba vehemente aunque no fueron pocas las veces que le costó levantarse, tales eran las heridas. Obvias las cicatrices con el paso de los años. Murió después de seis décadas como puta por rastrojo. Murió de vivirse tanto. Murió también de maltratarse. Y paradójicamente de tratarle bien a su espíritu, de alimentarle con lo que a la vez tanto daño le hace al cuerpo. Con ese alimento que un bohemio no puede evitar regalarse. Con el alcohol, con las drogas y con todos los excesos. Excesos de hace cuarenta años que esos sí que eran excesos. También excesos verbales con los que ha ido regando y haciendo creer su fama de ir contracorriente en el seno de su gremio. Convicciones sin retoques. Correctas incorrecciones o incorrecciones correctas, da igual cual sea tu bando, ese era el máximo rango para obtener la dispersión total en torno a sus opiniones. Polémicas sin artificios. Ostias con frases como panes. Contundencias tan incómodas que ruborizan al híbrido. Pensamientos disparados al corazón del ambiguo. Y todo mirando a la cara. Con esos ojos de plato que salían de sus órbitas en la necesidad de buscar igual a quien convencer que a quien propinarle un abrazo. Con esos pómulos señal de pasados escabrosos, con esa delgadez innata e invencible con sus hábitos. Con ese halo elegante del bohemio, del rumboso. Con ese nada en los bolsillos de haber dado siempre todo. Con esa media sonrisa que destrozó la otra media en el fatídico resultado de su propia controversia entre el que tanto se divertía y el que sufría silente todas sus malditas consecuencias. Con esa mirada limpia, vidriosa muchas mañanas, que conservaba del niño que fue durante tantos años y que imponía ternura, comprensión y ayuda inmediata. Esa que le mantuvo en lo físico del cobijo y en lo psíquico de no estar solo.

placeholder Amigos y familiares aplauden al coche fúnebre que lleva los restos mortales de Enrique San Francisco. (EFE)
Amigos y familiares aplauden al coche fúnebre que lleva los restos mortales de Enrique San Francisco. (EFE)

Si aguantó todo este tiempo, fue por la fuerza de Quique. Que consiguió en su propio secuestro, con el cañón apuntándole, el fiel soporte de amigos. Tantos y todos tan buenos como él se merecía. Todos y todas auténticos si revisas el listado. Esos a los que encandilaba por valiente y por honesto. Todos los que nos moríamos de envidia por la fuerza imponente de sus principios y la fortaleza, tan hábilmente disimulada, de su cuerpo. Esa legión de fans que ahora quedamos huérfanos. Desamparados buscando fuentes de inspiración, interpretación correcta de los acontecimientos, libertad de opinión, contundencia en los debates y sobre todas las cosas su sentido del humor.

Porque el humor y la ironía, el reírse de sí mismo y el hacer reír a tantos ha sido la medicina que aplacaba los dolores de los huesos rotos y heridas que traían sus decisiones. El saber sacarle el ángulo al tema más escabroso para que te diera risa. Esa visión sagaz, esa habilidad en la sátira, ese mordaz cabrón que tanto dinero debía y al que eras incapaz de reprochar ni una línea de las que han acabado conformando su biografía. Esa que es la me gustaría que contaran si algún día tocara contar la mía. Ese cáustico burlón que se hizo tantas veces la autoparodia hasta ser caricatura a la que algunas veces acabo casi rendido.

placeholder El actor Enrique San Francisco. (Atresmedia)
El actor Enrique San Francisco. (Atresmedia)

Cansado de respirar, aburrido de la amenaza de acabar consigo mismo, como el protagonista de la canción “¡dejadme marchar!” ha dicho. Y aunque por nada del mundo le hubiéramos dejado irse ya sabemos muy bien todos como de firme es Enrique. Partió a curar la pena de haberse sojuzgado tanto o a celebrar el fin de tan autoimpuesta condena. O quizá partió feliz del sacrificio que ha hecho en ese esfuerzo titánico de generar tanto cariño como el que deja en el mundo. Quizá encuentre en sus nuevos bares a esos otros amigos que también se maltrataron y partieron, parece que hace ya siglos. Quizá estaba deseando reencontrar algún bohemio que, por convicción y aspecto aparentara romántico, y que por fin haga contraste de lo que para mí es un genio. Se merece encontrarlo y disfrutar del encuentro. Y estoy seguro, visto el panorama, que aquí no podría hacerlo. Suerte Enrique, buen viaje.

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