Bigote Arrocet y el secreto ibérico
  1. Famosos
NUEVO REALITY SHOW

Bigote Arrocet y el secreto ibérico

Dieciséis secretos sueltos en un entorno aislado con dieciséis famosillos tratando de atar los cabos. Pistas tratando de despistar gritadas a bombo y platillo

Foto: Edmundo Arrocet. (ilustración de Jate)
Edmundo Arrocet. (ilustración de Jate)

Voy a contar un secreto. Uno bueno, del ibérico. Uno que escucho estos días en toda la prensa a voces: un solo programa le ha costado culminar el viaje desde el suspense al suspenso. Hablo del aberrante reality show con el que nos han bombardeado y que me ha parecido este vulgar Secret Story. Otra genialidad de despacho, quizá en un día de resaca, que una vez lanzado al aire mantendrá por mucho tiempo ese dolor de cabeza que seguramente sufrieron los guionistas -y el que aprobó el proyecto- el día que surgió el invento.

El karma triunfa de nuevo con la vuelta del programa de forma inmediata, involuntaria e irónica, al más habitual suspense que supone, en esta tele presentista y “datadependiente” que sufrimos hoy en día, el no saber cuándo les van a anunciar su clausura. Aunque tampoco creo que dure mucho la duda.

Foto: Bigote Arrocet, en una imagen de archivo. (Cordon Press)

Dieciséis secretos sueltos en un entorno aislado con dieciséis famosillos tratando de atar los cabos. Pistas tratando de despistar gritadas a bombo y platillo en los huecos que sin querer van dejando los anuncios. Personajes y personajillos presumiendo de secretos que, quién lo diría entendido bien el formato, durante toda su vida los mantuvieron muy dentro por resultarles especialmente inconfesables.

placeholder Fotograma de 'Secret story'. (Mediaset España)
Fotograma de 'Secret story'. (Mediaset España)

Expone este pseudo “gran Hermano” en prime time y sin complejos la paradoja del famoso que siempre se niega a contar cuando en realidad sólo vive de lo que cuenta. Del cuento viven, es una evidencia. Y debe ser rentable visto el voluminoso número de voluntarios participantes.

En ese mercado del “qué quieres decirnos a todos esta noche” cotiza al alza el secreto. Y triunfa sin paliativos el que mejor lo aderezada con el contenido morboso. Guionistas y directores, de perverso interior evidente, cumplen su misión de descubrir a tironcitos pegados a unos y a otros detalles que, a ser posible, pareciendo que dicen algo, no digan nada durante un largo rato.

Exnovias, padres o amigos resultan los más interrogados en esos platós de escarnio público. Y luego, con el oficio que da trabajar en Mediaset, estiran las audiencias tratando de mantener ese ritmo despacioso que te desespera pero que a la vez te va haciendo creer que ya, por fin, en seguida, van a contártelo todo. Bueno, ahora no, después de la publicidad que viene.

Retransmiten el encierro de los que acabarán contándolo todo, incluso lo nunca ocurrido, veinticuatro horas al día. Supongo su cálculo. Supongo que piensan que sus seguidores acopiarán a la distancia máxima de un brazo los suministros básicos para no abandonar el sofá el tiempo que sea necesario hasta descubrir esas verdades supuestamente trascendentes. Líquido que garantice un seguimiento hidratado, vía directa y libre al aseo más cercano, grasas hipersaturadas –igual saladas que dulces- y por supuesto móvil cargado conforman el equipamiento de quien encomienda su tiempo a descubrir esos secretos que nunca cambiarán su vida.

placeholder Los secretos de los concursantes de 'Secret Story'. (Mediaset)
Los secretos de los concursantes de 'Secret Story'. (Mediaset)

Un logro, el hipnotizar a dos o tres millones, que solo se puede alcanzar con tres galas a la semana, resúmenes por todas partes, tratamiento de noticia hasta en los informativos, controversias fabricadas en los mentideros digitales y polémicas sobre el buenismo o lo políticamente correcto que enerven a los algoritmos que deciden de qué hablamos.

Un despliegue en tantos frentes que requería el colofón de un tridente presentando. Sobera por la derecha, Jordi González por la izquierda, muy escorado, y en punta de ataque, rematando, el “killer” Jorge Javier. Pobre del que le pongan por delante tratando de parar o desviar sus remates. Tanta maldad desplegada en aquella idea original de destapar poco a poco a quien tan rápido se quiere destapar requería la presencia del mismísimo maligno para darle algún sentido. Dale un secreto a un cotilla, dale algo que investigar. Dale una pista de un fallo, que no la abandonará hasta mostrarlo indiscutible y descarnado. Muéstrale una debilidad humana y entra en éxtasis preguntón. No parará hasta la humillación plena del moralmente apaleado ni aunque ya sea la una de la mañana y lleven diez bloques de rentable publicidad. Muy ibérico todo, desde luego.

Este video-akelarre con el que de repente nos obsequian también tiene, cómo no, sus víctimas colaterales. Algunas muy dolorosas y hoy lloradas por mi infancia. Esa poca infancia que aún me queda, siempre al cruel servicio que le exige mi nostalgia, casi que rompe a llorar al reconocer a ese señor mayor vestido de Tutankamón tras tan familiar y pretérito bigote.

placeholder El presentador Jorge Javier Vázquez. (Mediaset)
El presentador Jorge Javier Vázquez. (Mediaset)

No me habían generado sus más recientes andanzas, sus fallidos amoríos, sus apariciones esporádicas hasta ahora, ni decepción ni tristeza. El ejercicio o la exhibición del amor y el desamor, incluso el expuesto de forma extemporánea a nuestro mandato hormonal, siempre lo he justificado. Siempre pensé que el sentimiento adolescente, cuando alguna vez lo vives, con toda seguridad pervive a tu adolescencia. Sentir el enamoramiento, sentir roto el corazón creo que es un sentimiento uniforme y constante a lo largo de las décadas. Si amar te volvió loco y feliz o el desamor hundido y desesperado alguna vez en tu vida siempre te lo volverá a hacer sentir, da igual en qué década vivas. Asumido eso no me llamó la atención su periplo en televisión cortejándose a la Campos y escoltándola después, creo que durante más de cuatro años. Ni tampoco su ruptura me impactó lo suficiente para rescatar los recuerdos de sus chistes malos, y siempre en viernes, de mi infancia.

Pero lo he visto saliendo con falda, raya de ojo y ese nemes (el gorro de Tutankamón) a una especie de réplica de circo romano y he sentido mucha pena. A modo de emperador malvado, sin pudor ni remordimiento alguno a la hora de mostrar su pulgar hacia arriba o abajo, Jorge Javier sustituye leones hambrientos y gladiadores asesinos por preguntas personales de las que hurgan en las heridas –sin heridas en las que hurgar no llegas ni al casting de estos bodrios-. Preferiría mil veces enfrentarme a los salvajes, hambrientos de carne o sangre, que a la maldad de este frustrado con altavoz y su banda de guionistas. Y digo banda porque debe estar rozando la asociación criminal televisiva.

placeholder Bigote Arrocet, en 'Secret Story'. (Mediaset)
Bigote Arrocet, en 'Secret Story'. (Mediaset)

La voluntariedad de sus víctimas no me resulta un atenuante. Porque el delito, para mí, no es lo que les hagan, es lo que hacen ver a la gente cada día. Ahí, en los que ven estos programas, el número de víctimas de lo vacuo y lo intrascendente resultan aterradoramente exponenciales. Sufro por aquellos que en su falta de criterio llevan su penitencia. Pero también sufro por los que necesitan, por poco dinero o mucho ego, someterse estos precursores “Juegos del hambre”. Podría poner de ejemplo al menos a la mitad de los alistados a esta tragicomedia, la otra mitad no hay por dónde cogerla, pero déjenme que me entristezca más por quien consiguió, hace ya demasiado tiempo, hacerme feliz viendo reír a mis padres.

Jorge Javier Vázquez Mediaset
El redactor recomienda