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"Siempre he creído que mi condición trans ha estado ligada a los deseos de mi madre de tener una hija"
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"Siempre he creído que mi condición trans ha estado ligada a los deseos de mi madre de tener una hija"

Daniela Requena, la periodista e 'influencer' que ha conquistado TikTok con más de 835.000 seguidores, revela todos los detalles de su transición en el libro 'Mamá, soy mujer', del que publicamos en exclusiva el primer capítulo

Foto: Retrato de Daniela Requena. (Enrique Llorens)
Retrato de Daniela Requena. (Enrique Llorens)

Siempre he creído que mi vida y mi condición de persona trans han estado ligadas desde el principio a los fuertes deseos de mi madre de tener una hija. Escrito aquí y leído por vosotras, seguro que suena como una tontería. Pero así fue, mi madre siempre quiso tener una hija: eran tales las ganas que estoy convencida de que algo en sus propias hormonas afectó a mi desarrollo dentro de ella. El caso es que, cuando estaba embarazada de cuatro meses de mí, fue al ginecólogo para hacerse una ecografía, se llevó la mayor de sus sorpresas, una niña estaba en camino. Yo, Daniela Requena Esteve, crecía dentro de ella.

Mi familia es el claro ejemplo de la clase media de los noventa. Mi madre, Alicia, maniática del orden y experta en croquetas, trabajaba en el servicio de limpieza de unos grandes almacenes, y mi padre, Santiago, un apasionado de Triana y del fútbol, gestionaba (y gestiona) su propio taller de coches. Con veintipocos años se enamoraron, se casaron y decidieron rápidamente ampliar la familia. Mi hermano Samuel fue el primer valiente en aparecer, y casi tres años después nací yo.

Fueron cuatro meses de absoluta felicidad. Todo iba viento en popa, la familia iba a crecer y, ¡sí!, iban a tener la tan deseada parejita (aunque estaremos todos de acuerdo en que el concepto de 'parejita' tendría que cambiar, ¿no? Hoy, afortunadamente, ya hay muchos tipos de parejas).

Sin embargo, todo cambió cuando en la ecografía del quinto mes decidí cambiar de postura y el médico descubrió que entre mis piernas había algo más de lo que habían visto en anteriores ecografías: allí estaba un bulto saliente que dejaba claro que se habían equivocado al dar por sentado mi sexo. Había un 'nepe' [para quienes no me conozcáis de TikTok, esta es la palabra que utilizo para referirme al considerado por la medicina tradicional órgano genital masculino]. Los idílicos planes de mis padres se desmontaron por completo, y a pesar de que aparentemente se trata de una confusión más habitual de lo que nos pensamos, en el caso de mi familia aquello no era una confusión: era toda una premonición. Sin embargo, en ese momento, nadie podía imaginarse aún lo que el tiempo nos depararía.

Mis padres se pusieron manos a la obra y cambiaron la ropa y los complementos que habían comprado; también pintaron de nuevo mi habitación. Porque claro, ahora que iba a ser un chico, el color rosa debía estar a más de tres metros de mí: distancia de seguridad siempre, por lo que pueda pasar. ¿Tenían la culpa mis padres por reaccionar así? Personalmente, yo creo que no. Eran víctimas de los tiempos, nada más, de una sociedad que no entiende ni de género, ni de identidad, ni de sexo. O algo peor, eran (y son, porque lo somos todos) víctimas de una sociedad que te impone qué debes ser en función de tus genitales, sin importar nada más. ¿Qué podemos esperar de esos primeros años noventa, en los que el programa 'A mediodía, alegría', de Leticia Sabater, se había convertido en el referente para niños y niñas? La misma Leticia Sabater de 'La salchipapa'. Está claro que los noventa fueron, cuando menos, años muy turbios, y sobre todo supusieron un gran cambio en la sociedad al que nuestros padres no siempre fueron entrenados para adaptarse a tiempo.

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Tuve una infancia de lo más normal. Mis padres dicen que tenía mucho carisma y que era un bebé de lo más cariñoso. En aquel momento éramos ya una familia muy numerosa, plagada de tíos, primos, abuelos…, y entonces yo era el pequeño, lo que me convirtió en el mimado de la casa. Y me beneficiaba de ello, lo reconozco.

Nunca tuve problemas para relacionarme con los demás niños, me adaptaba a las situaciones y personas con facilidad. Algo que sí recuerdo es que prefería rodearme de niñas, encontraba en ellas un feeling que no tenía siempre con los niños. También me pasaba con los adultos. Cada vez que veía a la ahora exmujer de mi tío, me quedaba eclipsada con su melena y me pasaba horas y horas peinándola, haciéndole trenzas o simplemente acariciando su suave cabello. Era como estar con Pocahontas, solo que en versión rubia y europea. Siempre me hacía la misma pregunta: ¿por qué yo no tenía el pelo tan largo? Todavía era demasiado joven para entender los roles de género y sexo impuestos por la sociedad y, lo más importante, todavía era demasiado joven para entender lo que mi mente estaba gestando.

Pese a que soy de Valencia, todos los meses de julio y agosto pasábamos el verano en un pueblo de montaña. Toda la familia nos reuníamos; abuelos, tíos, primos… Después de cenar, salíamos a 'tomar la fresca'. Estoy segura de que sabéis lo que quiero decir, pero por si acaso hay alguien demasiado cosmopolita, lo explicaré. Básicamente, consiste en coger una silla plegable con estampado de cortina bajo el brazo y ponerla en la puerta de la casa, sin olvidar una rebequita de punto fino para resguardarse del frío de las noches veraniegas y algo como unas palomitas o similar para amenizar la velada. Allí, los mayores comentaban los temas de actualidad y, la mayoría del tiempo, chismorreaban acerca de todo aquel que pasaba por delante, después de haberle sonreído y dado las buenas noches, por supuesto. Era como pasar fugazmente por una especie de purgatorio.

Pero los pequeños, valga la redundancia, hacíamos cosas de pequeños. Dejábamos volar nuestra imaginación e inventábamos algún juego para entretenernos. En algunas de esas idas y venidas de la imaginación, y haciendo uso del afán de protagonismo que me caracterizaba, entraba dentro de casa, cogía trapos y camisas y, como buenamente podía, con ayuda de unas pinzas de tender, me creaba una larga melena como la de la mujer de mi tío y un vestido con volantes. Toda una folclórica, vamos. En ese momento, empezaba la función.

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Sin ningún tipo de vergüenza, me ponía delante de todos ellos a imitar a los cantantes del momento. Recuerdo que parodiaba una y otra vez la canción 'Ese toro enamorado de la luna'. Todos reían al verme y ello me animaba a continuar haciéndolo. Hasta a mi abuelo, mi yayo Voro, que era un poco reacio a que su nieto pequeño se pusiera faldas y que tampoco es que fuera la alegría de la huerta, conseguía sacarle una sonrisa.

— Pero ¿qué estás haciendo con eso en la cabeza?

— Soy una estrella de la música.

— Quítate eso, que es de mujeres.

— No, yayo, mira qué bien canto y bailo.

Tras esa respuesta, él, primero, me dedicaba una mirada de enfadado, pero al final acababa derritiéndose y sonriéndome.

Yo era demasiado inocente para darme cuenta de lo que esos bailes y esos disfraces significaban, de que no eran comportamientos que pasaran desapercibidos. Lo que para mí eran juegos, para los adultos que me rodeaban eran un síntoma claro. En mi familia era un secreto a voces: todos veían a un 'niño mariquita', pero nadie lo hablaba abiertamente, o por lo menos no delante de mis padres. Quizá hoy las cosas hubieran sido diferentes, pero en la década de los noventa la homosexualidad todavía estaba ligada al VIH, a las drogas y a la promiscuidad. ¿Para qué iba mi familia a herir la sensibilidad de mis padres (y, por qué no, la suya propia) diciendo en voz alta que su niño amanerado seguramente acabara siendo un maricón? El caso es que, honestamente, no sé si mis padres decidieron mirar para otro lado o dejar que la flor creciera sin ningún tipo de condicionamiento. Sin ninguna duda, nos hubiera venido muy bien a todos saber cuatro cosas sobre la homosexualidad, la bisexualidad o la transexualidad y el transgenerismo. O si no veían oportuno emplear ese tipo de términos, me hubiese conformado con haber tenido el espacio suficiente como para hablar sobre lo que tan evidente era, poner en palabras que el amor era libre, y que, si mi felicidad era tener el cabello largo y llevar vestidos, podía hacerlo. Pero no lo hicieron, porque nadie les había enseñado a reaccionar a lo que la vida les presentaba, y todos seguimos adelante sin gestionar lo que estaba pasando en mi interior. Cuando se acababa el espectáculo, volvía a quedarme con mi pelo corto.

Por suerte, los tiempos han cambiado. No para todos, y no en todas las familias, y lejos está esto de ser una declaración de que los días difíciles han acabado para la comunidad LGTBIQ+: ni mucho menos. Pero quiero pensar que, hoy en día, si un niño pide una muñeca, la posibilidad de que sus padres se la compren sin darle más vueltas es mucho más alta. O si coge la ropa de su madre y se viste con ella, quizá esos padres disfruten del espectáculo que su hijo les regala sin ese miedo silencioso a que el niño les salga marica, y, sobre todo, sin sentir el tabú de decirlo en voz alta. Pero si creen que deben hacer algo, sentirán la libertad de hablar con su criatura y explicarle cómo son las cosas. Hoy existe mucha más información sobre el tema, así como referentes LGTBIQ+, y hay menos prejuicios a la hora de educar a los niños. Por eso jamás les he guardado rencor por no haberme informado lo suficiente. Fueron víctimas de una sociedad que no había avanzado demasiado en materia de derechos sociales.

Sin embargo, esa falta de información se compensó con creces con la libertad que me dieron en cuanto a mis preferencias. Era la envidia de todas mis primas porque cada 6 de enero los Reyes Magos de Oriente venían cargados a mi casa con Barbies, muñecas y minicocinas, entre otros juguetes que las agencias de marketing habían inventado como 'para niñas'.

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Además, recuerdo como si fuera ayer cómo mi madre nos daba el catálogo de juguetes de El Corte Inglés para que mi hermano y yo redondeáramos lo que queríamos pedirles a los Reyes. Sus preferidos estaban en unas páginas y los míos en otras, y era bastante fácil adivinar qué le gustaba a cada uno. Tendríamos para escribir otro libro entero si nos centráramos en que, según las tiendas de juguetes, a las niñas solo pueden gustarles las muñecas y las cocinitas, y a los niños, los coches y los aviones. Según muchos padres, también, y pobre del niño o de la niña que quiera salirse del estereotipo si no lo hace dentro de la familia indicada. El camino que hay que recorrer es largo, muy largo, pero yo creo que los diseñadores de las revistas de juguetes podrían empezar por, no sé, ¿poner todos los juguetes mezclados y que cada niño o niña escoja el que más le guste?

El caso es que era más que patente que no me iba a convertir en el Cristiano Ronaldo de la familia. De hecho, puedo contar con una mano las veces que he tocado un balón de fútbol. Con eso es con lo que sí tenía distancia de seguridad, y no con el color rosa. Recuerdo que les decía a mis padres que quería montarme mi propia peluquería, era obsesión lo que tenía con las melenas largas, supongo que por no poder tenerla yo.

Mis padres, sin saberlo, tenían la parejita que siempre habían querido. Aún no comprendían, ni ellos ni yo, que éramos un niño y una niña trans: lo que todos pensábamos era que éramos dos niños, uno de ellos mariquita. Y si había indicios de lo que pasaba realmente, supongo que mis padres estaban más preocupados de que algún desafortunado me insultara e hiriera mis sentimientos que de descubrir a la hija que tenían escondida y que siempre habían querido.

En la calle, nunca tuve problemas para relacionarme con los demás niños. Además de establecer relación con los de mi escuela, tenía una especial amistad con mis amigas del pueblo donde veraneaba. Todas éramos de la misma edad y nos complementábamos mucho a la hora de jugar, pero, sobre todo, nos complementábamos a la hora de bailar.

Como buen típico pueblo español, además de tomar la fresca, se hacía un concurso de playbacks. Participaba casi todo el pueblo, así que nosotras no íbamos a ser menos. Nuestras madres decidieron apuntarnos, en parte por la cuenta que les traía, dado que estábamos entretenidas todas las tardes de verano mientras ensayábamos para la gran actuación.

Pese a que a mí me tocaba interpretar los papeles masculinos y miraba con recelo los increíbles atuendos de ellas, al más puro estilo de Lina Morgan, fui compensada cuando, llegada la gran noche, la madre de una de mis amigas, muy avispada ella y con suficiente inteligencia emocional como para saber lo que yo quería, me hizo uno de esos maquillajes de fantasía que tanto me gustaban.

— A Dani lo maquillo yo. Ven conmigo, cariño. Te voy a hacer un maquillaje de esos que tú quieres. Te gustan los labios rojos, ¿verdad?

— Síííí, ¡me encantan!

— Si ya sabía yo.

— ¿Y qué más me vas a poner?

— Te voy a poner unas pestañas postizas extralargas. Si te pregunta alguien, di que es para que tu mirada resalte encima del escenario.

— ¡Guau! Me encantan.

La excusa del playback era perfecta para poder ser yo misma. No era consciente de por qué motivo sucedía, pero ocasiones como esa me aliviaban enormemente un malestar interno, casi indescriptible, con el que simplemente iba aprendiendo a vivir y que dependiendo de las circunstancias era más o menos fuerte. Con el tiempo y gracias al activismo, comprendí que ese malestar era lo que llamamos 'disforia de género', y suele sucederles a las personas trans cuando lo que sienten y lo que experimentan en el mundo real no concuerda; cuando la sociedad, el ambiente o su propio cuerpo les recuerdan la diferencia entre quiénes son y quiénes les gustaría ser. Esa disforia llama a la puerta con fuerza en ocasiones más o menos relevantes de nuestra vida, pero, en términos generales, siempre está, de algún modo, presente. A mí, maquillarme, ponerme una peluca y vestirme 'de mujer' me aliviaba terriblemente, a pesar de que todavía no sabía qué me pasaba.

Que algo no iba bien en mí era más que evidente, todos los que me rodeaban lo percibían. Hasta yo misma era consciente. Pero, claro, en términos técnicos, no tenía ni idea de lo que era ser transexual. Seguí sin comprenderlo durante mucho más tiempo. A medida que iba creciendo y habiendo escuchado las palabras mariquita, maricón, sarasa o algún derivado de ese insulto hacia mí, comencé a saber sobre las orientaciones sexuales. Así que, a la fuerza, descubrí el significado de esa palabra que tanto había escuchado.

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Pero lo cierto es que no mentían, tenían razón. Mi sexualidad estaba floreciendo y sentía atracción hacia los hombres. Así que, poco a poco, fui asumiendo que era (o creía ser) un mariquita. Orgulloso, pero eso sí: en silencio. Porque a juzgar por el tono con el que se referían a mí cuando me lo decían y dada la nula información que recibí por parte de mis padres sobre el tema, intuía que aquello no podía ser bueno, aquello no era lo correcto. Algunas personas estaban empeñadas en que lo reconociera rápidamente, como si ello les fuera a dar de comer, y me hacían preguntas directas, incómodas y violentas. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que porque a todos nos incomoda percibir que algo no está en su sitio, que algo se sale de lo establecido.

Si a mí me preguntaban quién me gustaba, si un chico o una chica, yo, para disimular, decía que los dos. Soltaba el nombre del chico que realmente me gustaba y me inventaba el dela chica. Normalmente buscaba a una con la que yo me identificara. Es decir, mi yo de antes se imaginaba siendo la Sirenita, pero no podía sentir atracción por un personaje de Disney, así que decía el nombre de una chica que me pareciera guapa y por la que no me hubiera importado reemplazarme.

Cada aproximadamente mes y medio, mi madre nos llevaba a mi hermano y a mí a la peluquería para cortarnos el pelo. Recuerdo que no me gustaba nada. La peluquera era un encanto, no van por ahí los tiros, pero yo quería tener el cabello largo, y pese a que se lo decía a mi madre cada una de las veces que íbamos, ella no quiso o no supo ver el porqué de ese deseo. Era como cuando en el colegio hacían dos grupos donde separaban a los niños y a las niñas para una actividad en educación física. ¡Yo quería estar en el grupo de las chicas! ¡Ahí es donde estaban mis amigas!

A pesar de no tener aún ninguna madurez, lo cierto es que los niños no mienten. No sabía ni lo que me pasaba ni por qué me pasaba, pero sentía claramente que la sociedad y mi entorno no me entendían lo suficiente. Sentía que era diferente a los demás y que no había un espacio claro para mí en el mundo.

Por eso, si lees este libro porque tu hijo, hija o hije te ha expresado su convicción (o sus dudas) acerca de su verdadero género, has de saber que esto ha pasado desde que el mundo es mundo, que es muy difícil hacer las cosas perfectas, pero que, con amor y respeto, esa persona saldrá adelante, estará bien. Lo más importante es que no tengáis miedo a hablar sobre la transexualidad o el transgenerismo: no cometáis el mismo error que, por desconocimiento o miedo, cometieron mis padres, porque se pierden años de felicidad. Sed atentos, escuchad y, sobre todo, ofreced a vuestros hijos la confianza para hablar de lo que sientan sin que crean que si lo hacen eso supondrá un shock para la familia. Yo quizá habría reconocido lo que me pasaba y hablado de ello mucho antes de no haber estado segura de que iba a hacer daño a mis padres. Quizá ellos mismos lo hubieran puesto sobre la mesa si no hubieran temido desatar para mí un destino inseguro. Ambos nos equivocábamos, y como el sol no puede taparse con un dedo, al final sucedió lo que tenía que suceder. Pero antes de eso hubo muchos años de aventuras. Permitidme que os los cuente. Y si estáis aquí porque os pasa lo mismo que me pasaba a mí, ojalá os atreváis a hablar con quien necesitéis en cuanto terminéis las páginas de este libro.

Siempre he creído que mi vida y mi condición de persona trans han estado ligadas desde el principio a los fuertes deseos de mi madre de tener una hija. Escrito aquí y leído por vosotras, seguro que suena como una tontería. Pero así fue, mi madre siempre quiso tener una hija: eran tales las ganas que estoy convencida de que algo en sus propias hormonas afectó a mi desarrollo dentro de ella. El caso es que, cuando estaba embarazada de cuatro meses de mí, fue al ginecólogo para hacerse una ecografía, se llevó la mayor de sus sorpresas, una niña estaba en camino. Yo, Daniela Requena Esteve, crecía dentro de ella.

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