Maria Rey y su hija Iria, en su primera entrevista juntas: "Ha heredado la sensibilidad social"
Iria, la hija de Manuel Campo Vidal y María Rey, concede su primera entrevista junto a su madre, en una conversación donde ambas dibujan, con complicidad, su retrato más personal y familiar
“Cuando nació Iria recuerdo que me la pusieron encima. Comenzó a llorar y, aunque dicen que los bebés recién nacidos no fijan la vista, ella me sostuvo la mirada y noté ya esa curiosidad en sus ojos”, evoca María Rey, periodista, presentadora y presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid. Hablamos del instante en que llegó al mundo su primera hija, la mayor de tres hermanos —Iago y Nacho—, fruto de su relación con el también periodista Manuel Campo Vidal, moderador y expresidente de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión de España.
A sus 26 años —la misma edad que hoy tiene Iria—, María presentaba los informativos de las nueve junto a Pedro Piqueras en Antena 3. Aunque su hija no aparece delante de una cámara, ya ha construido una trayectoria que abarca política, gestión internacional y experiencias en Instituciones europeas. Hoy, madre e hija conversan juntas por primera vez, entrelazando recuerdos, vocaciones y una pasión compartida: entender la política no como símbolo de poder, sino como un acto de servicio público que atraviesa generaciones.
M: “No entendería la plenitud de la vida sin mis hijos”
Iria nació en una familia donde ya había dos hijos preadolescentes del primer matrimonio de Campo Vidal. “Es la pequeña de los mayores y la mayor de los pequeños. Cuando llegó, sus hermanos se volvían locos con ella. Era una niña buena, con ganas inmensas de aprender, muy independiente, muy inquieta”, comenta María mientras ambas ríen compartiendo anécdotas.
“Yo entiendo la maternidad no como una posibilidad, sino como una evidencia. Es algo que hablé claramente con Manuel: ya tenía dos hijos y para él era volver a empezar. Creo que en eso Iria tiene la misma visión y deseo que yo. No es una opción, es una condición de pareja; no está completa si no hay un compromiso con la paternidad. Entiendo que hay quien encuentra plenitud de otra forma, pero para mí era imposible concebir la vida sin hijos. Y no quería solo uno: vengo de una familia de seis hermanos”, confiesa María.
Sus momentos de plena felicidad se concentraron en los embarazos. “No hay nada comparable. Tuve mucha suerte, los tres fueron buenos. Cada cambio físico, cada avance, cada aprendizaje… fue una suerte. Hay mujeres que tienen el deseo, pero no pueden, y eso te enseña a valorar cada minuto”.
I: “Muchos de los pasos que he dado han sido para poder compartirlos con mi madre”
“Me cuesta distinguir entre mis recuerdos y las memorias que se construyen a partir de relatos que me han contado”, interviene Iria, refiriéndose a su infancia, cuando con dos años sin saber apenas andar caminaba por la playa sin mirar atrás. “Todo lo que implique llevar una maleta por delante, se apunta. En ese sentido es más valiente que yo —apunta María—. Ha vivido en más de cinco países distintos; nunca tuvo miedo de marcharse, siempre quiso hacerlo”. Entre ellas median generaciones y contextos muy distintos.
“Mi madre creció en un pequeño pueblo de Vigo, estudió en colegios e instituto con recursos limitados. Yo nací en la capital, con otras oportunidades y las puertas abiertas para cruzar fronteras internacionales”, explica Iria. María asiente y rememora: “Con trece años se fue un trimestre a Inglaterra y no llamó en una semana. Estaba preocupada; me aconsejaban esperar a que fuera ella quien diera el paso. Lo primero que me dijo al teléfono fue que quería quedarse allí el año entero”.
“Siento que compartimos la inquietud cultural —continúa Iria—. Muchos pasos que he dado han sido por las dos. Porque sé que, si mi madre hubiese tenido las oportunidades de formación que yo he tenido, las habría aprovechado igual. Y muchas cosas las hago para comentarlas con ella, compartirlas y aprender juntas”.
María sonríe: “Siempre digo en broma que de mayor quiero ser como mi hija. Cuando se fue a estudiar a Holanda —Filosofía, Política, Economía con Historia— me contaba las materias, los debates… y me fascinaba. Quería vivir eso. Es precioso compartirlo”.
M: “Iria también ha heredado de su padre la sensibilidad social”
Con más de dos décadas como corresponsal en el Parlamento, María ha transmitido esa vocación a su hija. “De pequeña, una profesora me llamaba ‘abogada de pleitos pobres’”, recuerda Iria. “Ha heredado también de su padre esa sensibilidad social —señala María—: entender que, si estás en condiciones algo más ventajosas que buena parte de la sociedad, lo mínimo que puedes hacer es devolver algo y actuar por los demás”.
“De niña era igual que Iria. Tenía liderazgo, muchas veces involuntario: delegada de clase, siempre involucrada en alguna protesta… No buscaba protagonismo, pero asumía la representación de otros. Cuando veía algo injusto no podía quedarme quieta. Nunca me he considerado poderosa profesionalmente, pero sí he sentido siempre la vocación de servicio público. También lo viví en casa ya que mi padre, además de veterinario, fue alcalde del pueblo casi toda su vida”.
M: “El plató es duro y me siento más cómoda en él después de los cincuenta que antes”
Tras más de treinta años de carrera, María atraviesa un momento profesional pleno, aunque reconoce la dureza del contexto. “He encontrado un programa que refleja quién soy —120 Minutos —. Puedo intervenir, bromear, comentar… y se me respeta. Me siento cómoda. El plató puede ser cruel, pero la edad me da serenidad. Me siento más a gusto ahora que antes de los cincuenta”.
“En cambio, el entorno político y periodístico es cada vez más áspero, más de enfrentamiento. A veces, como presidenta de la Asociación de la Prensa o por mi programa en Telemadrid, me interpelan —incluso ministros— para que entre en alguna guerra. Pero no es la mía. No voy a pelearme por si eres rojo o azul. Me interesan las personas, no las etiquetas. Puedo coincidir con las ideas de un partido, pero no necesariamente con quien lo representa”.
Iria interviene con complicidad y orgullo: “Quiero recalcarlo, mi madre siempre ha sido muy humilde y discreta a la hora de hablar de sí misma y su trabajo, pero esa forma de entender el periodismo y la política es lo que la hace una de las periodistas más respetadas que hay”.
M: “No quiero hacer periodismo de trinchera”
“No todo es blanco o negro; siempre he visto la amplia gama de grises y defiendo esa visión. No quiero periodismo de trinchera ni pelearme. A diario veo conflictos, incluso entre compañeros y no quiero formar parte de eso”, reflexiona María. “Defiendo los matices, los grises, el pensamiento pausado. Y sigo creyendo que la política es una tarea de gestión social de enorme valor, aunque muchos no estén a la altura y la sociedad no atraviese su mejor momento” cuenta mientras lo relaciona con el trabajo que hizo Iria en Bruselas en el Parlamento Europeo.
I: “El Parlamento Europeo fue mi Disneyland de la política”
“Siempre me refiero al Parlamento como el Disneyland de la política —ríe Iria—. Fue increíble: llegué tras colaborar con mi padre en un documental sobre la Unión Europea. De pronto estás rodeada de profesionales internacionales brillantes, aprendiendo a un ritmo vertiginoso. Por la mañana participas en ruedas de prensa; por la tarde redactas cartas a Zelenski solicitando el Nobel de la Paz, cada día diferente”.
Hace una pausa y se sincera: “Disfrutaba del trabajo, pero a la vez me desencantaban algunas personas y actitudes muy relacionadas con lo que decía antes mi madre. Por eso me trasladé al Consejo de la Unión Europea, donde el enfoque es más técnico, más centrado en la política pura. Es menos dinámico, pero muy estimulante: representamos al Gobierno de España y trabajamos con profesionales de alto nivel”.
Aquel capítulo europeo marcó un antes y un después. Hoy, Iria vive en Nueva York, cursando un máster en Educación y Ciencia Cognitiva en la Universidad de Columbia, una de las más selectivas del mundo. “Quería pasar de la política pública a un ámbito técnico. Elegí Ciencia cognitiva en educación, que combina neurociencia, psicología, informática y filosofía. Intentamos entender cómo funciona el cerebro, cómo aprende y cómo crear entornos que potencien su máximo aprendizaje”. Confiesa su propósito: “Me encantaría quedarme en Nueva York un tiempo, seguir aprendiendo y luego regresar a España para aplicar lo aprendido en el sistema educativo”.
M: “La culpa es una mochila que las madres deberíamos dejar”
María escucha con emoción. Disfruta observando a sus hijos recorrer sus propios caminos, aunque a veces extraña aquel gesto cotidiano de abrir la puerta y encontrarlos al otro lado. Entre la nostalgia y la serenidad de la etapa que atraviesa, admite que no todo fueron momentos apacibles: convivió con las contradicciones de una maternidad que avanzaba al mismo ritmo que una carrera exigente, imprevisible, sin horarios.
“Creo que eso nos distingue de los padres. Ellos no se lo cuestionan: llega la hora de irse y se van. Dejan a los niños en el colegio y no piensan en lo que estarán haciendo. Nosotras, en cambio, llevamos siempre ese runrún en la cabeza. Yo pasaba el día en el Parlamento y no terminaba hasta el directo de las nueve. Llegaba a casa con el tiempo justo: a veces lograba leer el cuento, otras los encontraba dormidos. Me sentía culpable cuando trabajaba por no estar con ellos, y culpable cuando estaba con ellos por haber dejado antes el trabajo. Además, el periodismo es una profesión caótica, y a falta de uno éramos dos”.
Hace una pausa antes de recordar una frase de su hijo pequeño, Nacho, que aún la acompaña: “´Mamá, cuando vuelves del trabajo nosotros ya estamos en pijama, y mis amigos dicen que cuando sus madres vuelven todavía llevan ropa’. Me lo dijo con la inocencia y sinceridad de un niño. Ese día entendí la imposibilidad de mis horarios”, cuenta mientras comparte algunas historias de mujeres de sus equipos de trabajo que están pasando ahora lo mismo que ella vivió. “Por eso ahora, cuando veo madres primerizas, les pido que se liberen de la culpa. Yo la llevé durante años, hasta que los vi adultos y comprendí que no había en ellos ni reproche ni vacío, solo orgullo por haber crecido viendo a dos padres entregados a su trabajo”.
Iria escucha a su madre y confiesa que le duele oírla hablar de culpa. Le provoca pena y rabia a la vez, porque —dice— no hay razón alguna para cargar con ella. A la vista está: los tres hijos de María crecieron entre esfuerzo, libertad y ejemplo. Iago ha fundado su propia empresa de energías renovables; Nacho, el menor, está terminando ingeniería y recorre el mundo como DJ, independiente a sus veintidós años. Iria, la mayor, continúa su camino en Nueva York, donde estudia cómo se aprende y cómo se enseña, con la mirada puesta en volver algún día a aplicar ese conocimiento en su país.
Frente a frente, madre e hija parecen dos estaciones de una misma línea. Una ha narrado el mundo desde la palabra pública; la otra lo estudia para transformarlo desde el conocimiento. Dos generaciones, dos ritmos, un mismo sentido: la certeza de que el trabajo, la curiosidad y el compromiso con los demás son la forma más duradera —y más humana— de dejar huella.
“Cuando nació Iria recuerdo que me la pusieron encima. Comenzó a llorar y, aunque dicen que los bebés recién nacidos no fijan la vista, ella me sostuvo la mirada y noté ya esa curiosidad en sus ojos”, evoca María Rey, periodista, presentadora y presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid. Hablamos del instante en que llegó al mundo su primera hija, la mayor de tres hermanos —Iago y Nacho—, fruto de su relación con el también periodista Manuel Campo Vidal, moderador y expresidente de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión de España.