La nueva vida de Ana Blanco en Cantabria: discreción, campo y caminatas
La histórica presentadora de TVE vive una muy feliz prejubilación en un pequeño municipio de Cantabria donde adquirió una casa junto a su marido tras la pandemia
La reciente aparición de Ana Blanco en la presentación del libro de Jesús Álvarez, otro veterano de la televisión pública, fue un excepcional gesto de amistad. Un acto de amor lo bastante poderoso como para sacarla de la vida reservada que lleva desde que decidió alejarse de la televisión y asentarse en Cantabria tras su prejubilación. Allí, rodeada de antiguos compañeros, habló por primera vez con naturalidad de esta nueva etapa, que asegura vivir con serenidad y una felicidad sencilla.
Durante más de treinta años, Ana Blanco encarnó una forma de comunicar que ya no se estila. En tiempos en los que editorializar parece obligado y la frontera entre información y opinión se difumina, ella mantuvo intacta la neutralidad. Esa contención la convirtió en un icono de la televisión pública y en un referente para varias generaciones de periodistas. Su estilo sobrio recordaba cada día que la serenidad también comunica. Tras abandonar el directo, ha cambiado el bullicio de Madrid por un paisaje donde el tiempo discurre de otra manera.
La reserva con la que ha llevado siempre su vida personal es tan conocida como su trayectoria. En un entorno mediático donde muchas compañeras lamentan verse expuestas sin quererlo, Blanco no ha tenido necesidad de protestar: jamás ha alimentado curiosidades. No acude a fiestas, no participa en eventos sociales que faciliten fotografías, no habla de cuestiones íntimas. “Jamás cuenta nada de su vida privada y lo ha cumplido a rajatabla”, resume una periodista cercana. Esa disciplina —la misma que le permitió superar intacta el paso de cuatro Gobiernos por TVE— blindó durante décadas cualquier detalle sobre su familia.
Ese hermetismo explica que apenas existan imágenes con su marido, el también periodista Juan Carlos Bolland, a quien solo se vio junto a ella en un acto público en 2012, durante una exposición de Hopper en el Museo Thyssen. Bolland, ya retirado, fue socio director y cofundador de la consultora Comco, además de periodista financiero en medios como Expansión, Canal Plus, CNN+ o Mercado, y abogado formado en la Universidad de Deusto. La pareja, sin hijos, mantiene —según quienes los conocen— una relación estable y discreta, adaptada a un ritmo más pausado desde que ambos dejaron atrás la vida profesional. “Ahora están muy felices”, resume un amigo próximo.
La mudanza a Cantabria no fue fruto de un arrebato. Tras la pandemia, Ana Blanco y su marido siguieron el camino de tantos que buscaban espacio y calma y adquirieron una vivienda en un pequeño municipio de no más de 2.000 habitantes. “Es un chalé de una planta, con una buena parcela, pero sin ostentación”, cuentan vecinos de la zona, que celebran la llegada de estos nuevos habitantes. El entorno, explican, está formado por fincas abiertas y casas distribuidas entre prados, caminos rurales y la ría, con Santander a apenas media hora.
La localización ayuda a comprender su elección. La casa se encuentra en el curso bajo del valle del Asón, una franja verde donde los prados se funden con suaves lomas y senderos. Al norte se extiende la Reserva Natural de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel, uno de los humedales más valiosos del país. Y hacia el oeste, Santander ofrece servicios y vida urbana sin romper la tranquilidad de este enclave de transición entre montaña y costa, ideal para quien busca anonimato y naturaleza.
El cambio ha sido profundo. Tras décadas residiendo en el barrio de Salamanca, en pleno corazón de Madrid, instalarse en un pueblo entre prados y marismas supone un giro vital evidente. Ese contraste es justo lo que la pareja buscaba, explican: espacio, discreción y una vida alejada de la agenda mediática de la capital.
¿A qué dedica ahora su tiempo? A lo que siempre le ha gustado. “Les encanta hacer senderismo por la naturaleza, leer y la buena gastronomía. Y de eso en Cantabria no falta”, comenta un amigo. La cultura ha sido la única parcela en la que Blanco se ha permitido alguna concesión pública: habló alguna vez de su amor por los cantautores —Pablo Milanés, Cecilia o Serrat— y por la novela negra, género al que solía entregarse en vacaciones.
Desde que dejó atrás Torrespaña, apenas se ha dejado ver. Sus contadas apariciones han sido casi siempre por compromisos profesionales o afectivos: la presentación del libro de Jesús Álvarez; un acto de la Universidad de Cantabria donde habló sobre comunicación y servicio público; o su participación en los eventos del centenario de la SER, la radio donde comenzó todo.
Hoy, Ana Blanco lleva una vida tranquila, alejada del ritmo de la televisión pero sin perder el vínculo con la profesión que marcó su trayectoria. Sigue siendo una voz respetada, aunque ahora intervenga solo cuando considera que tiene algo que aportar. Lo hace desde Cantabria, en un entorno que encaja con su carácter: sereno y sin necesidad de protagonismo.
La reciente aparición de Ana Blanco en la presentación del libro de Jesús Álvarez, otro veterano de la televisión pública, fue un excepcional gesto de amistad. Un acto de amor lo bastante poderoso como para sacarla de la vida reservada que lleva desde que decidió alejarse de la televisión y asentarse en Cantabria tras su prejubilación. Allí, rodeada de antiguos compañeros, habló por primera vez con naturalidad de esta nueva etapa, que asegura vivir con serenidad y una felicidad sencilla.