"Yo, adicta". Belén de la Hoz, la 'niña bien' que habla sin pudor de su infierno con las benzos
La terapeuta y autora de 'Adicta: Crónica de una batalla interna' relata su caída en la adicción, su durísima desintoxicación y por qué ha decidido exponer su historia para ayudar a otros
Pertenece a una conocida familia de arquitectos, los De la Hoz, una saga encabezada por su abuelo Rafael de la Hoz Arderius (1924-2000), figura esencial en la modernización de la arquitectura española. Creció en un entorno acomodado y, desde fuera, luminoso. Pero bajo esa apariencia, Belén de la Hoz libró una batalla interna que casi le arrebata la vida: una adicción devastadora a las benzodiacepinas y al alcohol que empezó en la adolescencia y que, durante años, nadie supo diagnosticar ni tratar. Hoy, a los 31, es terapeuta, divulgadora y autora del libro ‘Adicta: Crónica de una batalla interna’ (Kitaeru Libros). Ha decidido contar públicamente su recorrido, que va de las tinieblas a la recuperación para ayudar a otros y derribar los tabúes que aún rodean la salud mental y la adicción.
España figura entre los países del mundo con mayor consumo de benzodiacepinas: en 2020 se dispensaron alrededor de 110 dosis diarias por cada 1.000 habitantes, y los hipnosedantes son ya, tras el alcohol y el tabaco, la sustancia psicoactiva más utilizada en la población de 15 a 64 años, con cerca de un 10% de españoles tomándolos en el último mes y más de un 7% a diario. El tema es serio, hay que hablar de ello.
P. Para quien no te conozca, ¿quién es Belén de la Hoz?
R. Belén es una persona muy sensible. Soy… empática. Me encanta ayudar a los demás, la felicidad de los demás me hace feliz. Soy muy bondadosa, me gusta estar con la gente, no me gusta estar sola. Mis amigos son mi familia, igual que mis sobrinos. Y sí, soy un poco excéntrica, no soy sencilla (me encantaría serlo, pero no lo soy). He aprendido a quererme con mis imperfecciones. No soy la mejor persona, ni la más alta, ni la más delgada; pero he aceptado que no se puede llegar a todo. Me encanta leer, me gusta el cine. Y amo a España.
P. El consumo de ansiolíticos se ha normalizado muchísimo. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
R. Somos el número uno en consumo de benzodiacepinas a nivel mundial. Superamos incluso a Estados Unidos, y eso es gravísimo. Allí mucha gente se medica porque no tiene recursos; que nosotros les superemos indica que algo va muy mal.
P. ¿Crees que hay una sobreprescripción?
R. No sé si existe esa palabra, pero sí, totalmente. España está muy avanzada en muchas áreas de salud -cáncer, trasplantes, medicina pública…-, pero en salud mental vamos retrasadísimos. Es un enfoque muy arcaico y muy medicalizado. Se tapan los síntomas sin ir a la causa: es como poner una tirita sobre una herida con pus.
"Somos el número uno en consumo de benzodiacepinas a nivel mundial. Superamos incluso a Estados Unidos, y eso es gravísimo"
P. Como terapeuta, ¿cómo tratarías hoy a la Belén niña y adolescente?
R. Tengo pacientes muy parecidos a mí y lo paso fatal porque pienso: 'cuánto sufrimiento innecesario'. A muchos les han dado tumbos de diagnóstico en diagnóstico sin ver qué les pasaba realmente. Yo trato de ser humana, de abrazar, de hablarles con amor. Un paciente me dijo hace poco: 'Es la primera vez que me tratan como una persona'. Pues claro, eres una persona. No eres un problema.
P. ¿Qué le habría hecho falta a esa Belén pequeña?
R. Humanidad. Y escucharla. Si un niño dice 'no soy feliz', algo pasa. Quizá el problema no es él, sino lo que le rodea. Miramos demasiado al individuo y poco al contexto. En mi caso, yo era una niña muy empática, muy curiosa, con una dislexia brutal… y me hicieron sentir diferente desde muy pequeña. Todo eso va generando ansiedad, traumas, etiquetas.
P. Para quienes no conozcan tu caso, ¿cómo empieza tu adicción a las benzos y al alcohol?
R. El adicto no nace, se hace. Mi historia empieza en una familia aparentemente ordenada, sin problemas. Me crié con mi abuela, a la que estoy muy unida, hasta que me matricularon en un colegio de monjas donde no encajaba. Empezaron los logopedas, psicólogos, cambios de colegio, diagnósticos… Yo ya me sentía diferente. A los 14 años tenía picos de ansiedad brutales y me dieron mi primer Lexatin.
Ese mismo año probé el alcohol por primera vez. Y ahí encontré, por primera vez, paz mental. Todo el ruido desapareció. De repente encajé, pude ser como los demás, pude besarme con chicos, pude tener conversaciones banales. Pero ese mejor amigo se convirtió en mi peor enemigo.
A los 16 ya no había vuelta atrás: depresión crónica, antidepresivos, benzos diarias. Me quité el antidepresivo porque no me dejaba beber. Y entré en una espiral terrible: blackouts, culpa, ansiedad, más consumo. Fui a psicólogos, psiquiatras… Me etiquetaron como TLP, me valoraron una bipolaridad, de todo. Pero nada solucionaba lo que me pasaba por dentro.
"El alcohol me dio paz mental. Todo el ruido desapareció. De repente encajé, pude ser como los demás, pude besarme con chicos, pude tener conversaciones banales"
P. Llegaste incluso a un intento de suicidio.
R. Sí. Yo pedí ayuda muchas veces. Me decían que me fuera a un retiro de yoga diez días. No querían ingresarme porque 'no estaba tan mal'. Hasta que un día dije basta: 'Ingresadme'. Fue la decisión más difícil de mi vida. Elegí yo el centro de desintoxicación. Pensé que sería como en las películas… pero no tenía nada que ver.
P. Dices que la desintoxicación de las benzos es especialmente dura.
R. Durísima. En el centro envidiaba a la gente adicta a la cocaína. Las benzos se enquistan en la grasa, tardan muchísimo en salir del cuerpo y el síndrome de abstinencia es ansiedad pura a otro nivel. Es horrible. Nunca más en mi vida me tomaría una.
P. ¿Cuánto duró ese proceso?
R. Ingresé con 23 años. Pasé meses en Barcelona, donde al menos tenía apoyo 24 horas. Pero luego vuelves a casa: dos horas de terapia al día y el resto del día, sola con tus monstruos. Llegué a no poder hablar con nadie. Me cruzaba de acera para no encontrarme con conocidos. Todo eso mientras mis amigos hacían sus máster, se iban de Erasmus o empezaban su vida profesional. Yo no sabía ni quién era. Me había creado tantas corazas que no sabía qué parte de mí era real.
P. Pero sales adelante, te formas como terapeuta y defines tu propio método. ¿En qué consiste?
R. No hago terapia de choque. No soy el policía de nadie. No voy a pelearme con el personaje que la persona ha construido para sobrevivir. Trabajo desde el cariño: conectar con el yo pequeño, gestionar emociones, construir un futuro que merezca la pena. No juzgo las recaídas; las entiendo. Es duro admitir lo que has vivido y lo que has destruido. Yo trabajo desde el amor, con fe en que todo puede colocarse.
P. Sueles decir que llegan menos mujeres a tratamiento.
R. Sí. Aunque la proporción de adictos y adictas es similar, llegan más hombres a tratamiento. Las mujeres están más estigmatizadas pero, además, consumen más benzos, que son drogas legales y socialmente muy camufladas. Antes solo llegaba un 17% de mujeres; ahora un 34%. Vamos mejorando.
"Pensé: soy una privilegiada en cuanto a entorno y contactos; puedo dar voz a algo que vive muchísima gente. Mi historia no es especial. En Madrid hay 300.000 adictos"
P. Has pasado de paciente a terapeuta y ahora a divulgadora. Has escrito un libro, tienes un podcast, haces entrevistas… ¿Por qué decidiste exponerte?
R. Mi madre y mi hermana han sido mi gran apoyo. Yo veía cómo la gente se pasaba benzodiacepinas como si fueran caramelos y me ponía mala. Pensé: soy una privilegiada en cuanto a entorno y contactos; puedo dar voz a algo que vive muchísima gente. Mi historia no es especial. En Madrid hay 300.000 adictos. Si contar mi historia ayuda a tres personas, habrá merecido la pena.
P. ¿Tu familia no tenía miedo a esa exposición mediática?
R. Mis padres sí, claro. Exponerme es exponerlos a ellos. Pero les dije: '¿No creéis que esto puede evitar que otros padres pasen lo que vosotros pasasteis?'. Y dijeron que sí. He recibido mensajes duros, pero muchísimos más preciosos: hermanas que han entendido a sus hermanos, gente que ha ido a tratamiento, gente que me pregunta si tomarse una benzodiacepina es seguro. La información salva vidas.
"Lo mejor ha sido recuperar a mi hermana y vivir a mis sobrinos. Ser tía, poder estar con ellos, que mi hermana me los deje… nunca lo habría imaginado. El libro está dedicado a ellos"
P. ¿Crees que en entornos privilegiados como el tuyo hay más acceso a las drogas?
R. Se consume igual en todas partes, la adicción puede tener la cara de cualquiera, también la mía. Lo único es que, en entornos privilegiados, todo se vive más de puertas para adentro. Más tabú. Todo se oculta más. Pero el consumo es el mismo, o más.
P. Para terminar: ¿qué ha sido lo más bonito que te ha dado la recuperación? ¿Y este libro?
R. En lo personal, recuperar a mi hermana y vivir a mis sobrinos. Es el mayor regalo de mi vida. Ser tía, poder estar con ellos, que mi hermana me los deje… nunca lo habría imaginado. El libro está dedicado a ellos.
Y luego, comprobar que vivimos en un mundo maravilloso. La gente es valiente, confía, se abre. Que alguien que no me conoce decida ponerse en tratamiento después de escucharme… eso no tiene precio. Me siento afortunada de poder dedicarme a esto.
Pertenece a una conocida familia de arquitectos, los De la Hoz, una saga encabezada por su abuelo Rafael de la Hoz Arderius (1924-2000), figura esencial en la modernización de la arquitectura española. Creció en un entorno acomodado y, desde fuera, luminoso. Pero bajo esa apariencia, Belén de la Hoz libró una batalla interna que casi le arrebata la vida: una adicción devastadora a las benzodiacepinas y al alcohol que empezó en la adolescencia y que, durante años, nadie supo diagnosticar ni tratar. Hoy, a los 31, es terapeuta, divulgadora y autora del libro ‘Adicta: Crónica de una batalla interna’ (Kitaeru Libros). Ha decidido contar públicamente su recorrido, que va de las tinieblas a la recuperación para ayudar a otros y derribar los tabúes que aún rodean la salud mental y la adicción.