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El retrato de Julio Iglesias a través de sus biografías más polémicas, del mayordomo a Vaitiare: "No canto, encanto"
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LO QUE DICEN LOS LIBROS

El retrato de Julio Iglesias a través de sus biografías más polémicas, del mayordomo a Vaitiare: "No canto, encanto"

Tras las denuncias por supuestos abusos, rescatamos los libros que reconstruyen la cara menos conocida del cantante que dibujan a una persona insegura obsesionada con el control de su imagen y su intimidad, más allá de su faceta de seductor

Foto: Julio Iglesias y su padre, en una foto de archivo. (Gtres)
Julio Iglesias y su padre, en una foto de archivo. (Gtres)

Durante décadas, Julio Iglesias es un personaje que parecía blindado por el éxito, el carisma y una biografía pública cuidadosamente administrada. Con su voz de barítono y su figura de seductor universal, se convirtió en un fenómeno musical, pero construyó también una imagen rentable, una idea de masculinidad y un modelo de éxito alejado de su realidad. Sin embargo, las biografías que se han escrito sobre él —algunas con sus luces y otras con sus sombras— dibujan un retrato más complejo y lleno de fisuras. Un retrato que hoy se vuelve a leer con otros ojos tras la investigación publicada por 'eldiario.es', en la que dos extrabajadoras de sus mansiones le acusan de agresión sexual.

Este reportaje tiene como finalidad releer esos testimonios y deja que sean los libros —'Julio Iglesias. La biografía', de Óscar García Blesa; 'El español que enamoró al mundo', de Ignacio Peyró; 'Muñeca de trapo', de Vaitiare Hirshon-Asars; 'Secretos confesables', de Alfredo Fraile; y 'Julio Iglesias: ¿truhan o señor? Secretos íntimos desvelados por su mayordomo', de Antonio del Valle— los que vayan componiendo el personaje.

El mito del seductor y 'Papuchi' como modelo

Ignacio Peyró lo resume con una frase que define una época: Julio Iglesias fue "el español más conocido del siglo XX, solo por detrás de Dalí y Picasso", una figura que trascendió la música para convertirse en "fenómeno social". Añade un punto esencial y es que no solo tuvo un personaje, lo profesionalizó. Con "su imagen de seductor" se convirtió en un "macho rijoso" que hoy chirría frente a modelos de masculinidad más actuales.

placeholder Julio Iglesias, en una foto de archivo. (Gtres)
Julio Iglesias, en una foto de archivo. (Gtres)

El propio cantante sintetizó esa construcción con un juego de palabras que convirtió en lema: "Yo no canto, yo encanto". En los setenta, el cambio es notable. Deja la imagen de "chico mono" para dar la de hombre "peligroso, inquietante y magnético", de esos "a los que uno quiere que le quieran aunque le destrocen la vida".

Pero ese mismo personaje público, según Antonio del Valle, convive con un privado radicalmente distinto. Quien fue su mayordomo durante 5 años plantea el eje de su libro como un abismo entre "el Julio público, carismático y encantador de serpientes", y "el Julio privado, atormentado y gélido como la noche siberiana". Un contraste que se hace más brutal cuando el autor describe el cráter entre la vida familiar sonriente que exhibe en prensa y una intimidad donde sus hijos "casi no tienen cabida". Para el trabajador, esa doble cara se exacerba porque "ha tenido una vida exagerada".

Alfredo Fraile, su mánager durante 15 años, describe a un Julio en los inicios "tan sensible y emocional como empático y seductor", un artista auténtico, transparente. Pero esa sensibilidad es "su virtud y su defecto". El autor insiste en que es "muy inseguro", algo que le causó "infinidad de problemas" en su vida profesional. Su reacción habitual ante lo que le sacaba de su zona de confort era negarse y ver problemas donde no los había. Y aunque el público conoció al seductor, Fraile asegura que pocos vieron "la profunda timidez que sufría", un rasgo que solo mostraba en las distancias cortas.

placeholder Julio Iglesias y su padre, tras la liberación de este último por ETA. (Gtres)
Julio Iglesias y su padre, tras la liberación de este último por ETA. (Gtres)

Las biografías coinciden en un punto: el intérprete hereda un patrón emocional de su familia. Peyró describe un hogar marcado por una madre religiosa, protectora y resignada, con predilección por el hijo pequeño, y un padre carismático y contradictorio. El doctor Julio Iglesias Puga, alias 'Papuchi', aparece como un hombre capaz de pasar "de misa a la discoteca y de ahí a casa", un personaje que mezcla seducción, vitalidad y contradicción.

Amor, sexo y necesidad afectiva

El tema de oro. En los libros, el sexo no aparece como un vicio, sino como una necesidad. Peyró explica que de sus propias letras hizo una coartada vital y que la castidad nunca fue una virtud asociada a él. La famosa historia del listín rojo —la supuesta agenda con el teléfono de miles de mujeres— alimentó el mito. Aunque el objeto no fuera exactamente lo que se contaba, el cantante nunca se esforzó en desmentirlo.

Sí lo hizo su mánager. "Lo de las 6.000 mujeres es mentira. No hubo ni 3.000 ni 1.000”, escribe Fraile. La cifra se dejó correr por razones de marketing. Pero reconoce que al cantante "le encantaban las mujeres" y que incluso "hacía gala de esa pulsión". Y precisa un rasgo: su debilidad eran las damas "exóticas, especialmente latinas", y más si eran modelos o azafatas. El representante también afirma que a Julio le excitaba la seducción: no le gustaba que "le sirvieran las mujeres en bandeja".

placeholder Julio Iglesias y Miranda Rijnsburger, en una imagen de archivo. (Gtres)
Julio Iglesias y Miranda Rijnsburger, en una imagen de archivo. (Gtres)

A esa versión de conquistador que es conocida, sus biógrafos introducen un nuevo matiz: es un hombre necesitado de afecto. Fraile lo resume con una frase contundente: "Era una persona necesitada de cariño, y el cariño se lo daban las mujeres". Jesús Mariñas, como recoge Peyró, sostiene que la fama de gran seductor tenía mucho de exageración y fantasía, y que detrás había inseguridad más que soberbia. La realidad es que al final resume: "Hoy quizá hubiese ido a una clínica para las adicciones, aunque desde luego no tenía tiempo para sentir síndrome de abstinencia, más bien lo contrario, de considerar el sexo menos un placer que un problema".

Del Valle, desde la perspectiva de quien vivió en su casa de Miami, lo describe como un "reyezuelo tiránico" en una especie de "organización tribal", con un "harén bien surtido de sumisas beldades" y una favorita siempre destacada. La madre de Julio, según el mayordomo, "no encontraba su sitio en aquel entorno de machismo primitivo y descarada promiscuidad". Y no se limita a describir un entorno: afirma que "quien más veces ha pronunciado el verbo amar con fondo de violines, [...] solo busca satisfacción sexual y halagos banales".

La paradoja que más se repite en el retrato de Julio Iglesias es esta: era imposible que estuviera solo, pero todos lo describen como profundamente solitario. Peyró subraya que nunca dormía solo durante las giras, pero aun así transmitía una sensación de aislamiento emocional. De hecho, Fraile confirma que tenía una "profunda necesidad de compañía" y por las noches era vital "estar abrazado a alguien".

A mediados de los ochenta, tras conquistar Estados Unidos, aparece la resaca: remordimientos, divorcio, distancia con los hijos... Su refugio en Bahamas, pensado como santuario, se convierte en un lugar donde afloran los fantasmas de la mediana edad y la sensación de vacío.

Celos y relaciones desiguales

Aquí es donde el retrato de Julio se vuelve más inquietante. Fraile y el mayordomo describen un patrón de control y celos, especialmente con Isabel Preysler, a quien llegó a vigilar con un detective privado. En su entorno aparecen mujeres "bellas, dóciles, silenciosas", con las que él se sentía cómodo. Algunas relaciones, según testigos, son más cercanas a la posesión que a un vínculo entre iguales. En el caso de Vaitiare, Peyró apunta a una relación marcada por la cosificación y la dificultad de tratarla como una igual.

placeholder Julio Iglesias, durante un concierto. (Gtres)
Julio Iglesias, durante un concierto. (Gtres)

Del Valle encaja a Vaitiare, que se llevaba más de 20 años con el artista, en ese modelo de mujer con el que Julio se sentía a gusto. Señala que mujeres con "excesiva personalidad o demasiado dinero", como Giannina Facio o Nina, le producían "demasiada inseguridad psicológica". Según el mayordomo, se refugiaba en "los placeres primarios" que le ofrecían las "jovencitas de escasos recursos".

El hombre estaba atravesado por "frustración e inferioridad" y solo se sentía satisfecho "ejerciendo un claro dominio". Además, añade que su sentido del humor era "limitado" y basado en "torpes alusiones sexuales", no siempre bien recibidas por quienes las sufrían.

Fraile, aunque matiza, confirma un patrón simbólico: regalar relojes Cartier era una constante. Cuando quería terminar una relación, se quitaba el reloj y decía: "Toma, te doy esto para que te lleves algo mío personal, porque ya no nos vamos a volver a ver más". Pero subraya que jamás lo vio "tratando mal a una dama", pese a su fama de mujeriego.

placeholder Julio Iglesias, en una foto de archivo. (Gtres)
Julio Iglesias, en una foto de archivo. (Gtres)

Y en la voz de Vaitiare, el relato se vuelve más directo y oscuro: "Cada noche hay una mujer distinta en nuestra cama… son sombras que me abrazan, me hacen el amor, me comparten con él". Y una frase todavía más lapidaria: "No quiero que salgas sin sostén ni que uses tacones de más de siete centímetros; son de prostituta y tú tienes que vestir como una lady".

Isabel Preysler, esposa y víctima de su personaje

La relación con Isabel Preysler es, en todas las biografías, el capítulo que más desvela el choque entre el mito y la realidad. Fraile cuenta que Julio quedó impresionado por su belleza, pero su timidez le impidió pedirle el teléfono en el primer encuentro. Más tarde, sí lo hizo y, a las pocas semanas, empezó a hablar de ella como "la mujer de mi vida", algo que Fraile recibió con escepticismo.

En el relato, la socialité nunca se planteó abortar y fue Julio quien insistió en casarse. Pasados los años, cuando Isabel pidió más tiempo juntos, Julio se defendía con el argumento de debía atender a su público y lo hacía mejor cuando no le acompañaba a los conciertos. Pero, según el representante, esas eran excusas. El artista se reconfortaba en verse como "el macho que salía a la carretera para llevar dinero a casa".

placeholder  Julio Iglesias e Isabel Preysler, en su boda. (EFE)
Julio Iglesias e Isabel Preysler, en su boda. (EFE)

Durante la gira del Mundial de Argentina, las discusiones telefónicas se volvieron constantes. Isabel lo acusaba de infidelidades, muchas ciertas y otras imaginadas, pero "menos de las que hubo en realidad". El mánager relata que a veces aparecían en los bolsillos de los trajes teléfonos con nombres de mujeres. Cuando Preysler dio por terminado el matrimonio, quedó "hundido" y no quiso quedarse en Madrid. Y en un gesto revelador de su necesidad de control, pidió a Fraile que investigara si estaba con otro hombre, recurriendo a un detective para "protegerse de cara a la ruptura".

La paternidad a distancia

La biografía del mayordomo es especialmente dura en este capítulo. Del Valle relata que Chabeli, Julio y Enrique vivían en Europa con su madre y solo pasaban vacaciones en Miami. Tras una recepción inicial, Julio "solo toleraba" la presencia de los niños "durante los tres o cuatro primeros días". Después, el servicio recibía instrucciones para "mantener alejados a los pequeños salvajes".

La "desvinculación afectiva" con sus hijos era "a todas luces evidente". Su solución fue mostrarse "enormemente generoso con su dinero" para mantenerlos lejos y evitar "las molestias psicológicas derivadas de un oscuro y mortificante sentido de culpabilidad por no haber sabido hacerse querer por sus propios hijos".

Fraile coincide en el diagnóstico. Para el mánager, un menor necesita sentir la protección de sus padres y, por lo que vio, ninguno de los hijos la recibió plenamente. "Prefiere ejercer la paternidad por control remoto" dice.

El rasgo que más repiten es su inseguridad, algo que puede explicar tanto su dependencia emocional como su obsesión por controlar el entorno, el relato y las personas que lo rodeaban. Hoy, cuando nuevas informaciones obligan a releer su historia, esos libros adquieren un peso distinto. No porque dictaminen una verdad definitiva, cada uno relata sus vivencias, sino porque llevan décadas describiendo un patrón desde lugares distintos. Julio Iglesias, escribe Peyró en 2025, simboliza "un tipo de artista y de industria propia de un mundo del que ya solo quedan las ruinas".

Durante décadas, Julio Iglesias es un personaje que parecía blindado por el éxito, el carisma y una biografía pública cuidadosamente administrada. Con su voz de barítono y su figura de seductor universal, se convirtió en un fenómeno musical, pero construyó también una imagen rentable, una idea de masculinidad y un modelo de éxito alejado de su realidad. Sin embargo, las biografías que se han escrito sobre él —algunas con sus luces y otras con sus sombras— dibujan un retrato más complejo y lleno de fisuras. Un retrato que hoy se vuelve a leer con otros ojos tras la investigación publicada por 'eldiario.es', en la que dos extrabajadoras de sus mansiones le acusan de agresión sexual.

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