Cayo, hijo de Loquillo, en su primera entrevista: "Crecí antes de tiempo por las circunstancias que me rodearon"
Cayo Bruno, el hijo de Loquillo, abre por primera vez las puertas de su mundo: su infancia, el ejemplo de superación de su madre y su presente profesional junto a su padre
Fue en 1984 cuando Loquillo y Susana Koska cruzaron sus caminos. Él, ya consolidado como una de las voces más singulares del rock español; ella, actriz, escritora y directora de documentales. De aquella historia de amor nació, quince años después, su único hijo: Cayo Bruno, quien hoy, por primera vez, concede una entrevista.
Nacido en Barcelona, vivió allí hasta los siete años, cuando la familia se trasladó a San Sebastián.
“Fui una temporada al cole en Barcelona y después nos mudamos porque mi núcleo familiar más cercano es el materno, ella tiene cuatro hermanas y mi padre es hijo único. Todos mis tíos y primos estaban en Donosti”, cuenta. Recuerda aquellos primeros años con naturalidad, sin la sensación de crecer en una casa distinta a la de cualquier otro niño.
Cuando le veo sobre el escenario, para mí no es Loquillo, es papá
Y, sin embargo, su biografía no es común. No tanto por el apellido como por lo que se vivía de puertas adentro. Aunque físicamente es casi un calco de su padre, Cayo tiene los ojos de su madre. Nunca sintió que la fama lo rozara demasiado. “Siempre lo he vivido con mucha naturalidad, en Donosti la vida era muy tranquila y diferente a estar en una gran ciudad. Creo que, incluso hoy, no soy del todo consciente; cuando he empezado a trabajar con él me he dado más cuenta”.
Hay momentos que marcan. Tenía diecisiete años cuando presenció desde el público cómo su padre llenaba Las Ventas. Más de veinte mil personas cantaban sus canciones. “Verle sobre el escenario… al final, para mí es mi padre. Pero ver aquello lleno, la gente coreando sus canciones, me sorprendió muchísimo. Después el WiZink... para mí no es Loquillo, es papá”.
Me pinté las uñas porque vi a Bunbury en casa con las uñas negras y me gustó
Con el tiempo, algunas escenas de su infancia cobran otro significado. “Tendría unos cinco años cuando vi a Bunbury en casa. Me encantó que llevase las uñas pintadas de negro. Le pedí a mi madre que me las pintara igual, y fui así al cole”, dice entre risas. Momentos como ese se le quedaron grabados no por lo que simbolizaban entonces, sino por lo que evocan ahora que empieza a conocer la industria de manera profesional.
Es curioso pero mi padre en casa nunca canta
Muchos asumen que debió haber heredado una vocación musical. Pero no fue así. “Mucha gente dice que cómo no he salido cantante viendo a mi padre cantar, pero es curioso que en casa nunca lo ha hecho. Siempre que ensayaba se encerraba en su cuarto”. Aun así, la música formaba parte del paisaje cotidiano.
En familia nos encanta ver cine o deportes y hablar de política
La suya fue una infancia serena, marcada por la complicidad familiar. “Cuando vivía con mis padres hablábamos mucho de política, estuviésemos o no de acuerdo; de deporte, de basket, del Barça… y, sobre todo, de cine. Siempre he visto muchas películas con mis padres”.
Morrissey y Bruce Springsteen han sido dos referentes musicales en casa
La música también fue un vínculo emocional, especialmente con sus padres. Por parte de su madre, el universo de Morrissey; por parte de su padre, la voz y la épica de Bruce Springsteen. “Desde niño no hay un día que pase sin escuchar música. Esos dos artistas son los favoritos de mis padres, de hecho, siempre decimos que Bruce le trae suerte a mi madre, porque cada vez que viene a San Sebastián ella se ha recuperado de temas de salud”, cuenta con ternura.
Siempre digo que mi madre es la persona más fuerte del mundo
A los doce años, su mundo se sacudió con un diagnóstico que lo cambiaría todo. A Susana, su madre, le detectaron un cáncer. Cayo lo recuerda como el momento en que dejó de ser un niño. “A mí, mi madre, cuando estaba malo, me cuidaba. Entonces, cuando me dijeron que estaba enferma yo sentí que tenía que cuidarla. Mi padre pasaba tiempo fuera de gira, entonces yo estaba mucho tiempo en casa con ella. Crecí antes de tiempo por las circunstancias que tenía en casa, pero creo que eso me ha dado ventaja, en el sentido de que aprendí cosas que si no, jamás sabría. Siempre digo que mi madre es la mujer más fuerte del mundo”, dice con orgullo mientras sigue contando anécdotas y momentos junto a ella.
Una de las cosas que más me enorgullecen es haber donado médula
Cayo desarrolló una profunda empatía a partir de su experiencia familiar, y hace dos años tuvo la fortuna de que era compatible para donar médula: “Es de las cosas de las que más orgulloso me siento. Seguramente, si no hubiese vivido eso en casa, nunca me habría planteado donar sangre, plasma... Ese día fui con mi madre a la donación de médula, y pensar que estás contribuyendo a salvar una vida es una sensación difícil de explicar”, relata.
A pesar de haber crecido rodeado de guitarras, cine y arte, su primera elección académica fue otra. Ingresó en la carrera de Ciencias Políticas en Bilbao, aunque después su vida tomaría un nuevo rumbo. “Empecé la carrera mientras comenzaba a echarle una mano a mi padre con las redes sociales, algo que me acercó más a él y a su equipo a nivel profesional. A medida que iban pasando los meses me daba cuenta de que lo que me gustaba era ir con mi padre a los sitios y su mundo. Justo lanzó disco y le acompañaba de promoción”.
La experiencia fue reveladora. Tras finalizar el tercer año, decidió abandonar la universidad para comenzar una formación en Marketing y Publicidad, mucho más conectada con su nueva realidad. “Terminé con muy buenas notas y quería especializarme en algo relacionado con la música, porque junto a mi padre descubrí que la industria me interesaba mucho. Con él, poco a poco, a medida que iba aprendiendo, fui asumiendo más responsabilidades, así que quise consolidarlo con una formación que me ayudara a adquirir herramientas más teóricas sobre cómo funciona el sector”.
Cuando llegué a Madrid sentí por primera vez la etiqueta de -hijo de-
Eso fue lo que llevó a Cayo a mudarse a Madrid para cursar un posgrado ofrecido por la discográfica Warner. Confiesa que fue en la capital donde conoció, por primera vez, las dos caras de la moneda: “Nunca había sentido el peso o la etiqueta de ‘hijo de’, pero cuando llegué empecé a notarlo. También conocí a gente increíble, pero mucha me miraba de forma distinta o me prejuzgaba”, señala.
“Ahí también me di cuenta de quién era mi padre. En Donosti no había tenido ni problemas ni privilegios por ser el hijo de Loquillo. Yo alucinaba un poco, porque no estaba acostumbrado a eso”.
Que un hijo quiera trabajar con su padre me parece lo más normal del mundo
Finalizó su formación y realizó tres meses de prácticas en la propia discográfica: “Me ofrecieron la posibilidad de quedarme, pero yo quería seguir acompañando a mi padre. A veces, cuando se trabaja en familia, parece que el trabajo se infravalora, pero no es enchufe: me parece normal que un hijo quiera trabajar junto a su padre. Creo que lo hace muchísima gente, y no pasa nada… si vales, claro”, afirma.
Mis padres me han enseñado a que no importa lo que digan mientras tu conciencia esté tranquila
Actualmente, Cayo trabaja junto a su padre y se encuentra en un momento de crecimiento profesional muy satisfactorio: “De gestionar las redes, pasé a involucrarme en la parte de diseño, merchandising… hasta que he empezado también a tener contacto con el equipo de management, gestión de agendas y gira. Además, tengo la suerte de que mis padres me han enseñado que lo más importante es estar tranquilo con lo que haces; mientras tú lo estés, lo que opine el resto no importa”.
“Poco a poco, me he ido convirtiendo en un apoyo para él y creo que le ayudo a ver las cosas desde otra perspectiva, y viceversa”, comenta.
Dentro de tres años mi padre cumple cincuenta en la música
Dentro de tres años, Loquillo celebrará medio siglo en la música: “Después de toda la generación de artistas como él, Sabina, Manolo García, Raphael… será muy difícil que surjan nuevos artistas que puedan mantener una carrera de cincuenta años”.
Nuestra conversación concluye con un momento especialmente emotivo para Cayo. “A mi padre se le ocurrió que sería bonito casarse el día que cumplían cuarenta años juntos”, comenta, visiblemente emocionado.
Mi padre le pidió la mano a mi madre el día de su cumpleaños y se casaron el día que cumplían cuarenta años juntos
Loquillo y Susana se casaron en Laguardia, una localidad de Álava donde, desde hace años, pasaban los veranos en familia. “Fue algo muy íntimo, vinieron todos nuestros amigos más cercanos. Mis padres siempre han vivido su amor de una manera discreta; no querían hacer ninguna demostración. Entiendo que haya muchas personas a quienes les ilusione la idea de casarse, pero para ellos no era algo esencial. Sin embargo, terminaron celebrándolo como una manera de conmemorar su amor, y fue muy bonito. Además, mi padre le pidió la mano el día de su cumpleaños y organizaron todo en dos meses”, relata Cayo.
El regalo de mi novia en la boda fue cantar
“Me siento muy afortunado de haber podido vivir la boda de mis padres y formar parte de la organización. El regalo que les hizo Mia, mi novia, fue cantar: Can´t Help Falling in Love y Suspicious Minos de Elvis Presley para mi padre y La Llorona de Chavela Vargas para mi madre. Yo estaba acostumbrado a verla cantar y bailar, pero después muchos invitados destacaron su valentía al actuar frente a un artista, y más aún en un día como ese”.
Gracias a mis padres he tenido una perspectiva racional y pasional de las cosas
En su primera entrevista, Cayo rememora una infancia que, al mismo tiempo, refleja su presente: un trayecto de aprendizaje continuo, forjado entre las paredes de su hogar y ahora reflejado en su trabajo dentro de la industria. El cine sigue siendo uno de sus grandes refugios, una cita semanal que lo conecta con su esencia. Y, como en su vida, ha aprendido a transformar el dolor en fuerza, en lucha, en lecciones que se traducen en crecimiento. “Gracias a mis padres he adquirido una perspectiva que combina lo racional con lo pasional, siempre desde una mente abierta. Lo esencial es tener los ojos bien abiertos, escuchar a los demás y, al final, construir tu propia idea", concluye Cayo, dejando caer una reflexión que, al final, deja una huella indeleble.
Fue en 1984 cuando Loquillo y Susana Koska cruzaron sus caminos. Él, ya consolidado como una de las voces más singulares del rock español; ella, actriz, escritora y directora de documentales. De aquella historia de amor nació, quince años después, su único hijo: Cayo Bruno, quien hoy, por primera vez, concede una entrevista.