Aceptar el paso del tiempo no es solo una cuestión biológica, sino también emocional. Esa idea atraviesa la reflexión de Joaquín Sabina, que se detiene en la distancia entre la edad que figura en el DNI y la manera en la que uno sigue pensando y sintiendo. Una brecha que, en su caso, se hace más visible al mirar atrás y comprobar la velocidad con la que ha transcurrido la vida.
Esa dificultad para reconocerse en la edad que marca el calendario aparece formulada sin dramatismo, casi como una constatación íntima. “No me veo con una cabeza o un corazón de 70 años”, admite, poniendo palabras a una sensación que atraviesa buena parte de su discurso actual y que conecta con la idea de un tiempo vivido a una velocidad difícil de asimilar. “Es muy difícil aceptarse con 70 años con la vida que uno tenía, la velocidad inaudita con la que ha pasado el tiempo”, añade.
Joaquín Sabina, durante uno de sus conciertos (EFE)
La mirada hacia el pasado tampoco se construye desde la épica ni desde el relato del éxito buscado. Sabina recuerda que nunca tuvo aspiraciones de grandeza y que su horizonte vital era mucho más sencillo. “Yo me hubiera conformado con enseñar Literatura en un instituto machadianamente”, afirma. “Yo no tuve nunca ni sueños ni delirios de grandeza ni nada parecido. No recuerdo a nadie que pensara que se podía ganar dinero con ninguno de esos oficios”. Una reflexión que sitúa su trayectoria más cerca de la vocación y el azar que de un plan premeditado.
Estas palabras se inscriben en el documental 'Sintiéndolo mucho', un proyecto rodado a lo largo de trece años que permite observar al artista lejos del personaje público. La cámara se aleja del mito del músico nocturno y provocador para detenerse en un Sabina más vulnerable, reflexivo y consciente del desgaste físico y emocional que deja el paso del tiempo.
El músico y compositor Joaquín Sabina posa junto al director de cine Fernando León de Aranoa. (EFE)
Este proyecto no se limita a recorrer su carrera musical, sino que se adentra también en su vida cotidiana, en conversaciones íntimas y en la forma en la que el artista se enfrenta a la idea de seguir creando después de décadas de trayectoria y tras haber atravesado momentos personales especialmente complejos. La relación de amistad con Fernando León de Aranoa resulta clave para que ese retrato se construya desde la confianza, sin artificios ni poses.
Aceptar el paso del tiempo no es solo una cuestión biológica, sino también emocional. Esa idea atraviesa la reflexión de Joaquín Sabina, que se detiene en la distancia entre la edad que figura en el DNI y la manera en la que uno sigue pensando y sintiendo. Una brecha que, en su caso, se hace más visible al mirar atrás y comprobar la velocidad con la que ha transcurrido la vida.