La guerra de los cruasanes en Andorra: el dulce de pistacho que ha acabado amargando a Abril Cols y Andrea Garte
La polémica ha estallado tras hacerse público que el producto estrella de Balazen, el negocio que comparten las jóvenes, se elaboraba en un obrador cercano, con un precio menor, y ha derivado en un cambio de proveedor y un cruce de indirectas en redes
Abril Cols y Andrea Garte, en tienda de Balanzen en Andorra. (Instagram / @andreagarte)
Cuarenta y tres metros. Lo que es un minuto caminando. Es la distancia exacta que separa los dos locales que protagonizan lo que la prensa andorrana ya ha bautizado como "la guerra de los cruasanes". A un lado, Balanzen, el espacio híbrido de cafetería y pilates impulsado por las influencers Abril Cols y Andrea Garte. Al otro, la pastelería Can Vicenç. Entre ambos, un cruasán de pistacho que pasó de ser el producto estrella al símbolo de una polémica que se ha cocinado a fuego rápido en redes sociales.
Balanzen abrió sus puertas en octubre de 2025. En su primera semana superó las 500 visitas diarias y se convirtió en uno de los rincones más fotografiados de Andorra. El proyecto, financiado íntegramente por sus fundadoras, supuso una inversión superior a los 300.000 euros. Además de cafetería, el espacio cuenta con un estudio de pilates equipado con máquinas de última generación y clases en grupos reducidos.
La propuesta era clara: entrenar y después sentarse a tomar un café, un matcha y algo dulce para reponer fuerzas. Así se convirtió, casi sin preverlo, el cruasán de pistacho en su producto estrella. "No esperábamos que tuviese tanto peso", explican las empresarias a Vanitatis. "Pero tenemos una calidad y un sabor increíble, así que entendemos el 'hype' [expectación]".
Un acuerdo habitual que se volvió debate público
Desde el inicio, Balanzen no ha sido un obrador propio. "Somos una cafetería, no tenemos servicio de cocina", aclaran. Como ocurre en buena parte del sector, diseñaron una carta y externalizaron la producción.
La colaboración inicial se articuló con Can Vicenç. "Les dijimos los productos que queríamos tener y ellos se encargaron de la ejecución en un primer momento". Hasta ahí, una dinámica comercial habitual: un productor que vende al por mayor y un minorista que aplica su margen y asume sus propios costes —alquiler, personal, imagen de marca— antes de fijar el precio final.
Sin embargo, en los primeros días de actividad, el relato en redes sociales no siempre fue tan explícito. En un vídeo publicado en TikTok, cuando se agota en el local, se ve a una de las socias recorrer un pasillo subterráneo —que parece conectar los negocios de la zona— hasta el obrador. Allí se la ve manipulando el producto ante la cámara mientras explica cómo se elaboran. La escena, grabada en tono cercano y espontáneo, jugaba con cierta ambigüedad sobre dónde y cómo se producían exactamente los cruasanes. Ese material alimentó la percepción de que el producto lo hacían ellas y no un tercero.
"Todos los cambios se han comunicado a través de nuestras redes sociales, así que creemos que seguimos manteniendo una transparencia, sin traspasar las líneas de la privacidad, que son supernecesarias", defienden. Y es verdad, que el cambio de proveedor lo han avisado e incluso se han grabado probando y juzgando los nuevos dulces.
Abril Cols y Andrea Garte, en la inauguración de Balanzen. (Instagram / @andreagarte)
Las críticas en redes pusieron el foco en la falta de transparencia sobre la elaboración de sus productos, pero sobre todo en la diferencia de precio entre el cruasán vendido en el obrador y el que se ofrecía en Balanzen. La pastelería también dispone de su propio local, donde es más económico comprar, ya que no hay gasto de intermediación. Un debate que, en términos de mercado, responde a una lógica conocida. Que el precio final varíe no implica necesariamente competencia desleal ni práctica irregular, sino estrategias comerciales distintas.
Lo que sí es cierto es que, cuando el negocio está vinculado a creadoras de contenido con millones de seguidores, cada decisión empresarial se observa con lupa. El juicio sobre si "cobran más porque son influencers" es un debate recurrente en los proyectos impulsados por perfiles públicos. El precio, en cualquier caso, responde a un estudio de mercado y a una estrategia empresarial que compete a sus propietarias.
Crecimiento acelerado y caminos que se separan
No está claro qué detonó exactamente el conflicto. Algunas versiones apuntan a informaciones publicadas en medios locales; otras, a las indirectas que comenzaron a circular en Instagram. Lo cierto es que, cuando el asunto salió a la luz, la conversación dejó de ser privada. "En ocasiones, no llegamos a acuerdos y toca cambiar", resumen el conflicto.
Según trasladan Cols y Garte, el crecimiento del negocio fue más rápido de lo previsto. "No estábamos preparadas para la demanda que íbamos a tener", reconocen. Entre líneas se intuye que la capacidad de producción pudo ser uno de los puntos de fricción. "Necesitábamos una mayor elaboración y mejores tiempos de entrega, no solo para el Balanzen que conocemos, sino para los dos próximos que se vienen", adelantan, confirmando planes de expansión.
"Pretendíamos crecer con esta otra empresa de la mano, pero no ha podido ser y no pensamos que deba crear desconfianza", defienden. El cambio de proveedor es, por tanto, una decisión empresarial. "Cada uno determina seguir adelante con su emprendimiento y por eso los caminos se han separado".
Más allá de rencillas, contestan: "Empezamos trabajando con un producto que ya era bastante bueno, pero no dejamos de intentar traer lo mejor a nuestros clientes". Para lo que viene necesitan tener un gran equipo y esperan "esta vez estar en el camino correcto".
En paralelo, las redes sociales amplificaron el episodio. Desde la cuenta de Balanzen comenzaron a aparecer mensajes como: "Subiendo de nivel. Ya tenemos nueva bollería. Hay quien copia. Hay quien evoluciona". Desde el lado de la pastelería, publicaciones del tipo: "Hay croissants de pistacho… y luego está EL croissant de pistacho. Si eres de Andorra, ya lo conoces", acompañadas de imágenes del producto.
Un story de Abril Cols. (Instagram / @abrilcols)
Para las empresarias, la conversación debería haberse mantenido en privado, aunque entienden "la inquietud de la gente por querer saber". "Nos encanta que la gente pruebe nuestra bollería y esperamos que lo sigan haciendo", concluyen.
La versión de la pastelería Can Vicenç
Vanitatis se ha intentado poner en contacto con Can Vicenç por distintas vías sin obtener respuesta. No obstante, en declaraciones recogidas por el medio andorrano 'La Veu Lliure', la pastelería ha restado importancia al asunto. "Como ha ocurrido tantas veces en Andorra, se establecen acuerdos comerciales. En un primer momento estuvimos dispuestos a proveer a Balanzen y participar en este intercambio económico. Todo ha sido completamente normal", comentan.
Desde el obrador insisten en que no existen reproches ni conflicto real y que la polémica ha sido sobredimensionada. "Parece que algunos medios han descubierto la sopa de ajo", ironizan.
Entre ambas versiones no hay acusaciones directas, pero sí un relato cruzado que ha encontrado en Instagram su principal altavoz. Las propias influencers reconocen el doble filo de esa exposición: "Ser creadores de contenido tiene la parte positiva de que la gente te conoce antes de levantar la persiana, y la no tan buena de que pueden hablar sin haber venido". Dicen que no piensan prestar atención a los bulos o cualquier tema morboso más allá de lo rica que está su bollería.
Balanzen sigue funcionando, con nueva carta y nuevo equipo detrás. A escasos 43 metros, el obrador continúa vendiendo sus cruasanes. La distancia física es mínima. La simbólica, al menos durante unas semanas, ha sido suficiente para que Andorra tenga su propia guerra gastronómica con aroma a pistacho.
Cuarenta y tres metros. Lo que es un minuto caminando. Es la distancia exacta que separa los dos locales que protagonizan lo que la prensa andorrana ya ha bautizado como "la guerra de los cruasanes". A un lado, Balanzen, el espacio híbrido de cafetería y pilates impulsado por las influencers Abril Cols y Andrea Garte. Al otro, la pastelería Can Vicenç. Entre ambos, un cruasán de pistacho que pasó de ser el producto estrella al símbolo de una polémica que se ha cocinado a fuego rápido en redes sociales.