Quito, un viaje a una nueva gastronomía, naturaleza poderosa y amabilidad infinita
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Quito, un viaje a una nueva gastronomía, naturaleza poderosa y amabilidad infinita

Entre la Amazonía y el Pacífico; a la sombra del Pichincha y frente al nevado Cotopaxi, entre uno y otro hemisferio, en la mitad del mundo, Quito

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Foto: Quito Turismo

Entre la frondosa y verde Amazonía y el Pacífico, profundo y azul; entre imponentes volcanes, a la sombra del Pichincha y frente al nevado Cotopaxi, tocando el cielo; entre uno y otro hemisferio, en la mitad del mundo; se extiende Quito, la ciudad en la que la cortesía y amabilidad de sus gentes es la seña más característica de su identidad.

Una ciudad en la que a diario, bajo los soportales de la Plaza Nueva, los limpiabotas siguen lustrando zapatos mientras charlan animadamente con el cliente; donde el periódico aún se vende al grito de ‘extra, extra’; una ciudad que reúne en sus iglesias el mejor barroco del continente y; las calles se llenan de indígenas que venden los extraordinarios productos de la Pachamama: tomates y aguacates, mangos y frutillas; una ciudad de profundo y marcado acento religioso, pero donde la mayoría acude a ‘curarse de espantos’; una ciudad en la que los uniformes se siguen vistiendo con orgullo; y el estilo colonial de sus fachadas y mansiones, se mantienen impecables como testigos de otra época; Quito es una ciudad que merece la pena visitar.

Habiendo sido una de las primeras ciudades consagradas como Patrimonio de la Humanidad, es una de las últimas en llegar para buscar el sitio que le corresponde como destino gastronómico, gracias al esfuerzo y buen hacer de chefs como Andrés Dávila que al frente del exclusivo Casa Gangotena (a cuya apertura tras la reforma tuvimos el honor de asistir), realiza alta cocina, de acertadas y refinadas elaboraciones, nacidas a partir del recetario popular y de los mejores productos que él mismo selecciona cada mañana entre los puestos de comida que abren en los alrededores del hotel. Sin duda pronto obtendrá el reconocimiento que entre los 50’Best merece la rica cocina quiteña.

La Ronda es el paseo más animado de restaurantes y tiendas artesanas que animan el centro histórico. De parada obligatoria en Humacatama, la sombrerería de Don Luis López, el único artesano que sigue produciendo manualmente los elegantes sombreros Panamá.

Un café y un jugo en la terraza del café Plaza Chica, en la Plaza Grande, al costado del Palacio Presidencial, antes de visitar el interesante y colorido Museo de la Acuarela con obras de Muñoz Mariño y sus trabajos sobre Europa, Asia y África. En la esquina de la calle Junín, un pequeño local y una diminuta terraza llamado Café Dios no Muere, dan buenas hamburguesas, y una limonada por 4$, que prepara Mattew, su dueño.

Entre las mejores variedades de cacao y café del mundo, entre frutas y verduras excelentes que crecen con facilidad en una tierra privilegiada que da más de 200 variedades de patatas, Dos Hemisferios, es la bodega que gracias a la labor de Abel Furlán, uno de los enólogos más prestigiosos de Mendoza, está posicionando vinos de calidad en las mesas de los mejores restaurantes.

Para cenar, una experiencia inolvidable en Octava de Corpus, la casa de Don Jaime Burgos Echegaray, descendiente de donostiarras, entrañable y animado conversador, guarda con mimo esmerado para sus clientes una de las mejores bodegas de Sudamérica y sin duda la de más encanto, con joyas insospechadas en estas latitudes. Elisa, su mujer, se encarga de la cocina, de preparar elaboraciones muy cuidadas de cocina internacional que se sirven en el comedor con más magia de la ciudad.

Para dormir, La Casona, en pleno paseo de la Ronda, un hotel de estilo colonial, acogedor y con mucho encanto. Una copa de vino y un poco de queso en su confortable salón junto a la chimenea que encienden para crear ambiente, cuando cae la noche, mientras charlas con otros viajeros, no tiene precio.

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