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Un viaje gastronómico al origen de la Semana Santa: Jerusalén

Jerusalén es la ciudad de las tres religiones que contribuyó a formar el alma de la humanidad. Damos un paseo por algunos de sus restaurantes de cocina local

Foto: Panorámica desde el Mte de los Olivos. Foto: Capriles
Panorámica desde el Mte de los Olivos. Foto: Capriles

La vieja furgoneta hace rugir su motor mientras por una carretera sinuosa asciende lenta y anodinamente una pequeña colina. Sin aviso previo aparece ante el viajero una postal que obliga a clavar literalmente los ojos en una imagen que se graba para siempre en la memoria: La ciudad amurallada de Jerusalén, la dorada cúpula de la mezquita de Al Aqsa y la esbelta torre de la iglesia del Santo Sepulcro más al fondo. Es una imagen que resume la intrincada realidad de la ciudad santa de Jerusalén. En un peregrinaje iniciático para recorrer y descubrir el sentido trágico de la celebración de la Semana Santa, que no es otro que la conmemoración de la vida y sobre todo de la muerte de Jesús de Nazaret en el Monte Calvario; acudimos al origen de la historia, al lugar donde todo ocurrió: Jerusalén, la ciudad más compleja y fascinante del mundo.

Las murallas de Jerusalén dejan entrever una ciudad abigarrada de barrios excluyentes pero que forman parte de la misma realidad, y sobre la que por encima del resto, de forma obstinada, luce esplendida la cúpula dorada de la Mezquita de AlAqsa. Jerusalén es la ciudad que por derecho propio guarda el alma de la humanidad: Para los judíos el templo sagrado de David, el lugar donde nació Adán; para los cristianos, el lugar donde Cristo murió y resucitó y para los musulmanes, la roca desde la que Mahoma ascendió a los cielos. En el inmenso planeta Tierra, en solo unos metros cuadrados se reúnen mística y santidad a partes iguales y fluye un aura mágica que transforma un viaje más, en una retrospectiva interior personal.

Jerusalén. Foto: Capriles
Jerusalén. Foto: Capriles

Levitas y tirabuzones tocados con ‘kipás’, oran solemnemente junto al Muro, detrás; otros lo hacen postrados hacia el Este y más allá,, de rodillas, otros rezan de forma recogida  sobre el Santo Sepulcro.  Los cuatro barrios del Jerusalén antiguo mantienen el equilibrio largamente sostenido. Las calles sinuosas del barrio cristiano. Bullicioso y más desordenado el barrio árabe. Armónico y amable el armenio. y ordenado y limpio el barrio judío.

Autor Fotografo Ammar Abd RabboMousse
Autor Fotografo Ammar Abd RabboMousse

Puede tomar un café y disfrutar de las vistas sobre la ciudad en el hospicio austriaco. En el mercado de Yehuda, en Rachmo, se puede disfrutar de un buen mezze, ese término que comparten todas las cocinas del Medio Oriente y que sirve para englobar una serie de platillos que a modo de entrante se comparte en todas las comidas. En el mismo mercado de Ben Yehuda  Azura, un pequeño restaurante cuya cocina de Oriente Medio (iraquí, kurda y sefardí) es uno de esos secretos que guardan los locales para comer buena cocina local, como las albóndigas en salsa de tomate, y los dumplings rellenos de casi cualquier cosa. El humus del pequeño restaurante Lina, en el barrio cristiano, suscita el acuerdo de la mayoría como uno de los mejores de la ciudad. Arcadia el restaurante del chef Ezra Keden, un convencido que explota los sabores de los productos de la tierra: Lechal, gnocchi de patata relleno de gambas, calamar y tomate; y un buen pescado  local.

Cúpula Santo Sepulcro. Foto: Capriles
Cúpula Santo Sepulcro. Foto: Capriles

Kadosh es muy popular por su buen café y mejor repostería y para cuando el sol comience a ponerse tras las murallas, acérquese a tomar una copa al hotel American Colony, donde suele acudir una importante representación del cuerpo diplomático. 

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