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La familia de Enrique Morente sospecha que hubo negligencia médica

El cantaor Enrique Morente falleció este lunes en la madrileña Clínica de la Luz, después de pasar varias horas en estado de "muerte cerebral", tal y como

El cantaor Enrique Morente falleció este lunes en la madrileña Clínica de la Luz, después de pasar varias horas en estado de "muerte cerebral", tal y como confirmaron fuentes cercanas a la familia. El cantaor tenía 67 años de edad y su muerte se produjo tras las complicaciones surgidas a raíz de la operación de úlcera a la que fue sometido el pasado 4 de diciembre. "Tras la intervención, el paciente fue trasladado a la UVI para su control postoperatorio, según el protocolo habitual. En la madrugada del pasado día 6 el enfermo experimentó un notable empeoramiento de su estado por lo que el doctor Moreno le reintervino de urgencia", sostiene el hospital en una nota remitida a los medios.

La familia de Morente, indignada, ha solicitado la autopsia del cantaor tras sospechar que existe una presunta negligencia médica, han informado fuentes familiares. Por ello, se plantea presentar una denuncia judicial.

La agencia Efe señaló el lunes que la denuncia se había presentado "hace varios días", y que la familia guardó silencio por "el miedo lógico" al estar todavía el enfermo ingresado en el centro médico. Las mismas fuentes señalaron también que la segunda operación a que fue sometido Morente no fue comunicada a la familia hasta cuatro horas después, pues volvió a entrar al quirófano a las tres de la madrugada y no se pusieron en contacto con su esposa, Aurora Carbonell, hasta las siete de la mañana.

Según la agencia, la policía se personó entonces en la Clínica la Luz, donde tomó datos y pidió informes, poniéndose en marcha una serie de medidas cautelares, han añadido las fuentes. "Fue una salida lógica a tanta cautela y desinformación por parte de la clínica", según las mismas fuentes, que han subrayado que estuvieron siete días sin tener noticias por escrito del estado de Morente.

La agencia Efe ha anunciado que tras el fallecimiento del cantante, la familia presentó una segunda denuncia en el juzgado de guardia, que se sumaría así a la que presentó el pasado día 11.

En declaraciones ayer a la prensa al salir de la clínica, el periodista José María García dijo que "la familia está absolutamente indignada, no saben lo que ha pasado. Era un hombre muy joven que entró por un problema de esófago. Con el tiempo se sabrá lo que ha pasado y lo que ha fallado".

El cadáver del cantaor ha sido sometido este martes a una autopsia y posteriormente, a las 17.00 horas, será velado en la sede de la Sociedad General de Autores de España (SGAE). Asimismo, la familia baraja la posibilidad de que el cortejo fúnebre se traslade el miércoles a Granada, donde tendrá lugar finalmente el sepelio.

Un creador inquieto

Morente ya está donde penas y dichas no son más que nombres, como él cantaba en una de sus idas y venidas a los versos de los grandes poetas, a los que dio un nuevo vuelo desde su quijotesco y surrealista modo de entender el flamenco, de cuya ortodoxia, curiosamente, era el dueño. Morente era todo: el ortodoxo, el vanguardista, el que se adapta, el que experimenta, el paciente, el escapista, el de vertiginoso pensamiento y sentencias como fogonazos geniales, el de las rendijas por ojos, el de amigos hasta en el infierno, pero, sobre todo, el artista que hiciera lo que hiciera fascinaba al público. "Creativo", como él llamaba a contar más "embustes" que el mítico Pericón, llevaba a sus 68 años casi cumplidos -los hubiera hecho el día de Navidad- medio siglo de carrera y tenía entre sus méritos haber sido el depositario del saber enciclopédico de Pepe de la Matrona, y ser el único capaz de cantar los "49 palos y medio" del "jondo".

Pero también fue el primer flamenco al que "piratearon" un directo para hacer un disco -un "cutrelux" de los sesenta que se editó en Holanda-; en ponerle jipíos a las letras de Picasso o en grabar con Lagartija Nick ("Omega") y barrer entre "los modernillos". Pues con todo y con eso, "el padre de Estrella Morente" no tenía entre sus 23 grabaciones -de las más ortodoxas a las más vanguardistas- ni un álbum de "directos" hasta que lo "amontó", como él decía, el año pasado y decidió hacerlo, según "fabulaba" en una entrevista con Efe, porque la tarjeta (de crédito) estaba "tiesa". Y dedicó un tema nuevo, en el ejercicio del espíritu vindicativo y de preocupación social que siempre le acompañó, a quienes "nunca tienen quien le cante" y lo hizo en compañía de los suyos, es decir Estrella, Soleá y Enrique, los hijos que tuvo con su inseparable Aurora Carbonell, y niños como su nieta Debla.

Lo curioso del disco es que todas las granaínas, las seguiriyas o las solás son "temas sin peinar", con la autenticidad de lo irrepetible, como sus dos primeros discos, hechos con lo que sabía y había aprendido en noches interminables que empezaron teniendo sólo 14 años, cuando decidió irse a Madrid "pa ver qué había". Engrosó, con el nombre de "Enrique el Granaíno", las filas de un grupo de jóvenes aficionados que escuchaban al octogenario y enciclopédico Pepe de la Matrona con devoción y de la que salió, probablemente, la relación más fecunda de la historia del flamenco. Su interés, afinación, registro y melismática voz se conjugaban ya entonces con su respeto y capacidad para aprender, lo que le permitió no tener, ni ponerse nunca, límites.

La inquietud, la improvisación y el arte fueron su sello, orgulloso de que su nombre atrajera a los nuevos flamencos y enamorara a los de raza aunque, paradójicamente, sólo tenía una peña dedicada a él en toda España -en Oviedo- y eso, reía achicando los ojos, "por pena". En los sesenta hizo su primera aparición en un festival flamenco, con un cartel de "terremoto": Juan Talega, Fernanda y Bernarda de Utrera, Gaspar de Utrera, Tomás Torre y Antonio Mairena. Su prestigio creció exponencialmente cuando entró a formar parte del elenco de artistas de Zambra, donde cultivó el cante "p'atrás" y "p'alante" conviviendo con fenómenos como Rafael Romero "el Gallina", Juan Varea o Perico el del Lunar.

Después de ganar el Primer Premio del Certamen Málaga Cantaora germinó su choque con los estereotipos que yacen en la ortodoxia del flamenco, que él creía que debían ser justo la invitación a recorrer nuevas veredas, siempre con naturalidad, sinceridad y honestidad, viendo si los errores le servían para explorar nuevos mundos. "Cuando se intentan nuevas cosas, no todo va a salir perfecto, todo no va a salir bien. Para mí sería mucho más cómodo estar cantando siempre la malagueña de El Canario, pero me aburre cantar siempre igual", decía. Era su peor crítico, "el más terrible", siempre enfadado con él mismo porque, aseguraba, nunca hacía las cosas como quería. "Hoy hago bien las cosas con las que soñaba hace diez años. Soy el Morente que hace diez años quería ser", como si fuera un verso de sus adorados Miguel Hernández, Federico García Lorca, Antonio Machado, Lope de Vega, San Juan de la Cruz, o Pablo Ruíz Picasso, en cuyos brazos "moría".

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