Tony Leblanc, el cómico que se reinventó a sí mismo
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Tony Leblanc, el cómico que se reinventó a sí mismo

A los 90 años nos dejaba este sábado Tony Leblanc, una de esas sempiternas figuras de la cultura pop española que, como la de Lola Flores y

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Tony Leblanc, el cómico que se reinventó a sí mismo

A los 90 años nos dejaba este sábado Tony Leblanc, una de esas sempiternas figuras de la cultura pop española que, como la de Lola Flores y tantos otros, parecían inmortales y eternas. No hace mucho, en el mes de mayo, se le pudo ver acompañado de Santiago Segura, en silla de ruedas y recogiendo una Medalla de Honor de la Comunidad de Madrid. Su sonrisa permanecía inmarchitable, la misma sonrisa con la que acometió el famoso ‘timo de la estampita’ en aquel clásico del cine español llamado Los tramposos y la misma que le hizo esquivar algunos sinsabores vitales que casi lo hunden anímica y económicamente.

Su padre era conserje del Museo del Prado y allí fue donde nació y donde fue botones. Aquel madrileño de pro se hizo aficionado al bioxeo mucho antes de ser actor. También fue futbolista del Carabanchel en tercera división. Parecía que la notoriedad iba a ser la compañera de su largo camino. Y así fue: en cuanto pasó a formar parte de la compañía de Celia Gámez el séptimo arte llamó a sus puertas.

Era natural que en aquel cine de posguerra, lleno de acartonados galanes de bigote y de las historias de cartón piedra de la productora Cifesa, tuviese poca cabida un joven con desparpajo como él. Pero aún así debutó en un clásico,Los últimos de Filipinas, en 1945.  Sin embargo, fue otro tipo de cine de corte más realista el que le acabó proporcionando el estrellato en los años 50. Así llegarían El tigre de ChamberíEl día de los enamoradosLas chicas de la cruz roja y ‘la estampita’, esos Tramposos, que quizá suponen mejor film de Pedro Lazaga.

Leblanc era gracioso, divertido, chispeante y enormemente popular en aquella España populista y enormemente ingenua. Sáenz de Heredia u Ozores, directores de un cine que buscaba el aprecio de las masas, estuvieron siempre presentes en su filmografía. Pero Tony Leblanc era mucho más que otra pieza del engranaje de la ‘españolada’. Lo demostraría en la década siguiente, preparando especiales televisivos en los que dio rienda suelta a su capacidad para la mueca y la picaresca española.  En órbita (1967) o Cita con Tony Leblanc (1969) fueron programas que no pasaron desapercibidos.

En los 70 llegó una película esencial, El astronauta de Javier Aguirre. Influida por la contracultura y la llegada del hombre a la luna, fue un experimento que mostró al mejor Tony Leblanc, ese que era algo más que el histrión que parecía condenado a ser. Se acababa la españolada, llegaban nuevos tiempos y su carrera prometía. Pero llegó un desgraciado accidente en 1983 que lo dejó incapacitado temporalmente y que lo mostró con un bastón en demasiadas fotografías y demasiados programas de televisión. Un desafío para que renaciese otro Tony Leblanc.

Si hay algo que el cine español deba agradecerle eternamente a Santiago Segura y que nadie pueda poner en duda, es haber redescubierto a Leblanc para su saga sobre Torrente, en 1998. El país entero redescubrió a una leyenda del cine español y, como suele suceder en nuestro país, comenzó un tardío reconocimiento. Tardío pero satisfactorio: la serie Cuéntame cómo pasó lo mostró a las nuevas generaciones y en el municipio en el que vivía desde hace más de treinta años, Villaviciosa de Odón, se sucedieron los homenajes.

No le quedaba nada por demostrar. El joven con desparpajo era ahora era un viejo simpático que incluso aparecía en anuncios de telecomunicaciones. La simpatía seguía presente incluso cuando cogía el teléfono hace cosa de un año para rechazar alguna entrevista porque sus fuerzas flaqueaban. “Tengo que cuidar de mi esposa”, decía como si le diese vergüenza reconocer que los años pasaban y que, efectivamente, aquel cómico que tuvo tantos altos y tantos bajos, empezaba a frenar el ritmo. No decía ninguna mentira, ya que su mujer, Isabel, pasó un bache por enfermedad y siempre lo tuvo a él lado, infatigable, como toda la vida. Cuidarla fue otro paso vital de un hombre que se reinventó tantas veces como hizo falta y que, si algo nos enseñó, es que dentro de una vida caben muchas otras.