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Una desconocida llamada Carmen Lomana

 A Carmen Lomana se le ponen demasiadas etiquetas. ‘Socialité’, ‘fashionista’, emblema del glamour o de una televisión rosa que mueve a las masas. Cuando Vanitatis acude

 A Carmen Lomana se le ponen demasiadas etiquetas. ‘Socialité’, ‘fashionista’, emblema del glamour o de una televisión rosa que mueve a las masas. Cuando Vanitatis acude a entrevistarla, las etiquetas abruman, y mucho. No se espera que la señora que nos atiende, impecablemente vestida de invierno, con un abrigo oscuro, unas botas y un bolso de Chanel, acepte enseñarnos sus rincones predilectos de Madrid o que muestre cómo esos sitios la conducen a una nube de nostalgia que acaba revelando a la persona escondida detrás del personaje.

“Cuando vine a Madrid con mi padre, a los 17 años, tenía un novio que tocaba en la discoteca J.J, que se llamaba Julián Granados. Vine desde San Sebastián y quería ver a un grupo de amigos que tocaban. Pedí a mi padre que se viniese conmigo. Meterle a él, que era director de banco, en un sitio oscuro lleno de gente de la música, era arriesgado, pero acabó fascinado”, rememora sobre aquel Madrid ‘ye-yé’ en el que abrían el primer drugstore cerca de la calle Serrano y en el que la dictadura que ya empezaba a ser ‘dictablanda’ se espantaba a base de canciones de Los Brincos o Los Pekenikes. Porque antes de ser la Lomana icono de la moda y del buen vestir, o la protagonista de aquel comentadísimo anuncio de Burguer King, Carmen era una ‘niña bien’ que se preguntaba, precisamente, por qué tenía que serlo.

“Mis padres eran gente con una mente muy abierta. Nunca nos metieron prejuicios contra nada”, asegura al recordar a aquel director del Banco Santander y a aquella señora aficionada a la pintura que le dieron vida. Lo más sorprendente es que puede que ella también les diese vida a ellos. Cuando Carmen visitaba Madrid se quedaba fascinada, como a la hora de hacer este reportaje, con el Café Gijón. Y parece que le contagió a su padre, conservador de pro, aquellas ganas de cambiarlo todo: Yo conocía a todo el mundo del Café Gijón, lo que él llamaba progres y transversales”.

 

El Madrid que Lomana visita esta tarde es una ocasión única para hacerla recordar su lado más desconocido pero también, y lo que es más importante, para revelarla como la persona culta escondida entre el lujo más despampanante. La misma mujer que ‘pasa’ de poner acentos en su cuenta de Twitter o contesta a cada uno de aquellos que le escriben cosas buenas o malas, también es capaz de hablar de la dictadura de Pinochet o del Londres punk. La cultura fue lo que le enamoró del que fue su marido, el diseñador industrial chileno Guillermo Capdevila. “Lo conocí en un club de jazz y dejé todo este mundo ‘high class’ por estar con alguien muy comprometido políticamente, muy bohemio, prácticamente exiliado en Londres. Tenía una brillantez y una cultura que me volvió loca de amor y a los seis meses nos casamos”, nos dice sobre alguien que conoció a Salvador Allende y llegó a estar preso por la dictadura de Pinochet.

Con aquel hombre comprometido políticamente se casó a los 22 años. Para muchos de sus detractores, fue un braguetazo. Para ella, y lo dice con toda la confianza, fue amor. Nos da razones para creerla: “Para los que dicen eso del braguetazo he de decirles que no teníamos nada excepto nuestro amor y muchas ganas de vivir y un apartamento dúplex en el barrio de Chelsea”. Y en aquellos tiempos post ‘swinging’ London, Lomana se dejó llevar por el universo ‘glam’, por David Bowie y por toda la diversión que le ofrecía la capital británica. “Londres era muy pequeño entonces y casi todos nos movíamos por Chelsea y por South Kensington. Luego estaba la discoteca ‘Tramp’, donde te encontrabas con todo el mundo, desde los Rolling a cualquier grupo que puedas imaginar”, asegura.

Y entre viaje y viaje a Madrid descubrió que podía vivir episodios tan apasionantes como la ‘movida madrileña’, conocer a personajes como Ágatha Ruiz de la Prada o ‘liarse la manta a la cabeza’. De nuevo, tocaba salir del estereotipo al que parecía condenada. Una futura ‘señora’ de postín, metida en un Madrid alternativo: “Entonces bullía algo en el ambiente. Lo más importante era salir de esa España ñoña y rancia que siempre habíamos tenido. Ahora no veo una España fuerte a través de la cultura, de la diversión, de puertas abiertas y creativo como lo fue entonces. Admiro mucho a Manuel Piña o Paco Casado, diseñadores importantes de aquella época”, asegura con cierto tono crítico hacia esta España de crisis económica de la que también tiene una opinión. “No falta más que el látigo para pagar más impuestos y mantener esta máquina infernal”, dice.

 

El ‘universo lomanista’

Pero entre tanta nostalgia, en otro rincón que le apasiona de Madrid, el Café del Espejo, es inevitable preguntarle por el ‘lomanismo’, por esa mujer que se daba a conocer hace muy pocos años en Telecinco y  que ahora posee cientos de seguidores que alucinan con su mezcla de señora adinerada capaz de anunciar hamburguesas o de comprar ropa ‘low cost’ a la vez que disfruta con un Chanel. Esa Carmen, que no se arrepiente, por ejemplo, de su paso por ‘Sálvame’ (“Me dolió que me despellejaran pero también me lo pasé muy bien”, dice) nació a su regreso a Madrid, cuando el dolor por el accidente que le costó la vida a su marido se hizo insoportable. “Cuando él murió en enero de hace catorce años, yo no quería vivir, se me rompió la vida. A pesar de lo vitalista que soy yo, creía que la vida sin él no tenía sentido. Recapacité y me di cuenta de que tu felicidad no puede basarse en otra persona, en que viva o no viva, en que te quiera o no. Tuve que tomar antidepresivos y no podía ni tenerme de pie. A los seis meses se me empezó a caer hasta el pelo”.

Y de aquella tragedia nació la Carmen Lomana que todos conocemos, la que es capaz de retratarse divertida en mitad del Paseo de Recoletos aunque la gente se dé codazos cuando la vé. Ahí nace ese personaje que muchos aseguran que le encanta ser por más que ella no le dé tanto crédito a la fama: “Por supuesto que hay algo de enganche en la fama. Te acostumbras a que la gente te quiera, te hable, te pida fotos, vayas por la calle y te paren... No sé cómo viviría el olvido pero supongo que bien porque lo mío me ha pillado siendo ya una mujer madura y muy vivida”

 

Muchas son las niñas que quieren ser como ella de mayores, los blogueros de moda que la siguen como auténticos ‘groupies’ o los iconos de la modernidad, como las Nancys Rubias, que la adoran y que hasta cantaron para ella en su cumpleaños. Por así decirlo, todo lo contrario que cabría esperar de la protagonista de un reportaje ‘standard’ de revista del corazón; lo opuesto a la señora que muestra su buen vestir y presume del número de baños de su casa. “Muchas señoras que salen en el ‘¡Hola!’ siempre salen perfectas, nunca dicen lo que realmente piensan y son personajes sin chicha, muy aburridos”, dice como si quisiera reivindicar la compatibilidad de esos reportajes con lo transgresor y lo divertido: la señora de su casa que también puede ser amiga de Mario Vaquerizo.

Y si de amigos sabe un montón, también sabe de medios de comunicación. Como toda una profesional, cuando tiene que irse a la radio, se acaba un paseo que deja claro su carácter inclasificable. Las únicas etiquetas posibles con Lomana son las de su ropa y continuamente se esfuerza por transgredir lo que se espera de ella, demostrando que ser toda una dama también puede resultar muy divertido.

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