Carlos, el quinto Koplowitz: "Los Albertos me ayudaron a través de un intermediario"
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Carlos, el quinto Koplowitz: "Los Albertos me ayudaron a través de un intermediario"

25 años de lucha judicial que han acabado dándole la razón. Carlos Ernesto Iglesias llevaba un cuarto de siglo intentando que se le reconociese como hijo

Foto: Carlos, el quinto Koplowitz: "Los Albertos me ayudaron a través de un intermediario"
Carlos, el quinto Koplowitz: "Los Albertos me ayudaron a través de un intermediario"

25 años de lucha judicial que han acabado dándole la razón. Carlos Ernesto Iglesias llevaba un cuarto de siglo intentando que se le reconociese como hijo del empresario polaco-alemán Ernesto Koplowitz. El 24 de enero lo consiguió, gracias al Juzgado de Primera Instancia número 49 de Madrid, que tuvo que analizar una prueba de ADN a partir de los restos del financiero. Una vez reconocido como el quinto hijo del multimillonario, Iglesias, que aseguró hace unos meses a Vanitatis que buscaba “la paz con Esther y Alicia”, ha hecho unas declaraciones , ya como hijo reconocido, a la revista Vanity Fair desde el minúsculo pueblo suizo donde reside en la actualidad: Rivaz. “Mi madre fue la mujer de la vida de Ernesto Koplowitz”, asegura a la publicación, además de resaltar la ayuda económica de sus cuñados, los Albertos (Alberto Alcocer y Alberto Cortina) cuando era solo un adolescente: “Me ayudaban puntualmente a través de un intermediario, el señor Gonda”.

Con documentos y cartas de amor entre su madre, la venezolana Albertina Rangel, como prueba para la revista, Iglesias asegura que Koplowitz conoció a su madre “en un restaurante donde ella comía con una amiga. Al principio, no pensaba que esa historia fuera a llegar muy lejos, pero al parecer mi padre ya no se entendía con su esposa, Esther Romero de Juseu, y le siguió haciendo la corte a mi madre”, asegura. El amor fue tal, según Iglesias, que en 1959 trajo a la venezolana a España. Al descubrir su embarazo, pidió a uno de sus empleados, Sergio Iglesias Tezanos, que se casase con ella para dar un apellido al niño, que nació en una clínica de Zurich allá por el año 1961.

Sin embargo, toda la protección que pudiesen tener gracias al financiero, se acabó con el fallecimiento de este en 1962. “Mi madre estaba completamente perdida psicológicamente, dolida por la muerte de mi padre. Solo pensaba en regresar a Venezuela. Además, le dijeron que los hijos no reconocidos no tenían ningún derecho y nos volvimos a América”, asegura a la publicación. Iglesias también afirma que fueron sus célebres hermanas las que le aseguraron que se encargarían de su educación con tal de que él y su madre “no saliesen de Venezuela”.  Otro de sus hermanos, Ernesto Koplowitz Amores, fruto de la relación de Koplowitz con Isabel Amores, fue el que se acabó haciendo cargo económico de los estudios de Carlos en un internado suizo hasta que cumplió 16 años: “Dejé este internado y me fui a la escuela pública. Por la mañana iba a clase, desde las seis a las nueve de la noche trabajaba limpiando los suelos y los baños de la fábrica de Nestlé en Vevey. Yo era un adolescente, estudiaba y trabajaba para poder comer y pagar las facturas”.  Fue entonces cuando los Albertos comenzaron a ayudarle a través de un intermediario.

Carlos nunca había utilizado la correspondencia que tiene en su poder para demostrar que era el quinto Koplowitz. De hecho, afirma en la publicación que se carteó con sus hermanas y que mantuvo con ellas, hasta 2000, una relación “amistosa, con Esther más fraternal que de amistad y con Alicia al revés, ella siempre ha mantenido mucha distancia conmigo”. Iglesias también define a sus dos célebres hermanas: “Alicia es una persona extremadamente humana, buena, muy bondadosa. Yo diría que con cualidades de santa. Alicia es una persona más intelectual”, asegura.

Ahora, con esa amistad rota, Iglesias se planteará si llevar o no a los tribunales la reclamación de la quinta parte de la herencia que le corresponde. “Mi intención no es robarles su fortuna, solo lo que me habría correspondido tras la muerte de mi padre”.

Esther Koplowitz