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Annie Leibovitz, la mujer que amó a otra Príncipe de Asturias

Dos mujeres unidas por un premio y por una vida en común. Esta semana se anunciaba que la receptora del Premio Príncipe de Asturias de la

Dos mujeres unidas por un premio y por una vida en común. Esta semana se anunciaba que la receptora del Premio Príncipe de Asturias de la Comunicación era Annie Leibovitz, la retratista de muchas celebrities norteamericanas, de la vanidad y la belleza artificial de Hollywood. La gran historia de amor de la vida de la fotógrafa la coprotagonizó, precisamente, otra agraciada con el Príncipe de Asturias, la novelista y ensayista Susan Sontag.

La habitual de las fiestas de Almodóvar y de las celebrities más perseguidas siempre ha sido la antítesis de una intelectual como Sontag. La muestra de ello la da su fulgurante inicio a partir de una imagen, aquella que mostraba a John Lennon abrazado a Yoko Ono unos días antes de morir cosido a tiros. Así fue como empezó su periplo por los rostros de la gran pantalla y del espectáculo, a los que ha rodeado de colores pastel y mundos únicos en las fotografías en las que ha capturado su imagen.

Sontag, por el contrario, estaba bastante alejada de cualquier ‘sistema’, no sólo del de las estrellas. Sus columnas en los medios de comunicación para los que escribía eran demoledoras y, en cierta ocasión, llegó a causar un gran escándalo cuando afirmó que los atentados del 11-S podrían tener algo que ver con la política exterior de su país. A pesar de sus diferencias, estos dos polos opuestos se encontraron en un punto intermedio que cimentó una relación conocida por la alta sociedad neoyorkina y mantenida en secreto por casi todas sus amistades.

Sontag dijo en una ocasión que había “amado a hombres y mujeres” y Leibovitz declaró que Susan había sido una de las personas más influyentes de su vida. Fue lo más lejos que ambas llegaron no sólo a la hora de declararse homosexuales sino de reconocer que mantenían una relación que iba más allá de la amistad. Lo único que sabía el resto del mundo es que aquellos dos talentos vivían en el mismo edificio de Chelsea, pero en pisos diferentes. Justamente por eso, no faltaron los rumores y las especulaciones.

En 2001, por ejemplo, Leibovitz, dio a luz a una niña por cesárea a los 52 años. Para celebrarlo, organizó una fiesta conjunta con Sontag. La falta de sorpresa ante la edad de la madre al parir, o ante la ausencia del padre natural del bebé era, paradójicamente, toda una sorpresa. Ni uno solo de los invitados a aquella fiesta, pertenecientes a las clases altas de Manhattan, se hizo ninguna de las dos preguntas. Los que no asistieron sí se las hicieron y dieron paso a la rumorología. Algunos chascarrillos resultaban atroces. Se llegó a decir que Leibovitz había recibido esperma del mismísimo hijo de Sontag. Nunca se confirmó. Las dos mujeres parecían felices en su burbuja, una burbuja que se decía que incluía una fortuna que ascendía a los 30 millones de dólares.

Un silencio roto por el cáncer

Fue la enfermedad la que abrió un enorme agujero en la capa de ozono artística y amorosa que mantenían ambas. El cáncer que había perseguido a Sontag desde los 43 años de edad, cuando tuvo que serle extirpado un tumor en una mama, se materializó en forma de leucemia. Leibovitz retrató entonces con su cámara cada ingreso hospitalario, cada zarpazo de la enfermedad. El Príncipe de Asturias de las letras que recibió en 2003 fue una especie de bálsamo para los sinsabores de la quimioterapia, la pérdida de pelo y la despiadada huella del cáncer.

Cuando la muerte tocó a las puertas de Susan Sontag, Leibovitz estuvo allí para ver cómo las abría sin remedio y también para retratar el final de su vida. “Las imágenes de Susan me ayudaron a superar su muerte”, aseguró la fotógrafa para justificar la exposición que mostró la agonía de la escritora en un blanco y negro que no disimulaba ni un ápice de su crudeza. El valor testimonial de las fotografías era evidente, como también que el espíritu austero de Sontag había predominado por encima del de Leibovitz en cada una de aquellas imágenes. Ni rastro de los colores pastel, el glamour o el resplandeciente brillo de la obra de la fotógrafa. En las imágenes sólo tenía cabida el dolor más naturalista.

Se acababa el amor, caía el telón para estas dos Príncipes de Asturias que compartieron lo bueno y lo malo, la salud y la enfermedad, las visiones contrapuestas del arte y de la vida que, sin embargo, las condujo a un mundo en común y las ha hecho merecedoras de uno de nuestros galardones más prestigiosos.

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