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50 años de la muerte del presidente jfk

El vestido manchado de sangre que catapultó a Jackie Kennedy

Capote dijo de ella que era “ingenua y astuta a la vez”. Cuando el presidente Kennedy fue asesinado en Dallas, su esposa, se convirtió en protagonista

Foto: El vestido manchado de sangre que catapultó a Jackie Kennedy

Truman Capote dijo de ella que era “ingenua y astuta a la vez”. Cuando el 22 de noviembre de 1963, hace ahora 50 años, el presidente John Fitzgerald Kennedy fue asesinado en Dallas, Jackie Kennedy, su esposa, se convirtió en una absoluta e inesperada protagonista del panorama político internacional. Ella iba al lado de él en el coche en el que recibió un disparo; estaba en el lugar desde donde saltaron pedazos de la cabeza del presidente. La poco agradable escena fue narrada por la propia Jackie ante la comisión Warren, encargada de investigar el asesinato, a pesar de que, según esa misma comisión, ella no habría podido ver tal imagen.  Su posición no le permitía ver la cabeza de su esposo al menos hasta un segundo después de que recibiera el disparo, y ella se apresuró a subirse a la parte trasera del vehículo, presa del pánico. La verdad a medias ejemplificaba lo que siempre había sido, una fabuladora indomable y moderna. Quiso que todas las cámaras posibles registrasen su vestido rosa de Chanel manchado de sangre. Quiso, en definitiva, que el mundo viese lo que unos desalmados habían hecho: destrozar su aparentemente perfecta familia. Una puesta en escena milimétrica que da idea de la dimensión de una mujer que se convirtió en rostro protagonista del siglo XX, como revela Una imagen tan bella (La Esfera de los Libros), apasionante biografía de Katherine Pancol publicada recientemente en España.

El afán de protagonismo de la que luego se convirtiese en mujer de Aristóteles Onassis y mecenas de las artes y de la cultura no nació de la nada. Como la mayoría de las veces, surgió de necesidades de afecto sembradas en la infancia y del divorcio de sus padres, que la haría correr, durante toda su vida, de unos brazos a otros a la búsqueda del canalla que sustituyese a su padre. Black Jack, su progenitor, no era ningún dechado de virtudes pero, a pesar de todo, ella quería ir a verle continuamente al hotel donde vivía tras el divorcio de su madre. Las visitas eran mucho más divertidas que estar haciendo lo mismo en el confort del hogar. Nacida en Southampton, Nueva York, en 1929, vivió la carga de la separación de sus padres desde muy pequeña. A Jackeline Lee Bouvier, como se llamaba cuando aún llevaba trenzas, años antes de que el presidente de Estados Unidos se cruzase en su camino, le fascinaba la literatura romántica y soñaba con emular el vigor y la perspicacia de Scarlett O’ Hara, su personaje favorito.

Su noviazgo con Kennedy fue tan casto como la época en la que se produjo, principios de los años 50. Aunque John sería un mujeriego de mucho cuidado que acabaría en la cama de Marilyn Monroe y de otras muchas actrices, con su novia fue todo lo respetuoso y virginal que sabía ser. “No esperaba menos de ti”, le dijo ella, tan segura y confiada en sí misma que asustaba, cuando él le propuso matrimonio. Ambos se convertirían en marido y mujer en 1953 y, poco después de la boda, ya eran otras muchas mujeres las que calentaban la cama de John. Ella se resignaba. Se había casado con él presintiendo que se trataba de un golfo pero le gustaban los hombres así. Tal era su pasión por los canallas que incluso había perdonado la descomunal borrachera de su padre el día de su boda y, al fin y al cabo, el joven John le recordaba mucho a él.

La llegada de Kennedy a la Casa Blanca la convirtió en una absoluta dama. Odiaba que se la llamase ‘First Lady’ porque parecía “el nombre de un caballo de carreras” pero le encantaban los privilegios que conllevaba ese título. Sin embargo, no se llevaba bien con los periodistas que querían husmear en su vida y en la de su marido, temerosa de que descubriesen que, más allá de su impecable apariencia, se escondía una pobre cornuda. Le gustaba la cultura y se preguntaba si Eisenhower, el presidente que precedió a su marido, leía algún libro ante la escasez de nutridas bibliotecas en el edificio presidencial. Sus caprichos eran a menudo, tan obstinados y curiosos como ella misma. Una vez se empeñó en comprar un cervatillo después de ver un reestreno de Bambi en el cine. Su marido, además de preguntarse en qué lugar de la Casa Blanca podrían colocar al animal, se dio cuenta de que, después de todo, seguía existiendo una niña dentro de ella.

Los malos tragos llegaron no sólo en forma de periodistas, sino también cuando tuvo que lidiar con la pérdida de un bebé de dos días en agosto de 1963. Ese mismo año, y para superar el trance, su hermana Lee le propuso hacer un crucero con Aristóteles Onassis. De poco sirvió que Kennedy le dijese que no era recomendable tal visibilidad con un extranjero que tenía ya problemas con la justicia norteamericana. Ella hizo lo que le dio la gana sin sospechar que ese millonario sería su esposo años más tarde. En noviembre llegó el infame asesinato en Dallas que la marcó para siempre. Años después, el 20 de octubre del 68, la boda con Onassis que le quitaría la etiqueta de viuda oficial de América.

Al multimillonario le bastaron un par de años para darse cuenta de que aquella mujer le salía muy cara. Sus compras de artículos de lujo eran habituales y Onassis seguía demasiado enamorado de María Callas como para permitirlo. Comenzaron a tramitar el divorcio en 1975 pero el destino quiso que él muriese durante ese año, sin completar el proceso de separación. Jackie se llevó una cuantiosa herencia que hizo que la hija de Onassis, Christina, se convirtiese en su más aguerrida enemiga. A ella poco le importó. En los 90, se la diagnosticaba un linfoma que acabó con su vida el 19 de mayo de 1994. Su funeral fue retransmitido por todas las cadenas de Estados Unidos. De haber podido verlo, seguramente ella habría estado encantada y habría elegido el mejor vestido para impactar a la prensa. Para que luego dijese que no era una ‘First Lady’… 

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