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han pasado 19 años desde su boda con rocío

Los recuerdos del día más feliz de Ortega Cano

El 19 de febrero del 95, los vecinos de Castilblanco de los Arroyos sacaban sus sillas a la carretera. Se casaban Rocío Jurado y el torero entre la multitud

El 19 de febrero de 1995, los vecinos de Castilblanco de los Arroyos sacaban sus sillas a la carretera. El objetivo era vislumbrar los coches que pasaban por el pueblo y ponían rumbo a una de las bodas más esperadas, aquella que reunía al mundo del folclore con el del toreo. Se casaban Rocío Jurado y Ortega Cano, y el pueblo entero quería ser partícipe del enlace. Los años pasaron  y otro coche sería el protagonista de dar el pistoletazo de salida a una serie de desgracias que han colmado la vida de Ortega Cano, que ha vivido el 19 aniversario del enlace entre el fracaso del acuerdo con la Fiscalía que pretendía evitar que su hijo José Fernando fuese a prisión y la posibilidad de que él mismo ingrese pronto en la misma.

 Poco queda de aquella boda de campanillas a la que acudieron unos 2.500 invitados y que duró más de un día entre toreros, periodistas, terratenientes y folclóricas. Allí estaban Massiel, Finito de Córdoba, Federico Trillo, Eugenia Martínez de Irujo, Carmina Ordóñez o Joan Manuel Serrat. A algunos los captó las cámaras y a otros no. Las carpas eran un muestrario de comida y los fotógrafos y periodistas podían permanecer allí hasta la hora de la comida. “Se permitió la entrada de muchos periodistas y fotógrafos. Hizo un día espléndido y permanecieron hasta la hora de la comida. Ahí hubo un poco de control porque se quería preservar la intimidad de los comensales”, asegura un amigo de Ortega, que recuerda que el único fotógrafo que pudo entrar en esos momentos fue llamado por él, ya que hizo un reportaje que luego regaló a los novios.

“Se llegaron a reservar dos o tres plantas del Meliá Lebreros de Sevilla para muchos de los invitados”, recuerda. Además, Rocío Jurado y Ortega Cano parecían tener especial cuidado con ellos. “Los dos visitaban las mesas constantemente. No había ningún tipo de protocolo en ese sentido. Estaban muy preocupados de atender a todos los invitados”. Antes de llegar a la comida, los invitados habían pasado por la iglesia de las Cuatro Vírgenes, que fue construida en Yerbabuena para albergar el ‘bodorrio’. “Había una cadena humana impresionante desde el pueblo hasta la iglesia. El calor humano de la gente fue impresionante”.

Y a raíz de ese calor surgieron el “a gustito” de Ortega, los golpes de mantón de Massiel y otros cuantos mitos populares que fueron gestándose hasta las cuatro de la mañana. “El tiempo pasó volando. Estuvimos allí desde las 10 de la mañana hasta las 4 de la noche siguiente”. La boda, sin embargo, queda aún más lejana cuando se piensa en el estado actual del diestro. Él encuentra una explicación muy lógica al desmoronamiento de la familia: “Rocío era la capitana, el timón de esa familia. Una vez que murió ella, es normal lo que ha pasado. Ella siempre decía que era empresaria que tenía unas cien personas a su cargo”.

También defiende al torero de lo que él cree que es un “acoso mediático”. “Todo lo que tiene se lo ha ganado trabajando. No es más que un señor que ha tenido un accidente como lo puede tener cualquiera”. Sin embargo, el tiempo no puede borrar el recuerdo de un día grande en la vida del torero y el de una boda que fue retransmitida en todas las televisiones del país y causó verdadero furor en un país que, a pesar de todo, sigue apasionándose con todo enlace que mezcle la canción española con el raigambre de la tauromaquia. 

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