Fallece Queca Campillo, una fotógrafa todoterreno que puso imagen a las noticias
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PASÓ LARGOS VERANOS EN MARIVENT

Fallece Queca Campillo, una fotógrafa todoterreno que puso imagen a las noticias

Era divertida, osada, malhablada, respondona y muy buena persona. Cuando cogía la cámara se ponía al mando, aunque a quien tuviera que fotografiar fuera un presidente de Gobierno. "Las fotos las hago yo. Usted a lo suyo", ordenaba

placeholder Foto: La fotoperiodista Angélica 'Queca' Campillo (EFE)
La fotoperiodista Angélica 'Queca' Campillo (EFE)

El mismo día que moría Jesús Hermida también fallecía otra gran profesional, la fotógrafa Queca Campillo. Mientras que el periodista era imagen, Queca la creaba a través de sus retratos posados, de instantes cazados al vuelo, de reportajes intemporales y hasta ejerciendo de paparazzi ocasional. Por todo su trabajo recibió el Premio Nacional de Fotografía y muchos más reconocimientos profesionales, que a ella en realidad le importaban lo justo. Lo que le gustaba era estar en la calle. De hecho, sacaba su carácter cuando después de una par de horitas en la redacción no le mandaban a cubrir un tema. Se colgaba su bolsa con las cámaras, los objetivos, el trípode –que pesaba un quintal– y a “pisar calle”, como decía.

Le daba igual que el trabajo fuera más o menos vistoso, lo que quería era hacer fotos. Y las hacía como nadie. La he visto poner firme a presidentes de Gobierno, a políticos cabeza de lista, a cardenales y monseñores, a niñatos con aspiraciones artísticas y a presidentes de empresas del IBEX, que cuestionaban sus reclamaciones profesionales. Era entonces cuando, con absoluta frialdad, se transformaba y dejaba de ser la dulce Queca para plantar cara: “Las fotos las hago yo. Usted a lo suyo”. Y ahí se acababa la discusión mientras algún jefe de prensa inexperto intentaba reconducir la situación. Fuera como fuese, al final retratado y retratista llegaban a un gran entendimiento y para la siguiente entrevista directamente pedían “que venga Queca”.

Era divertida, osada, malhablada, respondona, leal hasta límites insospechados, colega, compañera, buena persona, tierna, fiel, madre amantísima y abuela exagerada. Trabajé muchos años con ella en la revista Tiempo, donde formábamos equipo. Ella ponía la cámara y yo el sujeto, verbo y predicado. Más de una vez se salvaron, gracias a su trabajo, historias sin consistencia. Pero ella no le daba mayor importancia. Viajamos juntas por medio mundo. Unas veces nos tocaban los desfiles de París o Nueva York, otras la Dulce Neus, largas horas en el Congreso para pillar una declaración y charlas interminables en los veranos de Marivent y los actos reales. Queca era lista y avispada y no solo se conformaba con fotografiar, te avisaba de dónde había una información o una garganta profunda de la que no había que fiarse. “A ese ni agua, que es un mentiroso”, decía.

Además de su mundo gráfico, era una mujer de grandes recursos. Le gustaba bailar, corría maratones, viajaba sola a universidades norteamericanas para realizar cursos intensivos de inglés, jugaba al golf… Eso sí, en cualquier momento podía sorprenderte con una llamada desde su retiro cacereño solo para saber si estabas bien: “Oye, ¿qué haces? ¿Qué tal los hijos? ¿Y el trabajo? ¿Eres feliz?...”. Y así hasta volvernos a encontrar...

Querida Carmen, personas como tu madre hacen que este mundo haya sido para los que la conocimos mucho más agradable.

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