Durante años, la fórmula para evitar subir de peso parecía clara: comer bien y moverse más. Sin embargo, muchas personas siguen luchando contra los kilos de más a pesar de llevar una alimentación equilibrada y mantener una rutina de ejercicio constante. ¿Qué está fallando? La respuesta podría estar en algo que no se ve, pero que se siente intensamente: el estrés.
Diversos estudios científicos señalan que el estrés crónico, ese que se acumula entre las preocupaciones del trabajo, la familia, las redes sociales o incluso la falta de tiempo para uno mismo, puede alterar por completo el funcionamiento del organismo. Y no, no es una exageración. Cuando el cuerpo se siente amenazado —aunque no exista un peligro real, sino emocional—, libera una hormona llamada cortisol. Este compuesto, conocido como la “hormona del estrés”, está directamente relacionado con el aumento de peso, especialmente en la zona abdominal.El problema radica en que niveles elevados de cortisol estimulan el apetito, en especial por alimentos calóricos, ricos en azúcares y grasas. Además, esta hormona también puede interferir con el metabolismo, dificultando la quema de grasa y favoreciendo su almacenamiento. Por si fuera poco, el estrés afecta la calidad del sueño, lo que puede desajustar las hormonas del hambre (grelina y leptina) y generar antojos constantes.
El estrés y la ansiedad son dos factores que nos pueden hacer engordar. (Pexels)
A esto se suma otro factor menos conocido: el impacto que tiene el estado emocional sobre el intestino. El sistema digestivo está directamente conectado con el cerebro a través del llamado eje intestino-cerebro. Cuando estamos estresados o ansiosos, esa conexión se altera, afectando la flora intestinal y provocando inflamación, lo que también puede favorecer el aumento de peso.
No se trata de quitarle importancia a lo que comemos o a cuánto nos movemos, pero sí de empezar a mirar el bienestar de forma más integral. Priorizar la salud mental, aprender a gestionar el estrés con técnicas como la meditación, la respiración consciente o incluso el simple hecho de desconectar del móvil durante unos minutos al día, puede marcar una gran diferencia. Porque, al final, cuidar del cuerpo también implica cuidar de la mente. Y quizás, la próxima vez que la báscula marque algo inesperado, la respuesta no esté en la nevera… sino en cómo nos estamos sintiendo.
Durante años, la fórmula para evitar subir de peso parecía clara: comer bien y moverse más. Sin embargo, muchas personas siguen luchando contra los kilos de más a pesar de llevar una alimentación equilibrada y mantener una rutina de ejercicio constante. ¿Qué está fallando? La respuesta podría estar en algo que no se ve, pero que se siente intensamente: el estrés.