El gesto imposible de evitar que nos delata cuando intentamos impresionar, según la psicología
En muchas ocasiones nos encontramos en momentos de nuestra vida en los que intentamos gustar a la persona que tenemos enfrente sin darnos cuenta de nuestros gestos
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Seguro que más de alguna vez nos hemos sorprendido fingiendo una sonrisa perfecta o inclinándonos demasiado hacia alguien solo para demostrar cuán agradable y seguro podemos ser. La psicología sostiene que hay un gesto mínimo, casi involuntario, que revela más de lo que queremos cuando tratamos de causar buena impresión.
Investigaciones recientes de Harvard muestran que, cuando intentamos caer bien, tendemos automáticamente a girar la conversación hacia nosotros mismos: hablar de nuestros logros, anécdotas o aspiraciones. Lo curioso es que esta estrategia muchas veces juega en nuestra contra. Lo que realmente aumenta la simpatía en los demás no es cuánto hablamos de nosotros, sino cuántas preguntas hacemos al otro, sobre sus emociones, experiencias o ideas. Al preguntar y escuchar activamente, demostramos interés genuino: ese interés es lo que los estudios vinculan con ser más “agradables” o confiables.
Sin embargo, lo que menos controlamos cuando estamos entusiasmados con impresionar —y lo que más revela nuestras verdaderas intenciones— es el lenguaje corporal, especialmente los gestos y posturas sutiles. Por ejemplo, inclinarse demasiado hacia adelante, erguirse excesivamente, tensar los hombros… Son movimientos que intentan proyectar cercanía o seguridad, pero si no van acompañados de calma interior, se notan exagerados. Asimismo, mantener una mirada firme puede mostrar interés, pero un exceso, un ‘bombardeo’ visual, genera incomodidad, así como evitar mirar demasiado revela timidez o inseguridad. Por último, los movimientos rápidos, tocarse el cabello, ajustar la ropa, jugar con objetos cercanos (ejemplo: jarrones, tazas)… son gestos de auto-toque, es decir, maneras inconscientes de tranquilizarse ante la tensión de querer gustar.
Cuando tratamos de impresionar, la conciencia está muy activa. Pensamos qué decir, cómo vestir, qué contar de nosotros. Pero muchas señales no verbales se escapan del control consciente. La tensión interior tiñe nuestras expresiones, gestos y postura. Nuestro cuerpo “se delata” incluso si la palabra lo niega. Además, quienes nos escuchan suelen captar estas señales inconscientes antes que las palabras bonitas. Nos cuidamos de las frases, pero el cuerpo reacciona primero. La contracción de los hombros, un tono de voz más alto de lo habitual, la risa nerviosa: son pistas que otras personas registran, aunque nosotros creamos que lo estamos ocultando. Por tanto, debemos reconocer cuándo estamos intentando impresionar, porque ser conscientes de este impulso nos ayudará a reducir la tensión. Respirar hondo antes de hablar, la práctica de la escucha activa y dejar espacio para el silencio pueden ser buenos ejercicios para evitarlo. Todo esto es importante porque presentarnos de modo auténtico no solo mejora cómo nos perciben los demás, también nos permite sentirnos mejor con nosotros mismos. Intentar impresionar sin mostrarnos genuinos suele generar estrés, ansiedad, y una sensación de desconexión interior. En cambio, ser coherentes entre lo que expresamos verbalmente y lo que nuestro cuerpo transmite fortalece la confianza y las relaciones más sinceras.
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