En una época en la que el éxito profesional, los títulos académicos y la inteligencia parecen ser los grandes indicadores del valor de una persona, Víctor Küppers, doctor en Humanidades y experto en psicología positiva, propone una mirada radicalmente distinta. Su mensaje, directo y humanista, nos invita a replantear qué cualidades merecen realmente admiración. “No hay que admirar la inteligencia, hay que admirar si alguien es buena persona, porque eso es un esfuerzo”, afirma con la serenidad de quien lleva años estudiando la conducta humana y los valores que sustentan una vida plena.
Küppers insiste en que la inteligencia no es mérito propio, sino una característica heredada, “una lotería genética que no requiere esfuerzo deliberado”. En su opinión, admirar a alguien por ser inteligente tiene tanto sentido como hacerlo por su altura o por el tamaño de sus orejas. “¿Admirarías a alguien por ser alto?”, pregunta de forma provocadora, para ilustrar cómo confundimos el talento natural con el verdadero valor personal. En cambio, ser buena persona sí implica elección, trabajo y constancia: “La bondad, la empatía o la amabilidad son fruto de un esfuerzo consciente”, explica.
Hagamos un ejercicio, piensa en los jefes que has tenido en tu vida, ¿los recordarías por su despacho, por su ropa o por su coche? 🚗 estoy seguro de que no, los recordarías por su forma de ser 💛 Y así es como escogemos a las personas, no por lo que tienen sino por lo que son, porque no hay nada más grande a lo que aspirar en la vida que ser buena persona y nada más gratificante 🌍✨
Frente a una sociedad que premia la productividad y la brillantez intelectual, Küppers apuesta por revalorizar la actitud como motor de transformación. Su conocida ecuación del valor personal lo deja claro: Valor = (Conocimientos + Habilidades) x Actitud. Según esta fórmula, el conocimiento y las competencias cuentan, pero lo que multiplica —y da sentido— a todo lo demás es la actitud. “No estar tan preparado de base, pero tener una actitud potente, te llevará más lejos que un talento innato acompañado de negatividad”, resume el experto.
Küppers no habla de moralidad abstracta, sino de práctica diaria. Ser buena persona, explica, no es un rasgo estable o innato, sino una decisión que se toma en cada gesto, cada conversación y cada respuesta. Por eso, insiste en que debemos entrenar la empatía y la gratitud igual que entrenamos cualquier otra habilidad: con repetición, compromiso y conciencia.
Para ilustrar cómo alcanzar ese objetivo, el humanista proponeel ejercicio del puzle. “Para hacer un rompecabezas necesitas ver la foto completa. Sin la imagen, es imposible ubicar las piezas”, dice. En términos personales, la “foto” es la visión de la persona que queremos ser. Visualizar cómo deseamos que nos recuerden —como alguien amable, servicial o generoso— nos ayuda a orientar nuestras acciones diarias hacia esa meta.
Küppers lamenta que en el contexto actual, donde el rendimiento y la comparación dominan, la bondad se perciba como una virtud menor. Sin embargo, defiende que ser buena persona es un acto profundamente transformador, tanto a nivel individual como social. “Cada día, cada decisión y cada gesto cuenta en ese camino hacia el objetivo final que realmente merece la pena: ser buenas personas”, subraya.
En una época en la que el éxito profesional, los títulos académicos y la inteligencia parecen ser los grandes indicadores del valor de una persona, Víctor Küppers, doctor en Humanidades y experto en psicología positiva, propone una mirada radicalmente distinta. Su mensaje, directo y humanista, nos invita a replantear qué cualidades merecen realmente admiración. “No hay que admirar la inteligencia, hay que admirar si alguien es buena persona, porque eso es un esfuerzo”, afirma con la serenidad de quien lleva años estudiando la conducta humana y los valores que sustentan una vida plena.