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Byung-Chul Han, filósofo: "La obligación de ser feliz genera una presión devastadora"
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Byung-Chul Han, filósofo: "La obligación de ser feliz genera una presión devastadora"

Solo quien se permite sentir el dolor puede experimentar la verdadera dicha. Y en ese equilibrio frágil y honesto, quizás se encuentre la felicidad que tanto perseguimos

Foto: Encuentro con el filósofo Byung-Chul Han
Encuentro con el filósofo Byung-Chul Han

¿Y si la felicidad, tal como la entendemos hoy, fuera una trampa? En una sociedad que ha convertido el bienestar en una meta obligatoria, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, nos invita a mirar el concepto con otros ojos. En su ensayo La sociedad paliativa (Herder), el autor reflexiona sobre la paradoja moderna de la felicidad: la de una cultura que la promueve como derecho universal, pero que en su búsqueda constante termina generando más frustración que plenitud.

La positividad de la felicidad desbanca a la negatividad del dolor”, escribe Han, señalando que hemos eliminado el sufrimiento de la ecuación emocional, como si el dolor no tuviera nada que aportar. Pero al hacerlo, dice, hemos vaciado la felicidad de significado. “La felicidad se convierte en una especie de capital emocional”, un valor que se mide por la productividad, el rendimiento y la autooptimización. En otras palabras, si no estás feliz, el sistema te señala como defectuoso: no te esfuerzas lo suficiente, no meditas lo suficiente, no sonríes lo suficiente.

placeholder La felicidad poco tiene que ver con el placer. (iStock)
La felicidad poco tiene que ver con el placer. (iStock)

Byung-Chul Han advierte que esta “obligación de ser feliz” genera una presión devastadora. La felicidad se ha convertido en un mandato neoliberal, en un imperativo moral que individualiza el bienestar y desplaza cualquier mirada social o colectiva. “La nueva fórmula de dominación es ‘sé feliz’”, sentencia el filósofo. Una orden tan simple como implacable: si no eres feliz, la culpa es solo tuya.

En contraposición a esta “felicidad cosificada”, Han rescata la idea de una felicidad auténtica, aquella que no niega el dolor, sino que lo integra. “La verdadera felicidad solo es posible en fragmentos”, explica, y añade: “El dolor trae la felicidad y la sostiene”. En su pensamiento, la vida no es una línea ascendente de satisfacción constante, sino una sucesión de momentos intensos en los que el sufrimiento y la dicha se entrelazan. “En la pasión se fusionan el dolor y la felicidad”, escribe. “La dicha profunda contiene un factor de sufrimiento”.

placeholder Llenar nuestra vida de personas que sumen a nuestra felicidad. (Pexels)
Llenar nuestra vida de personas que sumen a nuestra felicidad. (Pexels)

El filósofo señala que evitar el dolor a toda costa no solo nos debilita emocionalmente, sino que también nos vuelve menos solidarios. Al negar el sufrimiento —propio y ajeno— perdemos la empatía y el impulso colectivo que, históricamente, ha impulsado los grandes cambios sociales. “Cada uno debe preocuparse por sí mismo de su propia felicidad”, dice Han. Y así, la felicidad se privatiza: ya no es un objetivo común, sino un proyecto individual que aísla. “En lugar de revolución, lo que hay es depresión”, concluye.

En un mundo donde la sonrisa permanente se ha convertido en moneda de cambio, Byung-Chul Han nos recuerda algo esencial: la felicidad no es ausencia de dolor, sino la capacidad de darle sentido. Solo cuando aprendemos a habitar la incomodidad, a aceptar el sufrimiento como parte inevitable —y humana— de la existencia, podemos aspirar a una vida plena, más real y menos programada.

¿Y si la felicidad, tal como la entendemos hoy, fuera una trampa? En una sociedad que ha convertido el bienestar en una meta obligatoria, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, nos invita a mirar el concepto con otros ojos. En su ensayo La sociedad paliativa (Herder), el autor reflexiona sobre la paradoja moderna de la felicidad: la de una cultura que la promueve como derecho universal, pero que en su búsqueda constante termina generando más frustración que plenitud.

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