Ducharse cada día es, para muchas personas, una rutina innegociable ligada a la higiene y al bienestar. Sin embargo, cuando se alcanza la tercera edad, ese hábito aparentemente inofensivo debe revisarse. A partir de los 65 años, la piel experimenta una serie de cambios fisiológicos que obligan a replantearse incluso gestos cotidianos como el baño diario. En realidad, una limpieza excesiva puede volverse contraproducente, debilitando la barrera cutánea y favoreciendo irritaciones o infecciones.
Según portales especializados como el francés 'Santé', lo más recomendable a estas edades es ducharse entre dos y tres veces por semana. ¿La razón? La piel envejecida se vuelve más fina y seca, y pierde progresivamente su capacidad de producir sebo, esa sustancia natural que la mantiene protegida.
La piel puede sufrir con las duchas. (Pexels/ Greta Hoffman)
En este contexto, la dermatóloga Sylvie Meaume, jefa del Departamento de Geriatría, Heridas y Cicatrización del hospital Rothschild de París, advierte a 'Sante': “Una limpieza excesiva, especialmente con jabones fuertes o agua muy caliente, puede dañar la piel y eliminar bacterias beneficiosas”.
Esto no significa que haya que renunciar a una buena higiene. Al contrario, se aconseja complementar las duchas con limpiezas localizadas diarias en zonas clave como las axilas, los genitales o entre los dedos de los pies. Para los días de ducha, los especialistas recomiendan que sean cortas, de no más de 3 a 4 minutos, con agua tibia y utilizando jabones suaves sin tensioactivos agresivos. Tras el baño, el secado debe hacerse con toques suaves, nunca frotando, para evitar dañar aún más la piel.
Después de la ducha viene bien hidratar la piel. (Pexels/ Kaboompics.com)
Factores como el clima, el nivel de actividad física, el estado de salud general y el grado de autonomía deben tenerse en cuenta para decidir la frecuencia adecuada. Por ejemplo, si una persona mayor hace ejercicio con regularidad o suda en exceso, es lógico que necesite ducharse más a menudo.
Ducharse cada día es, para muchas personas, una rutina innegociable ligada a la higiene y al bienestar. Sin embargo, cuando se alcanza la tercera edad, ese hábito aparentemente inofensivo debe revisarse. A partir de los 65 años, la piel experimenta una serie de cambios fisiológicos que obligan a replantearse incluso gestos cotidianos como el baño diario. En realidad, una limpieza excesiva puede volverse contraproducente, debilitando la barrera cutánea y favoreciendo irritaciones o infecciones.