Daniel Goleman, psicólogo y padre de la inteligencia emocional: "Cuando nos centramos en los demás, nuestro mundo se expande"
Al preocuparnos por el bienestar de otros, se activan circuitos cerebrales vinculados a la oxitocina, conocida como la hormona del amor, que contribuye a reducir el estrés
Daniel Goleman cambió para siempre la forma en la que entendemos la inteligencia. A mediados de los años noventa, su libro Inteligencia emocional puso en cuestión una creencia profundamente arraigada durante todo el siglo XX: que el éxito personal y profesional dependía casi exclusivamente del coeficiente intelectual. Doctor en Psicología por Harvard y posteriormente uno de los divulgadores más influyentes de su disciplina, Goleman defendió que saber reconocer, comprender y gestionar las emociones propias y ajenas es tan importante —o más— que las habilidades puramente cognitivas.
Esa idea, que en su momento resultó revolucionaria, abrió la puerta a nuevas formas de entender el bienestar, las relaciones y el rendimiento. Con el paso de los años, Goleman fue ampliando su mirada y profundizando en otro aspecto clave del desarrollo humano: la dimensión social. En 2006 publicó Inteligencia social: la nueva ciencia de las relaciones humanas, un libro en el que pone el foco en cómo nos vinculamos con los demás y en los efectos psicológicos de vivir excesivamente centrados en uno mismo.
Daniel Goleman, líder mundial en Inteligencia Emocional. (WOBI)
En una de las frases más citadas de esta obra, el psicólogo advierte de que la autocomplacencia mata la empatía. “Cuando nos obsesionamos con nosotros mismos, nuestro mundo se contrae; cuando nos centramos en los demás, nuestro mundo se expande”, escribe. La afirmación cobra aún más sentido si se contextualiza en la época en la que fue formulada: un momento marcado por el auge de la neurociencia, la psicología positiva y las primeras señales de problemas que hoy nos resultan muy familiares, como el estrés crónico, la soledad o la cultura del rendimiento constante.
Goleman señala que existe una fina línea entre el amor propio y el egoísmo, y que en muchas ocasiones el discurso social empuja a poner el foco casi exclusivamente en el “yo”: mi productividad, mi imagen, mis logros, mi estrés. El problema, explica, es que cuando solo atendemos a nuestros propios conflictos, estos tienden a crecer y a ocupar todo el espacio mental disponible. Esta “autoabsorción” no solo intensifica el malestar, sino que también reduce nuestra capacidad para conectar, escuchar y empatizar con los demás.
Daniel Goleman, líder mundial en Inteligencia Emocional. (WOBI)
Frente a ello, Goleman propone un cambio de perspectiva aparentemente sencillo pero profundamente transformador: dirigir la atención hacia otras personas. Cuidar a un familiar, implicarse en actividades solidarias o escuchar de verdad a un amigo tiene un efecto inesperado. Los problemas personales no desaparecen, pero dejan de ser el centro absoluto. Al mismo tiempo, se amplía el horizonte emocional y social, se accede a nuevas experiencias y se construyen vínculos que enriquecen la percepción del mundo.
Este enfoque no es solo una reflexión filosófica. La psicología positiva ha aportado evidencia científica que respalda esta visión. Investigadoras como Barbara Fredrickson han demostrado que emociones positivas como la gratitud, la alegría o el amor ayudan a construir recursos psicológicos duraderos. Cuando estamos en sintonía con los demás, pensamos con mayor creatividad, percibimos más opciones y toleramos mejor la adversidad.
Daniel Goleman cambió para siempre la forma en la que entendemos la inteligencia. A mediados de los años noventa, su libro Inteligencia emocional puso en cuestión una creencia profundamente arraigada durante todo el siglo XX: que el éxito personal y profesional dependía casi exclusivamente del coeficiente intelectual. Doctor en Psicología por Harvard y posteriormente uno de los divulgadores más influyentes de su disciplina, Goleman defendió que saber reconocer, comprender y gestionar las emociones propias y ajenas es tan importante —o más— que las habilidades puramente cognitivas.