¿Qué es realmente la felicidad? A lo largo de la historia, este concepto ha sido interpretado de múltiples maneras: desde la acumulación de bienes materiales hasta la búsqueda constante de placer. Sin embargo, para Hannah Arendt, una de las filósofas más influyentes del siglo XX y superviviente del Holocausto, la felicidad no tenía que ver con la alegría efímera ni con el éxito individual, sino con algo mucho más profundo y duradero: la vida activa, la libertad y la capacidad de convivir con otros.
Arendt entendía la felicidad como una forma de plenitud que se alcanza en el espacio público, en la acción compartida y en la implicación con el mundo. A este ideal lo llamó “felicidad pública”. Para ella, no hay felicidad posible sin libertad, y no hay libertad auténtica si no podemos actuar sin quedar atrapados para siempre por las consecuencias de nuestros actos. Aquí aparece uno de los conceptos centrales de su pensamiento: el perdón.
Hannah Arendt en 1924. (Wikipedia)
En La condición humana, la filósofa explica que toda acción es irreversible. Una vez que actuamos, no podemos borrar lo hecho ni deshacer sus efectos. Esta irreversibilidad genera miedo, porque actuar implica exponerse al error, al conflicto y al daño. ¿Cómo ser libres, entonces, en un mundo donde cada gesto deja huella? La respuesta de Arendt es clara y contundente: “El perdón es la clave de la acción y la libertad”. El perdón, en su pensamiento, no significa olvidar ni justificar lo ocurrido. Arendt es muy precisa al señalar que existen actos imperdonables. Sin embargo, sostiene que el perdón es una herramienta que permite liberarnos del peso paralizante del pasado. No elimina las consecuencias, pero sí rompe la cadena del rencor y de la venganza, abriendo la posibilidad de un nuevo comienzo tanto a nivel individual como colectivo.
Junto con la capacidad de hacer promesas, que crean “islas de seguridad” en un mundo imprevisible, el perdón construye la confianza. Y sin confianza, no puede haber acción común ni vida política sana. Para Arendt, perdonar es lo que permite seguir actuando, seguir participando y no quedar atrapados en el resentimiento. En este sentido, su reflexión política tiene una profunda resonancia psicológica y emocional.
La felicidad no depende del dinero ni de lo material. (Pexels)
El rencor, como ya advirtió Shakespeare, es un veneno que se toma esperando que dañe al otro. Arendt vivió en una época marcada por la violencia, la guerra y la culpa colectiva, y entendió que sin perdón las sociedades quedan ancladas en el pasado. Pero esta idea no se limita al ámbito político. En lo personal, el rencor consume energía, limita la libertad interior y bloquea cualquier posibilidad de felicidad estable.
Perdonar a los demás es esencial, pero Arendt va un paso más allá: también es imprescindible aprender a perdonarse a uno mismo. El miedo a equivocarse, a fallar y a ser duramente juzgados por nuestra propia voz interior es uno de los mayores obstáculos para vivir con libertad. Si sabemos que cada error será castigado con culpa infinita, dejamos de arriesgarnos, de actuar y de crecer.
¿Qué es realmente la felicidad? A lo largo de la historia, este concepto ha sido interpretado de múltiples maneras: desde la acumulación de bienes materiales hasta la búsqueda constante de placer. Sin embargo, para Hannah Arendt, una de las filósofas más influyentes del siglo XX y superviviente del Holocausto, la felicidad no tenía que ver con la alegría efímera ni con el éxito individual, sino con algo mucho más profundo y duradero: la vida activa, la libertad y la capacidad de convivir con otros.