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Mariano Sigman, neurocientífico: "Una vez que uno reconoce el libre albedrío aparecen las cosas más hermosas de la vida"
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Mariano Sigman, neurocientífico: "Una vez que uno reconoce el libre albedrío aparecen las cosas más hermosas de la vida"

Se trata de identificar el espacio donde sí hay elección: una reacción, una conversación, una rutina, una decisión que se pospone, un cuidado hacia otro, un gesto de reparación

Foto: El neurocientífico Mariano Sigman (EFE)
El neurocientífico Mariano Sigman (EFE)

Hay ideas que parecen demasiado grandes para el día a día, pero que, cuando se entienden bien, se vuelven sorprendentemente prácticas. El libre albedrío es una de ellas. Mariano Sigman, neurocientífico y divulgador, lo plantea sin entrar en una guerra filosófica: le interesa menos discutir si somos “completamente libres” y más observar qué ocurre cuando una persona se reconoce capaz de elegir. Desde ahí lanza una frase que vertebra todo su mensaje: “Una vez que uno reconoce el libre albedrío, aparecen las cosas más hermosas de la vida”.

A partir de esa idea, Sigman enlaza elección con esfuerzo, cuidado y responsabilidad, y termina llevando la conversación al lugar más personal: la identidad. No como algo fijo, sino como una construcción que se hace a base de decisiones.

La libertad como punto de partida

Sigman describe el libre albedrío como una puerta que se abre a la acción. Cuando alguien asume que puede decidir, aparece la idea de que “uno puede trabajar para lograr algo”, aunque sea “difícil de lograr”. No lo presenta como una fórmula de éxito ni como una promesa optimista, sino como un cambio de marco: pasar de la sensación de inevitabilidad a la posibilidad de hacer algo con lo que ocurre.

Ese margen de acción, en su planteamiento, sostiene muchas de las decisiones que hacen avanzar una vida: estudiar, mejorar, entrenar la paciencia, sostener un proyecto, intentarlo otra vez.Sigman incluye, además, acciones que tienen que ver con el vínculo: “ayudar a alguien voluntariamente”, “querer y consolar o amar”. Es decir, la libertad no solo se nota en lo que eliges para ti, sino también en cómo te comportas con los demás.

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De ahí surge otra consecuencia que subraya: la responsabilidad. Reconocer el libre albedrío implica aceptar que nuestras elecciones importan. No como culpa, sino como conciencia de impacto: lo que hago modifica mi entorno y también me modifica a mí.

El tramo más personal de su intervención aparece cuando Sigman dice que, en última instancia, lo que emerge de este reconocimiento es la identidad. Lo explica de forma muy visual: en una sala llena de personas, cada una tiene una voz propia. Se pregunta “cuál es la voz que tiene cada uno”, cuál es tu “acorde” y tu “tono”.

Hay ideas que parecen demasiado grandes para el día a día, pero que, cuando se entienden bien, se vuelven sorprendentemente prácticas. El libre albedrío es una de ellas. Mariano Sigman, neurocientífico y divulgador, lo plantea sin entrar en una guerra filosófica: le interesa menos discutir si somos “completamente libres” y más observar qué ocurre cuando una persona se reconoce capaz de elegir. Desde ahí lanza una frase que vertebra todo su mensaje: “Una vez que uno reconoce el libre albedrío, aparecen las cosas más hermosas de la vida”.

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