La tranquilidad suele ser uno de los termómetros más claros de una relación sana. Cuando desaparece y lo que se instala es una alerta constante, el vínculo empieza a parecerse más a una montaña rusa emocional que a un lugar seguro, advierte la psicóloga María Esclapez.
Según explica, en las relaciones tóxicas no domina la calma, sino “una sensación constante de ansiedad y de preocupación” y la idea de que “cualquier cosa puede pasar en cualquier momento”. Esa incertidumbre se mezcla a menudo con la intermitencia afectiva, el hoy te quiero y mañana no lo sé, que obliga a quien la vive a mantenerse en guardia y a interpretar cada gesto como una señal.
Esclapez lo relaciona con lo que denomina “fenómeno de la montaña rusa emocional”, con subidas y bajadas muy marcadas. Cuando todo va bien, va muy bien, pero cuando va mal, va muy mal. Los conflictos se viven como “una bomba” y las reconciliaciones, en cambio, llegan con una intensidad que puede resultar casi adictiva.
Ahí entra un concepto clave, el “refuerzo intermitente”. Esa alternancia entre momentos de conexión muy fuertes y periodos de malestar hace que el vínculo se convierta en un ciclo repetido de rupturas, reconciliaciones, sufrimiento y desgaste emocional. No siempre se percibe desde el primer día, porque las fases buenas actúan como una promesa de que todo puede volver a ser como antes.
La psicóloga añade que, en este tipo de dinámicas, también es frecuente la baja autoestima, aunque no siempre está claro si aparece antes o después de la relación. A ello se suman el miedo a la soledad y una necesidad de afecto y atención constante, con una idealización de la pareja que coloca la propia estabilidad emocional en manos del otro. “Necesito que venga a hacerme feliz esa persona”, señala, describiendo ese punto en el que el vínculo deja de ser elección y empieza a sentirse como dependencia.
La tranquilidad suele ser uno de los termómetros más claros de una relación sana. Cuando desaparece y lo que se instala es una alerta constante, el vínculo empieza a parecerse más a una montaña rusa emocional que a un lugar seguro, advierte la psicóloga María Esclapez.