El filósofo contemporáneo Byung-Chul Han sostiene que la sociedad moderna ha desarrollado una especie de fobia al dolor, alimentada por la obligación constante de ser feliz. En su libro La sociedad paliativa, Han analiza cómo el imperativo neoliberal de “sé feliz” ha convertido la felicidad en un mandato de rendimiento emocional: debemos sonreír, rendir y evitar el sufrimiento, como si éste fuera un fracaso personal. Esta obsesión por la positividad y el disfrute constante, explica Han, provoca que el dolor pierda sentido y utilidad, dejando al individuo anestesiado y vacío.
Para Han, la felicidad no es la ausencia de dolor, sino un fenómeno complejo y fragmentario. “La verdadera felicidad solo es posible en fragmentos. Es justamente el dolor lo que preserva a la felicidad de cosificarse”, escribe. Siguiendo la idea de Nietzsche, para el filósofo alemán el dolor y la felicidad son “dos hermanos, y gemelos, que crecen juntos o que juntos siguen siendo pequeños”. La felicidad, por tanto, no puede ser un estado acumulable ni permanente; debe experimentarse, no exigirse.
Pequeños momentos cotidianos también construyen una felicidad consciente. (Freepik)
El filósofo subraya que cuando evitamos el dolor, la felicidad se trivializa y se convierte en un confort apático. “Quien no es receptivo para el dolor también se cierra a la felicidad profunda”, advierte. Solo integrando las emociones negativas podemos acceder a la intensidad y profundidad que hacen que la felicidad sea significativa. En este sentido, el dolor no es un obstáculo, sino un elemento que sostiene y da valor a la felicidad.
La idea de Han encuentra respaldo en la psicología moderna. Investigadores como Robert Plutchik afirmaban que las emociones básicas funcionan en pares opuestos: la alegría cobra sentido frente a la tristeza, el miedo frente a la ira. Lisa Feldman Barrett, en La vida secreta del cerebro, explica que la variación emocional permite la discriminación afectiva; evitar experiencias desagradables reduce nuestro bienestar y aumenta la incidencia de ansiedad y depresión. Por tanto, el bienestar psicológico no surge de eliminar el dolor, sino de integrarlo en la vida.
La idea sobre la felicidad y el deseo de ser felices. (Pexels)
El filósofo va más allá y propone una máxima para la vida moderna: “Solo con la condición de estar siempre abierto al dolor, venga de donde venga y hasta lo más profundo, podrás estar abierto a las especies más delicadas y sublimes de la felicidad”. El dolor, lejos de ser un enemigo, es un requisito para acceder a la plenitud emocional.
El filósofo contemporáneo Byung-Chul Han sostiene que la sociedad moderna ha desarrollado una especie de fobia al dolor, alimentada por la obligación constante de ser feliz. En su libro La sociedad paliativa, Han analiza cómo el imperativo neoliberal de “sé feliz” ha convertido la felicidad en un mandato de rendimiento emocional: debemos sonreír, rendir y evitar el sufrimiento, como si éste fuera un fracaso personal. Esta obsesión por la positividad y el disfrute constante, explica Han, provoca que el dolor pierda sentido y utilidad, dejando al individuo anestesiado y vacío.