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Edgar Morin, filósofo: "Existen rasgos de carácter asociados con la felicidad y el bienestar"
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Edgar Morin, filósofo: "Existen rasgos de carácter asociados con la felicidad y el bienestar"

El filósofo sostiene que las personas extrovertidas son especialmente sensibles a lo que despierta emociones, para lo bueno y para lo difícil

Foto: Edgar Morin (Paolo Sacchi para Media Guru vía Flickr)
Edgar Morin (Paolo Sacchi para Media Guru vía Flickr)

Edgar Morin no cree en la felicidad como un estado permanente. A sus 104 años, el filósofo francés propone una idea menos aspiracional y más habitable. El bienestar, sugiere, se parece a una alternancia de luces y sombras, de días con impulso y días de pura rutina. Una vida entera feliz no solo es improbable, también puede convertirse en una expectativa injusta.

Su planteamiento parte de una imagen sencilla. La existencia se mueve entre la prosa y la poesía. La prosa sería lo que sostiene el día a día, las obligaciones, los horarios, la sensación de restricción, incluso el aburrimiento. La poesía, en cambio, aparece cuando el yo florece y se siente más vivo. Ahí caben el afecto, la cercanía, el amor, la comunión, la exaltación. Para Morin, esos estados poéticos son los que abren la puerta a la alegría y, a veces, a la felicidad, aunque sea por tramos.

placeholder La felicidad no es un estado que se pueda poseer. (Pexels)
La felicidad no es un estado que se pueda poseer. (Pexels)

La diferencia con otros discursos más triunfalistas está en el énfasis. Morin no invita a perseguir una felicidad total, sino a reconocer los momentos que sí la contienen y disfrutarlos sin exigirles que duren. Lo importante no sería construir una narrativa de plenitud constante, sino saber detectar cuándo la vida se vuelve más ligera y permitirte estar ahí de verdad, sin adelantarte al final del momento.

Esa mirada también tiene un reverso que el filósofo considera imprescindible. Si la vida es alternancia, también lo es el mundo interior. De hecho, Morin apunta que “existen rasgos de carácter asociados con la felicidad y el bienestar” y señala a las personas extrovertidas como especialmente sensibles a lo que despierta emociones. La extroversión, según su lectura, puede facilitar que algo te entusiasme, te conecte o te alegre con rapidez.

Pero no hay ventaja sin coste. Morin subraya que esa misma sensibilidad se activa ante lo doloroso, ante lo que conmueve o desestabiliza. “La capacidad de ser feliz es también la de ser infeliz”, plantea, porque abrirse a la experiencia implica exponerse. No se trata de dramatizar la tristeza, sino de dejar de verla como un fallo del sistema. Si uno está vivo y atento, también va a sentir el peso de lo que duele.

En ese punto aparece una cuestión delicada. Morin se pregunta si es posible sostener un temperamento feliz que solo vea lo bueno sin volverse insensible a lo malo. Y al formularlo, desplaza el foco hacia un terreno más realista. No siempre controlamos las condiciones que permiten estar bien, y convertir la felicidad en una meta rígida puede acabar generando frustración, como si lo normal fuera estar arriba y lo anómalo, caerse.

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Su propuesta práctica es mucho más humilde y, por eso, más útil. Morin reivindica la cualidad poética de la vida como algo que se cultiva. No porque podamos forzar la emoción, sino porque podemos educar la atención. En su enumeración de instantes fugaces aparece una ética de lo pequeño. Un paisaje, una música hermosa, un rostro, el vuelo de unas golondrinas, el vagabundeo de una mariposa. No son grandes promesas, son señales de que la felicidad a menudo llega como detalle, no como conquista.

Si la vida no es una línea ascendente, entonces el objetivo no debería ser vivir en euforia ni escapar de la tristeza, sino aprender a transitar la prosa sin castigarte y a saborear la poesía cuando asoma. La serenidad, cuando llega, no necesita espectáculo. A veces basta con darse cuenta de que está ahí.

Edgar Morin no cree en la felicidad como un estado permanente. A sus 104 años, el filósofo francés propone una idea menos aspiracional y más habitable. El bienestar, sugiere, se parece a una alternancia de luces y sombras, de días con impulso y días de pura rutina. Una vida entera feliz no solo es improbable, también puede convertirse en una expectativa injusta.

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