Una frase que circula en redes, inspirada en su pensamiento, lo resume con crudeza: “No te culpes por las amistades perdidas. El sistema ha hecho que los demás ya no nos vean, ya no nos escuchen”. Según Han, vivimos atrapados en una lógica neoliberal que convierte cada minuto en rendimiento, cada gesto en productividad y cada relación en algo secundario. El resultado es un agotamiento colectivo que erosiona los lazos humanos.
Seguir manteniendo amistad con una ex puede indicar que no todo está cerrado a nivel emocional. (Pexels)
En su reflexión sobre el presente, el filósofo habla del “tiempo del yo”: un tiempo acelerado, orientado al logro individual y a la eficiencia, en el que estar ocupado se ha transformado en un símbolo de estatus. Ese “no me da la vida” que repetimos casi con orgullo es, para Han, una de las grandes trampas contemporáneas. Este tiempo del yo nos vuelve ciegos al otro. No solo nos deja exhaustos: también nos aísla, fomenta el narcisismo y debilita la capacidad de cuidar relaciones profundas.
Frente a esta lógica, el pensador propone recuperar lo que llama “el tiempo del otro”. Un tiempo no productivo, imposible de acelerar, que se regala en forma de escucha, conversación sin prisas y presencia real. Es el tiempo de las sobremesas largas, de los paseos sin destino, de ese café pendiente con una amiga que siempre se pospone. Para Han, solo este tipo de tiempo crea comunidad y amistad auténtica.
Una amistad incondicional la que ofrecen estos signos. (Pexels)
En una sociedad obsesionada con lo nuevo y lo inmediato, esa repetición parece aburrida. Sin embargo, es justo lo contrario: es lo que “domestica” la amistad, lo que la vuelve sólida. El vínculo afectivo nace de volver una y otra vez al mismo gesto —un mensaje, una llamada, una cita compartida— aunque no produzca nada medible. La comunidad, recuerda Han, no surge del rendimiento, sino del cuidado.