A veces basta una situación nueva, una reunión importante, una decisión pendiente, una conversación que se te atraganta, para que aparezca ese runrún mental de dudas y cautela. La neurocientífica Ana Ibáñez lo explica con una comparación sencilla, pensada para que cualquiera entienda qué está pasando por dentro sin necesidad de tecnicismos: “nuestro cerebro es como un niño que se asusta fácilmente”. La idea, dice, no es dramatizar ni etiquetarse en “soy así”, sino entender que muchas reacciones nacen de un mecanismo básico de supervivencia.
Ibáñez propone imaginar que tú no eres solo ese miedo, sino también la parte que puede observarlo con calma. “Yo tengo esta imagen de salirme de mi cerebro”, comenta, como si pudieras tomar un poco de distancia para ver el proceso con claridad. Según su explicación, el cerebro lanza mensajes de alerta porque “él quiere mi supervivencia”. El problema llega cuando esa alarma se activa en momentos que no son realmente peligrosos, pero sí exigentes: entonces te cuesta concentrarte, decidir o confiar en tus capacidades.
Su propuesta es tratar esa alarma como tratarías a un niño nervioso: con firmeza, sin regañarle y sin seguirle el juego al pánico. “Yo, desde fuera, como si eres un niño, te tengo que dar la seguridad de que eso es posible, aunque tú no lo veas”, explica. Es decir, reconocer que el miedo aparece, pero no dejar que sea quien tome las decisiones. En ese “diálogo” interno, ella sugiere recordarte que tienes recursos y que no todo es amenaza, aunque tu cuerpo lo interprete así.
En el vídeo también menciona una parte concreta del cerebro asociada a planificar y regular impulsos: “desbloquéame el córtex prefrontal, no me hagas este secuestro”. La frase resume una sensación común: cuando el miedo domina, pensar con orden se vuelve más difícil.
Por eso plantea un ejercicio muy práctico: visualizar la situación resuelta de forma correcta, no como un autoengaño, sino como una manera de mostrarle a tu sistema de alerta que el escenario no es tan grave como parece. “Ver la situación terminada con éxito” sería, en sus palabras, una forma de decir: “quédate tranquilo y ayúdame”.
El mensaje de fondo es bastante terrenal: no se trata de “vencer” al cerebro, sino de acompañarlo. Si tu mente se pone en lo peor, puede ser útil recordar que está intentando protegerte, aunque a veces se pase de prudente. Y, como insiste Ibáñez, puedes apoyarte en la idea de que “tengo un montón de recursos dentro” para afrontar lo que tienes delante, sin necesidad de entrar en pelea contigo mismo.
A veces basta una situación nueva, una reunión importante, una decisión pendiente, una conversación que se te atraganta, para que aparezca ese runrún mental de dudas y cautela. La neurocientífica Ana Ibáñez lo explica con una comparación sencilla, pensada para que cualquiera entienda qué está pasando por dentro sin necesidad de tecnicismos: “nuestro cerebro es como un niño que se asusta fácilmente”. La idea, dice, no es dramatizar ni etiquetarse en “soy así”, sino entender que muchas reacciones nacen de un mecanismo básico de supervivencia.