Discutir ya no es solo discutir. Para mucha gente se ha convertido en una señal de alarma. Un roce, un desacuerdo o un debate incómodo bastan para activar el "hasta aquí" y cerrar la puerta. La psicóloga Alba Cardalda cree que esa tendencia está creciendo y advierte de sus efectos en la vida cotidiana.
Lejos de entender el desacuerdo como una amenaza, Cardalda lo plantea como una condición imprescindible para cualquier vínculo sano. "Saber sostener una conversación donde tú tienes una opinión y yo tengo otra es básico para tener cualquier relación", afirma.
Afrontar problemas (Pexels)
Las diferencias no solo son inevitables, también son necesarias. Cuando no existen, algo no encaja. “Si no, uno está cediendo continuamente y eso en algún momento deja de ser sano”.
Uno de los mensajes que más preocupan a la psicóloga es la popularización de consignas que simplifican en exceso las relaciones. Frases como “si no me aportas, aparta” pueden sonar empoderadoras, pero esconden una trampa. Cardalda insiste en hacerse una pregunta concreta. Qué significa realmente “aportar”.
En su experiencia, observa que se ha instalado una intolerancia emocional. Nos incomoda el debate, nos cuesta escuchar posturas contrarias y tendemos a refugiarnos en entornos donde todos piensan parecido. El problema es que ese aislamiento empobrece. "Evitar las diferencias es dejar aparte muchísima información valiosa de cómo es la otra persona", apunta.
Cardalda va un paso más allá y defiende que no conocemos realmente a alguien hasta que discutimos con esa persona. La reacción ante el desacuerdo, si hay respeto, si hay escucha, si hay descalificación, revela rasgos que no aparecen en momentos de armonía.
"La diferencia no es el problema per se, el problema es lo que se hace con esa diferencia", resume. No se trata de buscar enfrentamientos, sino de aprender a atravesarlos sin romper el vínculo ni anularse a uno mismo.
En este sentido, insiste en la importancia de la asertividad. Expresar lo que uno siente o necesita sin invalidar al otro. Ni callar por miedo a incomodar, ni imponer desde la agresividad. Ese punto intermedio exige autoconocimiento y práctica, pero es el único que permite relaciones equilibradas.
La psicóloga también conecta esta menor tolerancia con el contexto social actual. Las redes sociales, la cultura de la comparación constante y la polarización ideológica favorecen entornos donde se refuerzan las propias creencias y se evita el contraste. Así, el desacuerdo se percibe como una amenaza personal en lugar de una oportunidad de crecimiento.
Quiero relaciones donde el aportar signifique que también tengamos diferencias
A eso se suma una hiperexigencia constante, profesional, social y emocional, que deja poco margen para la frustración. Cuando todo se mide en términos de éxito y validación externa, cualquier cuestionamiento puede sentirse como un ataque al propio valor.
Para Cardalda, la salida pasa por fortalecer el diálogo interno y la autoestima. Aprender a sostener el malestar sin reaccionar de forma impulsiva, diferenciar entre tener razón y tener valía, y aceptar que equivocarse forma parte de la experiencia humana. Solo desde ahí es posible vincularse con otros sin necesidad de ganar cada discusión.
Discutir ya no es solo discutir. Para mucha gente se ha convertido en una señal de alarma. Un roce, un desacuerdo o un debate incómodo bastan para activar el "hasta aquí" y cerrar la puerta. La psicóloga Alba Cardalda cree que esa tendencia está creciendo y advierte de sus efectos en la vida cotidiana.