Peiró explica que muchos perros “desconectan” cuando su cerebro se ve sobrepasado por el entorno. Demasiado ruido, demasiados olores, tráfico, otros perros, personas desconocidas… Todo suma. “Cuando hay demasiados estímulos, su cerebro se satura. Está desbordado”, señala. En ese estado, el sistema nervioso del animal entra en modo alerta y prioriza gestionar el entorno antes que atender órdenes.
Este es el error que cometemos al lavar a nuestros perros en casa (Pexels)
La reacción más habitual de algunos dueños ante esa falta de respuesta es insistir o elevar el tono. Sin embargo, el adiestrador recomienda justo lo contrario. “En esos momentos no le pidas más, al revés, hay que pedirle menos. Baja el nivel, aléjate de ese estímulo y ayúdale a calmarse antes de pedirle que te preste atención”, aconseja. La clave no está en reforzar la autoridad, sino en reducir la presión.
Este enfoque se enmarca en lo que muchos especialistas denominan adiestramiento empático, una corriente que prioriza la observación y el vínculo emocional frente a los métodos coercitivos. Para Peiró, la obediencia real no se construye a base de órdenes repetidas, sino de conexión. “Cuando está conectado contigo de verdad, entonces puede escucharte”, afirma. La confianza y la calma son la base sobre la que se sostiene cualquier aprendizaje sólido.
Descubre cómo es el paseo ideal para tu perro (Pexels)
El cuerpo del animal, además, ofrece señales claras. Bostezos repetidos, temblores leves, rabo bajo, rigidez corporal, jadeo sin haber hecho ejercicio, salivación excesiva, hiperactividad o, por el contrario, apatía repentina, son indicadores de que algo no va bien. También lo son conductas repetitivas como lamerse o morder objetos con insistencia. En ese estado, pedir concentración es, en palabras del experto, tan inútil como exigirle a una persona ansiosa que resuelva un problema complejo.