Hablar de bienestar también es hablar del lugar en el que uno vive y de cómo se relaciona con quienes tiene alrededor. Sobre esa idea puso el foco Victor Küppers en una intervención reciente, en la que reivindicó la vida en el pueblo no desde la nostalgia, sino desde algo mucho más cotidiano. “Es fabuloso vivir en un pueblo porque los pueblos son mucho más humanos. Mucho más”, afirmó al defender una forma de convivencia basada en la cercanía, la amabilidad y los gestos sencillos.
Vivir en un pueblo o en una ciudad marca nuestra forma de ser (Freepik)
La reflexión del conferenciante parte de una comparación muy reconocible entre ritmos de vida. Frente a entornos donde domina la prisa, el anonimato o la distancia entre personas, Küppers señaló que en los pueblos siguen existiendo códigos de trato que hacen la vida más amable.
No habla de grandes teorías, sino de acciones pequeñas que cambian por completo la experiencia diaria. Saludar por la calle, dar las buenas tardes aunque no conozcas a la otra persona, abrir una puerta o tener una actitud más atenta con el vecino forman parte, para él, de una humanidad básica que en muchos pueblos se conserva mejor.
Küppers, que explicó que vive en un municipio de 1.500 habitantes, puso un ejemplo muy concreto. En su pueblo, contó, cuando alguien pasea por la calle y se cruza con otra persona, lo normal es que haya un saludo, se conozcan o no.
Esa costumbre, que puede parecer menor, resume bastante bien la idea que quiso transmitir. En esos entornos, el otro no pasa desapercibido. Se le reconoce, se le tiene en cuenta y se mantiene una forma de cortesía que, más que una norma social, funciona como señal de convivencia.Su defensa de la vida en el pueblo no se limita, por tanto, al paisaje o a la tranquilidad. Lo que pone en valor es sobre todo el componente humano.
También influye el tipo de relaciones que sostiene una persona cada día, el tono del entorno y la sensación de pertenencia. En ese sentido, el pueblo aparece como un espacio donde todavía sobreviven gestos que rebajan la fricción diaria. Un saludo, una conversación breve, una ayuda espontánea o una puerta que alguien te sujeta pueden parecer detalles menores, pero acaban definiendo el clima en el que uno vive.
Küppers vincula esa realidad con la amabilidad, una virtud a la que dio especial importancia en su intervención. Para él, ser amable no es un adorno ni una cuestión superficial, sino una expresión de calidad humana. Y ahí el pueblo, tal y como lo describe, funciona casi como ejemplo práctico de esa idea. Lugares donde todavía resulta natural decir “buenos días”, dar las “gracias” o mostrar una atención mínima hacia quien tienes delante.
Más que idealizar el medio rural, su reflexión apunta a una forma de convivencia que muchas personas echan en falta. La de sentirse parte de una comunidad reconocible, aunque sea pequeña. La de cruzarse con otros sin indiferencia. La de vivir en un sitio donde la cortesía básica no sorprende. Por eso, cuando Küppers habla de lo “fabuloso” que es vivir en un pueblo, no parece referirse solo a un lugar concreto, sino a una manera de estar en el mundo algo más serena, más próxima y más humana.
Hablar de bienestar también es hablar del lugar en el que uno vive y de cómo se relaciona con quienes tiene alrededor. Sobre esa idea puso el foco Victor Küppers en una intervención reciente, en la que reivindicó la vida en el pueblo no desde la nostalgia, sino desde algo mucho más cotidiano. “Es fabuloso vivir en un pueblo porque los pueblos son mucho más humanos. Mucho más”, afirmó al defender una forma de convivencia basada en la cercanía, la amabilidad y los gestos sencillos.