Malena García Arredondo, neurogastroenteróloga: "Si notas que tu intestino empeora en épocas de estrés, el eje intestino-cerebro probablemente está implicado"
Malena García Arredondo, neurogastroenteróloga: "Si notas que tu intestino empeora en épocas de estrés, el eje intestino-cerebro probablemente está implicado"
La experta explica que lo que ocurre en la mente puede reflejarse en el intestino, generando molestias que no siempre tienen una causa visible en las pruebas médicas
Dolor abdominal, hinchazón o cambios en el ritmo intestinal son síntomas que muchas personas atribuyen directamente a algo que han comido. Sin embargo, cada vez más especialistas insisten en que no siempre hay una causa digestiva “visible” detrás. La neurogastroenteróloga Malena García Arredondo pone el foco en una conexión clave para entender estos casos: la relación constante entre el cerebro y el intestino.
Lejos de funcionar de manera independiente, ambos órganos están comunicados a través del llamado eje intestino-cerebro, un sistema que conecta el sistema nervioso con el aparato digestivo y la microbiota. Esto explica por qué situaciones como el estrés, la falta de sueño o los cambios emocionales pueden tener un impacto directo en cómo funciona el intestino.
Di adiós al dolor y a las molestias abdominales. (Pexels)
Desde el punto de vista clínico, los expertos diferencian entre dos grandes tipos de problemas digestivos. Por un lado, los llamados trastornos orgánicos, en los que sí existe una causa identificable, como una inflamación, una infección o una enfermedad concreta. Suelen ir acompañados de señales de alerta como pérdida de peso sin motivo, anemia, fiebre o presencia de sangre en las heces.
Por otro lado, están las alteraciones funcionales relacionadas con el eje intestino-cerebro. Aquí no hay una lesión visible en las pruebas habituales, pero sí una alteración en la comunicación entre el sistema nervioso, el intestino y la microbiota. El resultado son síntomas como gases, distensión abdominal, diarrea o estreñimiento que aparecen y desaparecen, muchas veces ligados a momentos de mayor carga emocional.
Uno de los aspectos que más desconcierta a quienes lo padecen es precisamente esa variabilidad. Mientras que los problemas orgánicos tienden a ser más constantes o progresivos, los funcionales suelen fluctuar. Un día el intestino responde bien y, al siguiente, cualquier alimento parece sentar mal.
En este escenario, la microbiota intestinal juega un papel decisivo. Este conjunto de microorganismos actúa como intermediario entre el cerebro y el sistema digestivo. Cuando se altera —por estrés, mala alimentación o falta de descanso— puede aumentar la sensibilidad intestinal y favorecer una inflamación de bajo grado, intensificando la percepción de los síntomas.
Los especialistas insisten en que no se trata de elegir entre una causa física o emocional, ya que en muchos casos ambas dimensiones conviven. Un problema digestivo leve puede verse amplificado por el estrés, del mismo modo que una etapa de ansiedad puede desencadenar molestias intestinales sin que exista una enfermedad de base grave.
Comprender esta conexión es clave para abordar el problema de forma más completa. No solo implica revisar la alimentación, sino también prestar atención al descanso, la gestión del estrés y los hábitos diarios. Porque, como apunta la neurogastroenterología, lo que ocurre en la mente también deja huella en el intestino.
Dolor abdominal, hinchazón o cambios en el ritmo intestinal son síntomas que muchas personas atribuyen directamente a algo que han comido. Sin embargo, cada vez más especialistas insisten en que no siempre hay una causa digestiva “visible” detrás. La neurogastroenteróloga Malena García Arredondo pone el foco en una conexión clave para entender estos casos: la relación constante entre el cerebro y el intestino.