El dolor forma parte de la vida, pero no siempre se piensa igual en la manera en que cada persona se enfrenta a él. Hay sufrimientos que llegan sin avisar y otros que parecen crecer después, cuando se mezclan con la resistencia, el rechazo o la incapacidad de aceptar lo que está ocurriendo.
Sobre esa idea reflexiona Ramiro Calle en un vídeo compartido por @alexcomunica en el que formula dos preguntas muy directas: “¿Cuánto sufrimos por no querer sufrir? ¿Cuánto sufrimiento añadimos al sufrimiento inútilmente?”. Su intervención parte de una idea sencilla, pero incómoda: que al dolor real muchas veces se le añade una carga extra.
Su discurso no niega que exista un sufrimiento inevitable. Al contrario. Parte de esa evidencia para señalar algo distinto: la forma en que, en muchas ocasiones, el malestar se intensifica con la manera de vivirlo. No como una consigna vacía, sino como una observación sobre la experiencia humana.
En el fragmento, además, amplía la reflexión y la lleva más allá de la experiencia individual al preguntarse por el dolor que ya existe en el planeta y por la tendencia a añadir más sufrimiento a lo que ya resulta doloroso. Ahí insiste en una idea central de su intervención: no siempre basta con el peso de lo que ocurre, sino que muchas veces se tiende a agravarlo.
El dolor emocional y la forma en que muchas veces se intensifica centran la reflexión. (Freepik)
La reflexión apunta justo ahí: al sufrimiento que ya existe y al que muchas veces se añade después. No porque el dolor no sea real, sino porque la forma de vivirlo puede intensificarlo todavía más. En ese matiz se concentra buena parte de la fuerza de sus palabras.
Quizá por eso su reflexión sigue resultando tan vigente. No porque ofrezca una receta rápida, sino porque obliga a mirar una posibilidad incómoda, pero muy humana: que una parte del sufrimiento no venga solo de lo que ocurre, sino también de la forma en que se vive.
El dolor forma parte de la vida, pero no siempre se piensa igual en la manera en que cada persona se enfrenta a él. Hay sufrimientos que llegan sin avisar y otros que parecen crecer después, cuando se mezclan con la resistencia, el rechazo o la incapacidad de aceptar lo que está ocurriendo.