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Gabor Maté, médico: "Los seres humanos tenemos esta tensión entre la necesidad de individualidad, de ser nosotros mismos, y la necesidad de pertenencia"
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Gabor Maté, médico: "Los seres humanos tenemos esta tensión entre la necesidad de individualidad, de ser nosotros mismos, y la necesidad de pertenencia"

La reflexión del médico conecta así con una preocupación cada vez más presente en las conversaciones sobre salud emocional: hasta qué punto vivir para agradar, encajar o sostener vínculos puede acabar debilitando la identidad personal

Foto: Gabor Maté, médico reconocido internacionalmente por su labor en el estudio del trauma. (YouTube: Mel Robbins)
Gabor Maté, médico reconocido internacionalmente por su labor en el estudio del trauma. (YouTube: Mel Robbins)

No todas las relaciones que se prolongan en el tiempo lo hacen por amor, estabilidad o bienestar. A veces lo que mantiene a una persona dentro de un vínculo que la desgasta no es el deseo de seguir ahí, sino el miedo a lo que puede ocurrir si decide priorizarse. Sobre esa contradicción habla Gabor Maté, médico y divulgador, al abordar una tensión muy humana: la de querer pertenecer sin dejar de ser uno mismo.

“Los seres humanos tenemos esta tensión entre la necesidad de individualidad, de ser nosotros mismos, y la necesidad de pertenencia”, señala. A partir de esa idea, Maté plantea una lectura que va más allá de los argumentos prácticos con los que muchas veces se explican ciertas decisiones, especialmente en relaciones de pareja difíciles, desgastadas o marcadas por dinámicas de sometimiento emocional.

El experto reconoce que hay motivos reales que pueden llevar a alguien a quedarse: el miedo a un juicio por la custodia de los hijos, la dependencia económica, la presión familiar o el peso de determinados mandatos culturales. Pero sostiene que, en muchos casos, por debajo de esas razones hay algo todavía más profundo: el miedo a la autoafirmación. No solo cuesta irse por lo que se pierde fuera, sino también por lo que implica por dentro asumir una identidad propia.

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Ahí es donde introduce uno de los conceptos centrales de su reflexión: el conflicto entre apego y autenticidad. Según explica, todos necesitamos ambas cosas. Por un lado, ser aceptados, sentir que pertenecemos, mantener vínculos seguros. Por otro, expresar lo que sentimos, actuar con coherencia y no traicionarnos emocionalmente. El problema aparece cuando una de esas necesidades parece amenazar a la otra.

Maté sitúa el origen de ese patrón en la infancia. En condiciones sanas, un niño debería poder mostrar enfado, tristeza o frustración sin temor a perder el cariño de quienes lo cuidan. Podría hacer una rabieta, enfadarse o expresar su malestar y, aun así, seguir sintiéndose querido. Pero muchas personas aprenden pronto que para ser aceptadas deben moderarse, adaptarse o callar. Y cuando eso ocurre, la lección interiorizada es clara: para pertenecer, hay que dejar partes de uno mismo fuera.

“Si existe tensión entre autenticidad y apego, la autenticidad se suprime y el apego prevalece”, resume. Para un niño pequeño, explica, no hay una elección real posible, porque depender del vínculo es una cuestión de supervivencia. El problema es que ese mecanismo no desaparece con la edad: se convierte en una forma habitual de relacionarse. Más adelante, ya en la vida adulta, reaparece en amistades, trabajos, relaciones de pareja o vínculos familiares en los que una persona siente que solo será aceptada si no molesta, no contradice, no expresa demasiado o no cambia el equilibrio establecido.

placeholder Claves de las relaciones de pareja afianzadas. (Pexels)
Claves de las relaciones de pareja afianzadas. (Pexels)

Desde esa perspectiva, muchas relaciones no se sostienen tanto por convicción como por adaptación. Personas que llevan años sin ser del todo ellas mismas, que se acostumbran a replegarse para no perder el vínculo, que acaban confundiendo amor con renuncia. Maté lo expresa de forma especialmente clara cuando apunta que algunas personas no permanecen en una relación porque quieran hacerlo, sino porque nunca aprendieron a afirmarse sin sentir que eso ponía en riesgo su lugar en el mundo.

La parte más incómoda de su planteamiento llega cuando rompe con la idea de que siempre existe una salida limpia. “No hay una opción sin dolor”, advierte. Y esa es quizá la idea más contundente de su intervención. A veces la decisión no está entre sufrir o no sufrir, sino entre dos tipos distintos de dolor: el de perder relaciones, decepcionar expectativas o romper con un sistema conocido; o el de seguir reprimiéndose, desconectarse de las propias emociones y vivir lejos de la propia verdad.

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Maté no ofrece una fórmula fácil ni una consigna simplista sobre dejarlo todo para “ser uno mismo”. Lo que plantea es una pregunta más compleja y más honesta: qué dolor está dispuesto a asumir cada uno cuando no es posible sostener a la vez el vínculo y la autenticidad. Porque el escenario ideal, recuerda, sería poder tener ambas cosas: ser aceptado y ser auténtico al mismo tiempo. Pero cuando eso no ocurre, seguir posponiéndose también tiene un coste.

No todas las relaciones que se prolongan en el tiempo lo hacen por amor, estabilidad o bienestar. A veces lo que mantiene a una persona dentro de un vínculo que la desgasta no es el deseo de seguir ahí, sino el miedo a lo que puede ocurrir si decide priorizarse. Sobre esa contradicción habla Gabor Maté, médico y divulgador, al abordar una tensión muy humana: la de querer pertenecer sin dejar de ser uno mismo.

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